10 de marzo de 2014

LOS AMORES DE UN BIBLIÓMANO, de Eugene Field



Eugene Field sólo vivió cuarenta y cinco años. Nació en Saint Louis, en 1850 y murió en Chicago. En Estados Unidos es conocido como poeta infantil y autor de canciones populares. Durante unos doce años fue columnista del Chicago Daily News.

Me estaba costando encontrar esta novela. Hasta me puse en contacto con la editorial, que no se mojó. Falta de presupuesto, editorial pequeña, y esas cosas; no lo reprocho, que conste. Pero todo ocurre por algo y en este caso la contrariedad estaba destinada a darme una de esas alegrías que no por ser triviales dejan de ser grandes. En el anaquel de novedades de la biblioteca pública que frecuento brillaba la banda roja de Periférica y… sí, era el libro de Field. Sin comedimiento ni reparo me abalancé sobre él.

La novela tiene como base argumental las memorias de un señor de setenta años amante de los libros. Está narrada la historia en primera persona aunque con una extraña estructura que tiene más relación con un compendio de artículos que con un diario o una narración lineal.
Creo que colgué un pío-pío o un instagram en el que calificaba esta novela como lectura apacible. Suena un poco pastoril pero lo cierto es que leer a un autor cuya escritura rezuma cultura y erudición en cada línea (sin pedantería ni pretensión) siempre se agradece. Además el tono de la narración es pausado, optimista y humorístico. De esos libros que da gusto leer palabra a palabra.

«Cada amante de los libros tiene su propia forma de comprar, de manera que hay tantas formas de comprar como compradores. Sin embargo, el juez Methuen y yo hemos llegado a la conclusión de que todos los compradores se pueden clasificar en las siguientes divisiones genéricas:
–El comprador imprudente,
–el comprador inteligente,
–el comprador indeciso.
De estas tres clases, la tercera es la que menos consideración nos merece…»

Por supuesto hay que señalar la profunda raíz anglosajona de las referencias culturales. Esto, en contadas ocasiones, hace que ciertos pasajes puedan alejarse del lector que tenga otra cultura como referente. Aunque no es un problema ni de lejos pues el anglosajón es el referente cultural verdaderamente universal desde hace tiempo. Aún así se menciona a Cervantes entre Horacio y Shakespeare.

«EL juez Methuen y yo también desapareceremos a su debido tiempo, pero nuestros cortesanos –aquellos que han contribuido a nuestro deleite y solaz–, nuestro Horacio, nuestro Cervantes, nuestro Shakespeare, y el resto de la innumerable comitiva, nunca morirán. E inspirados y sustentados por esta inmortal compañía, recorremos el camino alegremente…»

La simple mención del autor del Quijote por parte del protagonista de Los amores de un bibliómano, deja ver claramente que la novela de Cervantes debe de ser una maravilla, pues siempre la han tenido en cuenta los intelectuales anglosajones, gente tan dada a ignorar lo que no les es propio excepto cuando se trata de una genialidad, en cuyo caso lo reverencian sin complejos. Teniendo en cuenta que la gran mayoría de los escritores contemporáneos en lengua española no cuentan entre sus favoritos ni con Cervantes, ni con García Márquez ni con Clarín, esto lo cuelo de rondón porque tal vez deban tomar nota quienes se dedican a esto de la escritura y tal. A ver si ayuda a mejorar la cosa.

No continúo dándole vueltas a esta novela; me niego a seguir manoseándola. Regodearse en calificar lo excelente como bueno es ensuciarlo y no tengo dotes para exponer con acierto el calificativo que merece este libro. Sólo se me ocurre decir que «me lo compro».
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