3 de febrero de 2014

UN AMIGO EN LA CIUDAD (Juan Aparicio Belmonte)



Hace mucho que no leo a un autor español. Se han escrito cosas buenas de esta novela, así que me decidí por ella y estas son mis impresiones.

La novela tiene dos capítulos: 1-. El principio y 2-. Y el final. En realidad se divide en tres fases. Háganme caso.
En la primera fase se introduce al lector en el ambiente y se presenta al protagonista y demás personajes. Un grupo de jóvenes góticos, amantes de… lo gótico, que hace cosas de jóvenes (góticos). El lector se siente atraído por el planteamiento y por la narración. Nada espectacular ni fuera de lo normal, ni falta que hace; Juan Aparicio escribe muy bien, cuenta muy bien, no necesita más.

La segunda fase. Lo hemos dicho antes: Juan Aparicio Belmonte es un señor que escribe muy bien y que narra muy bien. Pero él no se lo cree o no lo sabe y no tiene otra ocurrencia que complicar la cosa (dicho así no está mal. pero por desgracia hay matices) intentando transgredir el espacio tiempo sin separar los pies del suelo. Es decir, el lector no sabe si está ante un homenaje poco hecho (muy verde) a Kurt Vonnegut o se encuentra ante una parodia de las novelas de ciencia ficción o tiene razón en pensar que no sabe dónde está porque el autor no sabe a dónde lo ha llevado. Lo único cierto es que, sin necesidad, el lector se ve obligado a hacer la travesía del desierto si quiere llegar a lo se supone será un desenlace o una aclaración de lo que ocurre. Y es que el protagonista siente que va sufriendo una transformación. Aunque poco antes parecía que la transformación la sufría su mujer, pero no, ahora es él quien la sufre y su comportamiento empieza a rozar lo demente. ¿Y qué le pasa? No se sabe. No lo sabe ni la propia víctima. Así retiene Juan Aparicio al lector durante esta insufrible fase.
Me parece burdo.

«–Anita se ha hecho caca, ¿puedes cambiarla, por favor? –me dijo Gretchen.
Seguramente no desconocía que en mi fuero interno estaba empleando palabras que se salían de la dictadura de los significantes y los significados convencionales, pues su petición vino a romper mi concentración.»

En esta fase, se monta tal pollo, tan enrevesado, tan intrincado, que es imperdonable que tal como apareció se desvanezca. Pero desaparece, sí, el pollo. Más tarde el lector, desde el oasis, mirará hacia atrás y no verá ¡nada! porque nada había.

La tercera fase: El oasis. ¡La tierra prometida! El lector apenas puede creerlo. ¡Mereció la pena seguir hasta aquí!
A estas alturas, porque hasta aquí nadie llega leyendo, puedo decirlo. Levrero es interesante si se lee una novela, sólo una. Si continuas con la segunda se convierte en el pelma gárrulo que no para de contar cosas que le interesan sólo a su ombligo. No hace falta ser original a toda costa haciendo como Levrero. Delillo y Pynchon están muy bien en su sitio, dejémoslos en paz y hagamos otras cosas.
Juan Aparicio lo demuestra con el segundo capítulo de la novela, que coincide con la tercera fase. La genialidad con que arregla todos los colgajos, como deja cada cosa en su sitio, como, ahora sí, recuerda al mejor Vonnegut. ¿Ve, señor Aparicio como no era necesario hacer que lo inexplicable fuera literalmente ininteligible? Un ataque de cuernos es un ataque de cuernos. No pasa nada, siempre han existido y, créame, siempre existirán, aunque la historia se desarrolle fuera del sistema solar. Hacer pasar al lector por el aburrimiento no tiene perdón por tratarse de un autor con talento a espuertas. A ver si aceptamos que cuando el lector comprende es cuando funciona la comunicación. Y hablo de comprender lo que no tiene explicación, no de escribirle novelas del XIX.

Por eso el lector se da cuenta de que llegar hasta aquí mereció la pena, que da por salvada la novela gracias al extraordinario despliegue de técnica, imaginación e inteligencia que el autor, al final, ofrece como exvoto a los dioses de todo esto, que quieren seguir llamando literatura. Forzar la originalidad es forzar al lector. Y por definición una novela es para disfrutar, por eso existen lectores

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