27 de enero de 2014

PARÍS, de Mario Levrero



En París encontramos más de lo mismo. Me explico: si esta es la segunda novela de la Trilogía involuntaria, sin duda puede decirse que es digna continuadora de La ciudad. Por tanto, cualquiera podría decir que Levrero se echó a la poca vergüenza y encontró una veta que explotar subido a la chepa de Kafka.
Pero no es así. Si bien es cierto que sigue el mismo patrón que su antecesora, París se sumerge aún más en aquel estado de duermevela que ya dijimos, convirtiéndolo en profundas ensoñaciones que hacen que el lector apenas comenzado a perder la noción de la realidad recupere la cordura, sólo para volver a perderla. De momentos surrealistas a razonamientos lógicos que inmediatamente enlazan con situaciones kafkianas y claustrofóbicas. Un continuo vaivén, un viaje por pronunciados cambios de rasante que despiertan ese emocionante hormigueo en el estómago.

Levrero parece querer gritar pero se contiene. Muestra, la mentira en forma de guerra y religión, la estafa con aspecto de función musical. Al  contrario que en La ciudad, en París la mujer no se esfuma, la sensualidad, cuando no el sexo aparecen en varias ocasiones.

He leído por ahí que este autor se encuadra dentro del grupo de los “raros”. Grupo de escritores uruguayos que no parecen tener una fuente común ni unos herederos determinados. Es decir, escritores cuya forma de escribir comienza y acaba con ellos. Esto me consoló porque sólo puedo transmitir una interpretación muy personal de la historia que he leído. Tal vez si usted lee París vea otra ciudad distinta a la que yo vi.

13 de enero de 2014

PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata



Termino la novela y me propongo seguir leyendo a este autor e incluso la relectura de Lo bello y lo triste. Tanta sensibilidad y delicadeza como la que despliega Kawabata en la descripción de la mujer y su trato se me tornan (muy levemente) puro satirismo. En La casa de las bellas durmientes estaba justificado, pero me molesta haber despertado ese acto reflejo leyendo País de nieve. Así que necesito corroborar si es tan solo una sensación del lector o es marca de fábrica.

Dejando aparte esta neura, leve, como digo, lo cierto es que este autor exprime los detalles con gusto y elegancia. Y cuando hablo de detalles hablo, sobre todo, de los movimientos, las posturas, las actitudes y ademanes de la mujer. Cosas así me hacen atractiva la lectura de este novelista.
Con esta novela Kawabata inicia el retorno a la tradición estética japonesa, que abandonó años antes oponiéndose al realismo social dominante en la literatura nipona.
Lentitud y parsimonia. Ceremonia del té. Nieve cayendo.

La novela es corta, ciento cincuenta y ocho páginas. Aún así se lee muy despacio. Sí, digo bien. El lector se ve obligado a moderar la velocidad de lectura lo que, por desgracia, provoca que llegue un momento en que el sosiego de la narración pueda provocar cansancio con tanta geisha yendo y viniendo, eso sí, con pasos mudos y voz suave.

Con la descripción de paisajes, el lector no acierta a situarse en el momento histórico; tal vez la mezcla de tradición y modernidad tan típica de Japón y difícil de entender por estos lares occidentales contribuya a desorientar. Sólo al final se sale de duda.

Pudiera deducirse que los ingredientes dan un resultado erótico, de elevada sexualidad. Sin embargo Kawabata ni de lejos pretende activar básicas reacciones, sólo deja un continuo reguero de sensualidad que el lector va siguiendo hasta disiparse en una dura y vulgar despedida.

«Cuando volvió a bajar la cabeza, él alcanzó a ver que incluso la piel del nacimiento de la espalda, que el cuello abierto del kimono dejaba visible, se había arrebolado. Resaltando contra la negrura del pelo, impecablemente recogido en un rodete sin un cabello fuera de lugar, como una piedra pulida por las aguas hasta alcanzar la más tersa redondez, esa piel perlada de humedad parecía ofrecerse en sensual desnudez.»

Si les interesa hay Kawabata para rato.
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