9 de octubre de 2013

MIENTRAS AGONIZO, de William Faulkner



Leer a Faulkner tiene una gran ventaja: abre los ojos al lector descubriendo una influencia de tal magnitud que alcanza a mucho de lo bueno que ha leído. Y un pequeño inconveniente: que tan basta influencia hace recordar los insignificantes artilugios de mucho escritor “moernito” y mediocre. Pero vayamos al lío.

La matriarca de una familia campesina va muriendo en la cama mientras por la ventana entra el sonido del claveteo y el cepillo dando forma a la madera para convertirla en ataúd. Y la buena mujer no tiene otra ocurrencia que pedirle a su marido que la lleven a enterrar junto a unos familiares a más de cien kilómetros de distancia, que en el siglo XIX, por la lentitud de los transportes, supone un serio y desesperante inconveniente sólo comparable hoy día con un viaje en el “metro” de Sevilla.
Digo que lo de la señora Bundren, que así se apellida la protagonista de cuerpo presente, es una ocurrencia porque la familia que deja en este mundo está tocada por un gen que, cayendo en cascada, paraliza cualquier atisbo de sentido común en los miembros de las dos generaciones familiares que se hacen responsables del encargo. Es decir, sé que soy la única con un poquito de sesera y les impongo a estos algo que dudosamente sabrán realizar. Después de mi, la nada.

Dejando aparte la ya conocida técnica del flujo de pensamiento, desde el principio, inmoderación mental aparte, Faulkner se las arregla para humanizar a los personajes, los acerca al lector que se ve obligado a tomar partido en la aventura. Imposible elegir por eliminación; tal vez haya un favorito pero el lector se lleva puesto el conjunto.
«Cuando era pequeño me enteré por primera vez de cuánto mejor sabe el agua cuando ha pasado un buen rato en un cubo de cedro. Fresquita, con un leve sabor parecido al olor del viento caliente de julio en los cedros. Tiene que pasar seis horas por lo menos, y hay que beberla con calabaza. El agua nunca se debe beber con nada de metal.
Y de noche todavía sabe mejor. Entonces muchas veces me quedaba tumbado en el jergón, en el zaguán, esperando hasta oír que todos se habían dormido para levantarme y volver al cubo. Estaba oscuro, la quieta superficie del agua era un orificio redondo en la nada, donde antes de agitarla y despertarla con el cacillo a veces veía una estrella o dos en el cubo, y hasta puede que en el cacillo, antes de beber, una estrella o dos. Después de eso crecí, me hice mayor.»

Con este panorama Faulkner tiene campo abonado para montar un complejo diseño narrativo en el que se combinan los pensamientos de los protagonistas con unos hechos que lindarían con lo cómico si no lo impidieran firmemente la apariencia y el fondo de la familia Brunden. Así, alargándose el viaje más de lo previsible y de lo deseable, el patetismo va ganando terreno y los personajes se muestran como seres indefensos y perdidos, cohesionados como familia sólo por la costumbre y el sufrimiento individual cuyo sumatorio, de manera increíble, se apelmaza como un sufrimiento común.
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