21 de febrero de 2013

NADA QUE HACER, de Juan Madrid


Juan Madrid, periodista y escritor malagueño nacido en 1947, abarca con su abundante obra casi todos los géneros: cuentos, novelas, artículos, guiones... No he sabido de nadie que hable mal de lo que escribe.

Juan Madrid ha intentado ser honesto a la hora de ambientar esta historia. Sólo lo consigue en parte. Porque si bien cae en el tópico del banquero malo-malísimo que inevitablemente trae a la mente del lector el decorado de los malos-malísimos, ya saben: ese que maneja los hilos desde la altura de un rascacielos, acomodado en un despacho con paredes forradas de madera, butacas y sofás de piel, alfombra de piel de tigre y tal vez algún decapitado trofeo de caza colgado de la pared... Si bien se deja llevar por el estereotipo, todo ello se narra dentro de un paisaje real, sin héroes casi inmortales capaces de meter una bala entre las cejas del enemigo mientras saltan de un coche en marcha.

La historia se lee muy a gusto, es corta, es distraída e incluso bastante dinámica en el devenir de los hechos. Aunque contiene detalles progres son de temprana progresía, de aquélla llena de esperanza que se imponía en la Transición y que vista hoy, con la distancia del tiempo, el conocimiento que dan los años y el desengaño que provocan los acontecimientos, la vergüenza ajena que debería provocar se disipa y da paso a la tristeza y la añoranza.

Nada que hacer transmite el olor avinagrado de mostrador de nogal con restos mezcla de vino barato y cerveza. Huele a polvo de talco entre los pliegues carnosos de alguna puta que declina con la edad. Rememora coches de carrocería dura, metálica y con aristas, coches de volantes gigantescos. Hombres con bigote, con extrañas melenas apelmazadas y cazadoras de cuero ajustadas en la cintura.

«Roca escuchó otra vez la rata roer el papel de la pared. Eran las siete de la tarde y por la ventana atrancada no entraba ni un rayo de claridad. La oscuridad era casi total. Sólo el ascua de su cigarrillo trazaba una curva desde su boca hasta el pecho y encendía, durante segundos, las arrugas de su cara y su pelo blanco

Es agradable terminar una novela y notar que nada chirría más allá de lo necesario para contar una historia.
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