16 de diciembre de 2013

EL PÁJARO ESPECTADOR, de Wallace Stegner



Hace tiempo que tenía este libro pendiente de lectura. Como diría David Pérez Vega, estaba en el montón de los inleídos. Me levantó la liebre Madison, (hace mucho tiempo, como digo) y por si fuera poco, ahí estaba también Carlos Tongoy metiendo cizaña y provocando.

Lectura tranquila que deriva en una extraña trama de racismo nórdico y atisbos de infidelidad.

Una pareja de ancianos, desde el retiro repasan lo vivido en los lejanos días que pasaron en Dinamarca, donde viajaron huyendo del dolor por la muerte de su hijo y en busca del lugar de nacimiento de la madre del protagonista. Allí conocen a unos decadentes personajes que dan pie a una extravagante historia de genes, razas e incestos. Entre esos personajes está La Condesa con la que el autor parece querer provocar cierta tensión sexual, aunque si es así sólo lo consigue lejanamente.

«A nuestra edad, todas las noticias son malas noticias. No me gusta estar haciendo cola ante la guillotina. No me gusta que me inviten a la ejecución de mis amigos.»

Como este señor sabe escribir el lector se deja embaucar y apenas logra descubrir la paradoja que provoca la narración del viaje, que se supone es la lectura de un diario escrito en su día por el protagonista. Lo cierto es que tanto el tono como la manera de narrarlo a medida que avanza la novela se van alejando de lo habitual en un diario.

Por otro lado, recapitulando una vez terminada la novela, el lector apenas entiende las historias intercaladas y las breves apariciones de personajes cuyo aparente interés no llega a eclosionar porque desaparecen de la narración casi sin más. La única explicación aceptable puede apuntar a que se tratan de divagaciones, resultado de reflexiones varias relacionadas con la intrahistoria, que como tales son muy interesantes, dicho sea de paso. Tal vez éste fuera, simplemente, el cometido de esos personajes.

«Dice que cuando le preguntan si se siente un anciano, responde que no, que se siente como un joven al que le ha pasado algo.»

Lectura tranquila que algunos pueden calificar de aburrida, pero en todo caso no está mal que Stegner haga ver que la vida que vivimos es pura casualidad, producto de un cúmulo de decisiones que tomamos con el temerario desconocimiento de sus futuras consecuencias.

Lo último que supe relacionado con Wallace Stegner es que iban a derribar su casa de Los Altos Hills, incluido el estudio donde trabajaba. Teniendo en cuenta que es un novelista en lengua inglesa con reconocimientos tales como el Pulitzer, el National Book Award (por esta misma novela) y la Commonwealth Club Gold Medal, además de haber creado la escuela de escritura de la Universidad de Stanford, supongo que este escritor debería significar algo más para las autoridades políticas y académicas como para que eso haya ocurrido.

9 de diciembre de 2013

DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE CORRER, de Haruki Murakami



Correr, correr y correr, de eso va este libro. Un conjunto de reflexiones que antes de darle forma para su publicación no pretendían ser más que eso. De hecho el mismo autor señala que no se trata de un ensayo sino de pensamientos sueltos que se relacionan más o menos entre sí. Por tanto, no se le puede reprochar que se trate de una lectura ligera y sin mayor profundidad que el propio desahogo. Aún así dos temas han hecho reflexionar al lector: el envejecimiento y la tristeza del corredor, el blues del corredor lo llama Murakami.

Correr y correr, comer sano y entrenar y entrenar.

Los corredores aficionados son gente muy obsesiva, muy seguida con el régimen de comidas y el seguimiento de las marcas, muy friki se diría hoy, muy pejiguera se diría en mi tierra. A más entrenamiento y mayor tiempo de práctica mejor rendimiento. De cajón. Pero llega un momento en el que aún siguiendo esta inequívoca regla no se mejoran los tiempos ni las sensaciones al correr. La respuesta es fácil: se envejece. Es el momento en que se debe aceptar que uno se hace viejo y que eso no tiene marcha atrás. El momento en que uno sabe con toda certeza que jamás podrá alcanzar algunas de las metas a las que aún aspira como si el tiempo no pasara, como si el cuerpo se mantuviera tan capaz y ágil como la mente. Llega un momento en que se descubre como nuevo algo que nos acompaña toda la vida: la soberbia de la inmortalidad.

«Para mí —y quizá para todo el mundo—, ésta ha sido la primera vez desde que nací que he experimentado lo que es envejecer, y la sensación que eso trae aparejada también es nueva. Si la hubiera experimentado con anterioridad, siquiera una vez, seguramente habría podido discernir muchas más cosas y con mayor claridad.»

Entrenar para una maratón y volver a correr y a entrenar para otra media-maratón.

Como dije más arriba otra idea interesante es “el blues del corredor”. Un día, sin previo aviso, llega el hastío de tener que correr todos los días. Y se deja por un tiempo. Sin más.
El cansancio del trabajo continuado. Sin aviso previo, de repente. Se siente que lo que hasta ese momento se ha estado haciendo con tanta dedicación y ganas, deja de tener el sentido suficiente como para seguir gastando energías en ello. Tal vez sea un reflejo depresivo o de ansiedad, quién sabe, porque el objeto del esfuerzo aún sigue en mente, ahí está, en la trastienda, a primera vista; todos los días en primera fila. Y se pasa por delante sabiendo que algún día se le quitará el polvo acumulado y, como un juguete nuevo, comenzará su limpieza y con la misma dedicación y entrega que antes se pondrá a ello sin esperar más que la satisfacción de haber hecho lo que apetece, lo que gusta.

«Hoy, mientras corría, me he encontrado un ganso del Canadá, grande y regordete, muerto a orillas del Charles. También había una ardilla muerta al pie de un árbol. Ambos parecían profundamente dormidos. Su expresión tan solo denotaba una tranquila aceptación del final de la vida. Parecía que, por fin, se hubieran liberado de algo

El resto es todo correr y correr y entrenar y entrenar. Puede interesar a quien le guste eso y de todas formas es distraído. Este hombre sabe escribir.

22 de noviembre de 2013

LAS NOVELAS TONTAS DE CIERTAS DAMAS NOVELISTAS, de George Eliot



George Eliot es el seudónimo de Mary Anne Evans. Nació en Warwickshire el 22 de noviembre de 1819. Con una formación que rara vez se dispensaba a las mujeres de la época, tras la muerte de su madre tiene que abandonar los estudios siendo autodidacta desde entonces.
Llegó a ser subdirectora de la prestigiosa revista Westminster Review lo que la permitió estar en contacto con las figuras y tendencias literarias de su tiempo.
Al parecer es autora de dos obras maestras de la literatura inglesa “Felix Holt, el radical” (1866) y “Middlemarch” (1872). Está considerada la más importante escritora de la época victoriana. Emily Dickinson y más tarde Virginia Woolf se encuentran entre sus admiradores incondicionales.

En este opúsculo la autora hace alarde de una finura y una acidez tan inteligentes que, a pesar de mi indigencia lectora, me consuelo apuntando como futuribles las novelas que señalé más arriba.

Así, de una novela titulada La vieja iglesia gris, dice:
«La autora no parece tener un conocimiento destacable de nada en concreto; y tampoco resulta sencillo determinar cuales son las etapas en que ha cosechado la experiencia de la vida, si exceptuamos ciertos vulgarismos estilísticos que denotan claramente las ventajas obtenidas, pese a su torpeza para sacarle provecho, de su trato con hombres y mujeres cuyos modales y temperamento lucen protuberancias y ángulos no atenuados por el convencionalismo más refinado.»

Degenerando, degenerando, por desgracia llegamos al momento, más de un siglo después de su publicación, en que mucha de la bilis que vierte la Eliot podría ser una crítica plausible a los escritos de mucho escritor, con independencia del sexo, que anda suelto por ahí.

«La disculpa habitual para las mujeres que se hacen escritoras sin reunir ninguno de los requisitos necesarios es que la sociedad les impide entrar en otros terrenos profesionales. La sociedad es un ente muy culpable, al que se puede atribuir la producción de incontables objetos dañinos, desde los pepinillos en mal estado hasta la mala poesía.»

No obstante, como trasfondo queda el sabor amargo de la impotencia e indignación que una mujer con verdadero talento y capacidad de usarlo con inteligencia debía sentir al ver que su punto de partida era mucho más desfavorable por el hecho de no ser hombre. Dicho sea esto sin tufo alguno de condescendencia porque, a pesar de aquello, también se denota la plena aceptación del papel impuesto por los usos de la época. Aceptación que no significa libre elección, pero eso es otro asunto… Además, la autora supera toda adversidad y obstáculo con una calidad literaria que pocos autores ingleses han igualado.

Siempre es muy agradecido disfrutar del cinismo británico, inigualable en lo descaradamente dañino y, si fuera conveniente, refinadamente injusto.
Lectura veloz y divertida.

«Un buen número de grandes escritoras, tanto vivas como fallecidas, acude a nuestra memoria como prueba de que las mujeres pueden darnos novelas no solo buenas, sino entre las mejores del mundo.»

9 de octubre de 2013

MIENTRAS AGONIZO, de William Faulkner



Leer a Faulkner tiene una gran ventaja: abre los ojos al lector descubriendo una influencia de tal magnitud que alcanza a mucho de lo bueno que ha leído. Y un pequeño inconveniente: que tan basta influencia hace recordar los insignificantes artilugios de mucho escritor “moernito” y mediocre. Pero vayamos al lío.

La matriarca de una familia campesina va muriendo en la cama mientras por la ventana entra el sonido del claveteo y el cepillo dando forma a la madera para convertirla en ataúd. Y la buena mujer no tiene otra ocurrencia que pedirle a su marido que la lleven a enterrar junto a unos familiares a más de cien kilómetros de distancia, que en el siglo XIX, por la lentitud de los transportes, supone un serio y desesperante inconveniente sólo comparable hoy día con un viaje en el “metro” de Sevilla.
Digo que lo de la señora Bundren, que así se apellida la protagonista de cuerpo presente, es una ocurrencia porque la familia que deja en este mundo está tocada por un gen que, cayendo en cascada, paraliza cualquier atisbo de sentido común en los miembros de las dos generaciones familiares que se hacen responsables del encargo. Es decir, sé que soy la única con un poquito de sesera y les impongo a estos algo que dudosamente sabrán realizar. Después de mi, la nada.

Dejando aparte la ya conocida técnica del flujo de pensamiento, desde el principio, inmoderación mental aparte, Faulkner se las arregla para humanizar a los personajes, los acerca al lector que se ve obligado a tomar partido en la aventura. Imposible elegir por eliminación; tal vez haya un favorito pero el lector se lleva puesto el conjunto.
«Cuando era pequeño me enteré por primera vez de cuánto mejor sabe el agua cuando ha pasado un buen rato en un cubo de cedro. Fresquita, con un leve sabor parecido al olor del viento caliente de julio en los cedros. Tiene que pasar seis horas por lo menos, y hay que beberla con calabaza. El agua nunca se debe beber con nada de metal.
Y de noche todavía sabe mejor. Entonces muchas veces me quedaba tumbado en el jergón, en el zaguán, esperando hasta oír que todos se habían dormido para levantarme y volver al cubo. Estaba oscuro, la quieta superficie del agua era un orificio redondo en la nada, donde antes de agitarla y despertarla con el cacillo a veces veía una estrella o dos en el cubo, y hasta puede que en el cacillo, antes de beber, una estrella o dos. Después de eso crecí, me hice mayor.»

Con este panorama Faulkner tiene campo abonado para montar un complejo diseño narrativo en el que se combinan los pensamientos de los protagonistas con unos hechos que lindarían con lo cómico si no lo impidieran firmemente la apariencia y el fondo de la familia Brunden. Así, alargándose el viaje más de lo previsible y de lo deseable, el patetismo va ganando terreno y los personajes se muestran como seres indefensos y perdidos, cohesionados como familia sólo por la costumbre y el sufrimiento individual cuyo sumatorio, de manera increíble, se apelmaza como un sufrimiento común.

21 de febrero de 2013

NADA QUE HACER, de Juan Madrid


Juan Madrid, periodista y escritor malagueño nacido en 1947, abarca con su abundante obra casi todos los géneros: cuentos, novelas, artículos, guiones... No he sabido de nadie que hable mal de lo que escribe.

Juan Madrid ha intentado ser honesto a la hora de ambientar esta historia. Sólo lo consigue en parte. Porque si bien cae en el tópico del banquero malo-malísimo que inevitablemente trae a la mente del lector el decorado de los malos-malísimos, ya saben: ese que maneja los hilos desde la altura de un rascacielos, acomodado en un despacho con paredes forradas de madera, butacas y sofás de piel, alfombra de piel de tigre y tal vez algún decapitado trofeo de caza colgado de la pared... Si bien se deja llevar por el estereotipo, todo ello se narra dentro de un paisaje real, sin héroes casi inmortales capaces de meter una bala entre las cejas del enemigo mientras saltan de un coche en marcha.

La historia se lee muy a gusto, es corta, es distraída e incluso bastante dinámica en el devenir de los hechos. Aunque contiene detalles progres son de temprana progresía, de aquélla llena de esperanza que se imponía en la Transición y que vista hoy, con la distancia del tiempo, el conocimiento que dan los años y el desengaño que provocan los acontecimientos, la vergüenza ajena que debería provocar se disipa y da paso a la tristeza y la añoranza.

Nada que hacer transmite el olor avinagrado de mostrador de nogal con restos mezcla de vino barato y cerveza. Huele a polvo de talco entre los pliegues carnosos de alguna puta que declina con la edad. Rememora coches de carrocería dura, metálica y con aristas, coches de volantes gigantescos. Hombres con bigote, con extrañas melenas apelmazadas y cazadoras de cuero ajustadas en la cintura.

«Roca escuchó otra vez la rata roer el papel de la pared. Eran las siete de la tarde y por la ventana atrancada no entraba ni un rayo de claridad. La oscuridad era casi total. Sólo el ascua de su cigarrillo trazaba una curva desde su boca hasta el pecho y encendía, durante segundos, las arrugas de su cara y su pelo blanco

Es agradable terminar una novela y notar que nada chirría más allá de lo necesario para contar una historia.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...