31 de julio de 2012

Me gusta Hopper



Se cuenta de Dalí que una de las veces que salía de visitar el Museo del Prado un periodista le preguntó: “¿Maestro qué hay de nuevo?” Y pronunciando las rigurosas eses de su cerrado acento catalán contestó “Velázsquezs”

No he faltado a la cita con Hopper en el Museo Thyssen. Es muy interesante y tiene cuadros muy atrayentes. Es un pintor con talento que al tratar temas tan cercanos y comprensibles merece la pena disfrutar.
Pero me sigue gustando más la gente nueva. Como Velázquez, Miró, Botticelli, Picasso y algunos cientos más.

25 de julio de 2012

EL BESO DE LA MUJER ARAÑA (Manuel Puig)


Manuel Puig nació el 28 de diciembre de 1932 en General Villegas, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Un páramo, cultural y geográfico en el que desde muy pequeño se sintió atrapado contra su voluntad. Su único escape fue el cine, hasta el punto de que equivocadamente, como él mismo dijo, creyó que era su vocación. Tras abandonar sus estudios de cinematografía en Roma, trabajó tras las cámaras en varias películas hasta que por fin encontró en la escritura una verdadera motivación.
Murió en 1990 en Cuernavaca, Méjico, donde vivía con su madre.

El beso de la mujer araña es un conjunto de varios asuntos:
Por un lado una excelente tesis sobre la homosexualidad, camuflada a modo de notas a pie de página. Un compendio de diversos estudios realizados por prestigiosos autores que van desde Freud a Dennis Altman, pasando por Marcuse.
A continuación una estructura narrativa basada casi exclusivamente en el diálogo de los dos protagonistas presos en la misma celda, Luis Alberto Molina, homosexual acusado de corrupción de menores y Vicente Arregui, activista político en prisión preventiva.
Por otro lado las historias, externas a la propia trama, que Molina le cuenta a su compañero de celda cuando anochece.
Y por último la expresión de los pensamientos que casi de improviso y aparentemente de manera innecesaria, aparecen intercalados en la narración bien entrada la novela. Ya al final, el lector se da cuenta de lo imprescindible de tal recurso para el perfecto ensamblaje de toda la estructura.

Con El beso de la mujer araña, Manuel Puig denuncia la brutalidad y la impostura social, aceptadas de forma atávica. Denuncia la opresión e imposición de las ideas y pensamientos por la fuerza. Denuncia, una vez más, la soledad de las personas en medio de la vorágine. Y lo hace con una altura artística impresionante y con una capacidad de conmover arrolladora.

«—¿A tu compañera tampoco?
—Menos que menos, ella está a cargo del grupo. Ni con ella ni con nadie, me puedo comunicar. Y como tu bolero, “porque la vida no nos unirá nunca”, al pobre muchacho ya nunca más le voy a poder escribir una carta, ni decirle una palabra.
—Es “…aunque la vida no nos una nunca…”
—Nunca. Qué palabra tan terrible, hasta ahora no me había dado cuenta… de lo terrible que es… esa… pa… palabra… Perdoname.
—No, desahogate, desahogate todo lo que puedas, llorá hasta que no puedas más, Valentín.»

Finalizado el libro, llama la atención la importancia de las historias que narra Molina, películas contadas de forma troceada e informal que increíblemente ayudan al lector a comprender el acercamiento de ambos protagonistas. No parece lógico que algo ajeno a lo sustancial sirva de soporte tan fiable al resultado de la novela. Pero es que Puig utiliza con los protagonistas un lenguaje cercano y común que embauca al lector y lo hace cómplice involuntario de los sentimientos de ambos.
 
Ya estoy buscando hueco para leer otra novela de este autor.

19 de julio de 2012

NADA ES CRUCIAL, de Pablo Gutiérrez


Pablo Gutiérrez nació en Huelva (1978), estudió Periodismo en Sevilla y es profesor de literatura en Cádiz.

Pablo Gutiérrez escribe muy bonito. Lo mismo que a quien no le gusta el vino no puede ser buena persona, a quien no le gusten determinados pasajes de esta novela, no puede ser buen lector.

«Dos hermosas figurillas acurrucadas en una parada de autobús, los dedos enroscados en los dedos, los ojos enroscados en los ojos. Los suyos (los de él) son botones oscurísimos; los de ella son fugaces como insectos. Sobre su frente (la de él) flota un mechón suspendido como un paracaidista. Los rizos (los de ella) se dejan despeinar por el viento sur. Es guapo el chaval, parece un soldadito de Hazañas Bélicas: la llama roja del flequillo, la mandíbula prensada, los ojos sugeridos. La chica sólo es antifaz de rizo, ojeras excavadas, barriga esférica como un planeta, tensa como un tambor. Calza botas de piel de lobo hasta la rodilla, tiene trazo de dama de cuento, se llama Margarita o Marga o Magui. Él se llama Lecumberri o Antonio o Lecu.»

Suena bien, no me dirán que no. Pues como esto, el libro plagadito. Así uno puede leer lo que le echen. Y encima, la historia que cuenta Gutiérrez, a cuenta de malearla con ese vocabulario y con pericia, termina por resultar interesante, no muy original pero sí interesante. Dos protagonistas, moldes perfectos del abandono y la soledad, inevitablemente unidos a pesar de todo y de todos. Una extraña metáfora del poder, muy bien traída, encarnada por un señor que consagra (nunca mejor dicho) sus esfuerzos a crear un movimiento cristiano. Algunos personajes domeñados, faltos de fuerza y criterio…

Con toda probabilidad puede ser mala interpretación del lector, pero desorienta un poco la decisión del autor al elegir un narrador tan ambiguo. Lo mismo parece ser omnisciente como un personaje externo a la trama. Lo mismo toma partido hasta la soflama  como cuenta la historia  de manera casi aséptica.
No obstante Pablo Gutiérrez escribe muy bonito:

«Todas las piezas —las amarillas, las azules, las verdes— se desbaratan y caen, el bulbo raquídeo es una lámpara recalentada que se funde, Magui absorbe el narcótico del sueño y del hambre y de los huesos contraídos, la oscuridad ya no permite ver las molduras del armario rancio ni la cajita transparente ni la esquina doblada del libro, es madrugada, en el patio se extinguieron las luces blancas de la cocina y los tenedores batiendo huevos para la cena, el borde quemado de la tortilla, la radio repitiendo los números premiados en la lotería, las temperaturas mínimas, el tráfico será denso en dirección a la costa, sonaron todos los clics de todos los interruptores de todos los dormitorios, ya nada existe, ya cada párpado cerrado

Al final se cierra el círculo de la trama con cierta melancolía cargada de esperanza o al revés. A ver: cierta esperanza cargada de melancolía.

Esta gente que sabe escribir debería renunciar a su vida y dedicarse exclusivamente a la literatura. Como hicieron en su día Cansinos Assens o Torrente Ballester. Y así, parir para sus lectores y para el porvenir alguna que otra obra maestra. Porque como le oí decir a Vila-Matas, “mucha gente sabe escribir bien, lo importante es qué se cuenta”. Vargas Llosa no sabe leer una factura de la luz, de eso y de todo lo demás se encarga su señora, él se dedica a escribir.
No se puede nadar y guardar la ropa. Así no se llega, así no saldrá nada definitivo y también acabarán siendo olvidados.
Queremos más.
Vaya, he terminado con cierta melancolía cargada de esperanza, ¿o al revés?.

15 de julio de 2012

Gran defecto


«Qué extraña es la vida —ese misterioso acuerdo, de una lógica cruel, y con un propósito inútil—. Lo más que se puede esperar de ella es alcanzar cierto conocimiento de uno mismo —cosa que sucede demasiado tarde—, y con una cosecha de interminables reproches. Yo he luchado con la muerte. Es el combate menos emocionante que pueda imaginarse. Tiene lugar dentro de una impalpable neblina gris, sin nada en qué apoyarse, sin nada a tu alrededor, sin espectadores, sin aplausos, sin gloria, sin ese gran deseo de victoria, sin miedo a la derrota, en una atmósfera enfermiza llena de tibio escepticismo, sin mucha fe de tu lado, y todavía menos del de tu adversario. Si tal es la forma de la sabiduría definitiva, entonces la vida es un enigma mayor de lo que algunos creemos.»

Hojeando apuntes, papeles y libretas encontré este breve texto manuscrito con mi letra. Siempre he pecado de ser extremadamente crítico con lo que escribo. Dicho de otro modo, padezco una inseguridad supina. Gran defecto. Así, mientras iba leyendo aquellas líneas me gustaba lo que había escrito. Sin duda la idea era mía pero esa manera de escribir…, no podía dar crédito a que yo fuera el autor. Aún así no pude evitar percibir ciertas limitaciones que debía pulir con el tiempo y algo más de técnica.
Toda reflexión terminó cuando llegado al final del escrito, también de mi puño y letra, aparecía como firma: «El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad»
Por suerte ahora puedo disfrutar plenamente del excelente párrafo, al que, por cierto, ya no encuentro ningún defecto.
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