6 de octubre de 2012

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS I - EL SEÑOR LLEGA, (Gonzalo Torrente Ballester)



Cuando a Cela le dieron la noticia de que había conseguido el Nobel de Literatura, las alternativas que modestamente propuso como más acertadas fueron Delibes y Torrente Ballester. Por algo sería.

En el primer volumen de la trilogía Los gozos y las sombras, El señor llega, se disecciona la vida de una pequeña localidad gallega, analogía de la España de los años treinta. Años treinta, Reconquista o Siglo de Oro, cuando de heder se trata, todos desprenden el mismo tufillo que hoy se respira. Siempre se repiten las mismas pautas de abuso, de cobardía, de sometimiento, de hipocresía, de ignorancia, de manipulación…
No hay nada como leer a los clásicos (Torrente Ballester, verbigracia). Hoy se escriben multitud de novelas como esta, pero nada es igual. Así, nos encontramos con verdaderos tochos que sólo arañan la superficie, con personajes planos y de escasa enjundia. Porque autores del calibre de Alejo Carpentier, José María Gironella, Torrente Ballester, Múgica Laínez y muchos otros, a pesar de lo dispar de su escritura, soportan sus historias sobre un lecho de cultura inalcanzable para la inmensa mayoría de autores actuales. Y es que hoy se debe escribir diferente porque, efectivamente, nada es igual. Precisamente por eso no hay que emular al que lo borda: se corre el riesgo de quedar en evidencia, a pesar de los minutos de televisión o los artículos de prensa que la editorial compre para promocionar el libraco.

Pueblanueva del Conde es el lugar donde se desarrolla la trama, el pequeño pueblo gallego. Un discreto, casi imperceptible, narrador omnisciente nos expone las muchas vergüenzas y pocas virtudes de sus habitantes, amplia gama del escalafón social de principios de siglo XX. Valores de la época, agravados con mucho de pesimismo, provincianismo y la corrupción como sustituto del contrato social ansiado por Rousseau. Vamos, igual que hoy.

Los mismos actores:
El poder político-empresarial (me niego a separarlos porque son lo mismo si se habla de corrupción). Para colmo el señorito explotador, dueño de los astilleros, señor feudal que ejerce el derecho de pernada con la aceptación de los vasallos, burgueses o campesinos, es un señorito socialista. Genial, inconmensurable. Alegoría perfecta de gran parte de la actual clase sociopolítica de los países occidentales. ¿Hemos cambiado en algo cuando un “explotador capitalista” que circula en su deportivo descapotable deja de ser despreciable si tan solo conduce con el puño en alto y lleva un pañuelo palestino al cuello?
La jerarquía clerical. Mitras y adláteres dedicados al engrandecimiento material de su “obra”, reptando entre la oligarquía y el poder, callando cuando no se debe y actuando como titiriteros al mando de sus marionetas. Y unos creyentes que no se enteran de la misa la media. ¿No les suena?
Una burguesía cobarde y perezosa que fuerza la sonrisa ante el poder y justifica lo injustificable mientras mantenga su cómodo nivel de vida. Eso sí, dando lecciones de moralidad y ética. ¿A que resulta familiar?
Y por último unos campesinos y proletarios, que venden su dignidad, su alma y su familia a cambio de un bienestar hipotecado en forma de limosna del poder. A mí todo esto me suena.

Por otro lado, Torrente Ballester perfila los personajes de manera genial. Va exponiendo sus caracteres a lo largo de la narración. Así el lector, sin percibirlo, acaba conociendo hasta el más mínimo detalle de su vida interior. Porque las reflexiones de algunos personajes demuestran una precisión psicológica abrumadora y sirven para tejer el entramado de los intereses y deseos que forman la convivencia en Pueblanueva del Conde.

El ritmo de la historia, el mismo que marcan el comportamiento y los actos de los personajes, es pausado, no lento pero sí relajado: camino, no hay prisa por dar el otro paso, ya vendrá cuando toque. Aplatanamiento con gaita. Ritmo Malibú con orvallo.

A pesar de que el final de la novela queda claramente a la espera de continuación, por sí sola merecería ser leída.

31 de julio de 2012

Me gusta Hopper



Se cuenta de Dalí que una de las veces que salía de visitar el Museo del Prado un periodista le preguntó: “¿Maestro qué hay de nuevo?” Y pronunciando las rigurosas eses de su cerrado acento catalán contestó “Velázsquezs”

No he faltado a la cita con Hopper en el Museo Thyssen. Es muy interesante y tiene cuadros muy atrayentes. Es un pintor con talento que al tratar temas tan cercanos y comprensibles merece la pena disfrutar.
Pero me sigue gustando más la gente nueva. Como Velázquez, Miró, Botticelli, Picasso y algunos cientos más.

25 de julio de 2012

EL BESO DE LA MUJER ARAÑA (Manuel Puig)


Manuel Puig nació el 28 de diciembre de 1932 en General Villegas, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Un páramo, cultural y geográfico en el que desde muy pequeño se sintió atrapado contra su voluntad. Su único escape fue el cine, hasta el punto de que equivocadamente, como él mismo dijo, creyó que era su vocación. Tras abandonar sus estudios de cinematografía en Roma, trabajó tras las cámaras en varias películas hasta que por fin encontró en la escritura una verdadera motivación.
Murió en 1990 en Cuernavaca, Méjico, donde vivía con su madre.

El beso de la mujer araña es un conjunto de varios asuntos:
Por un lado una excelente tesis sobre la homosexualidad, camuflada a modo de notas a pie de página. Un compendio de diversos estudios realizados por prestigiosos autores que van desde Freud a Dennis Altman, pasando por Marcuse.
A continuación una estructura narrativa basada casi exclusivamente en el diálogo de los dos protagonistas presos en la misma celda, Luis Alberto Molina, homosexual acusado de corrupción de menores y Vicente Arregui, activista político en prisión preventiva.
Por otro lado las historias, externas a la propia trama, que Molina le cuenta a su compañero de celda cuando anochece.
Y por último la expresión de los pensamientos que casi de improviso y aparentemente de manera innecesaria, aparecen intercalados en la narración bien entrada la novela. Ya al final, el lector se da cuenta de lo imprescindible de tal recurso para el perfecto ensamblaje de toda la estructura.

Con El beso de la mujer araña, Manuel Puig denuncia la brutalidad y la impostura social, aceptadas de forma atávica. Denuncia la opresión e imposición de las ideas y pensamientos por la fuerza. Denuncia, una vez más, la soledad de las personas en medio de la vorágine. Y lo hace con una altura artística impresionante y con una capacidad de conmover arrolladora.

«—¿A tu compañera tampoco?
—Menos que menos, ella está a cargo del grupo. Ni con ella ni con nadie, me puedo comunicar. Y como tu bolero, “porque la vida no nos unirá nunca”, al pobre muchacho ya nunca más le voy a poder escribir una carta, ni decirle una palabra.
—Es “…aunque la vida no nos una nunca…”
—Nunca. Qué palabra tan terrible, hasta ahora no me había dado cuenta… de lo terrible que es… esa… pa… palabra… Perdoname.
—No, desahogate, desahogate todo lo que puedas, llorá hasta que no puedas más, Valentín.»

Finalizado el libro, llama la atención la importancia de las historias que narra Molina, películas contadas de forma troceada e informal que increíblemente ayudan al lector a comprender el acercamiento de ambos protagonistas. No parece lógico que algo ajeno a lo sustancial sirva de soporte tan fiable al resultado de la novela. Pero es que Puig utiliza con los protagonistas un lenguaje cercano y común que embauca al lector y lo hace cómplice involuntario de los sentimientos de ambos.
 
Ya estoy buscando hueco para leer otra novela de este autor.

19 de julio de 2012

NADA ES CRUCIAL, de Pablo Gutiérrez


Pablo Gutiérrez nació en Huelva (1978), estudió Periodismo en Sevilla y es profesor de literatura en Cádiz.

Pablo Gutiérrez escribe muy bonito. Lo mismo que a quien no le gusta el vino no puede ser buena persona, a quien no le gusten determinados pasajes de esta novela, no puede ser buen lector.

«Dos hermosas figurillas acurrucadas en una parada de autobús, los dedos enroscados en los dedos, los ojos enroscados en los ojos. Los suyos (los de él) son botones oscurísimos; los de ella son fugaces como insectos. Sobre su frente (la de él) flota un mechón suspendido como un paracaidista. Los rizos (los de ella) se dejan despeinar por el viento sur. Es guapo el chaval, parece un soldadito de Hazañas Bélicas: la llama roja del flequillo, la mandíbula prensada, los ojos sugeridos. La chica sólo es antifaz de rizo, ojeras excavadas, barriga esférica como un planeta, tensa como un tambor. Calza botas de piel de lobo hasta la rodilla, tiene trazo de dama de cuento, se llama Margarita o Marga o Magui. Él se llama Lecumberri o Antonio o Lecu.»

Suena bien, no me dirán que no. Pues como esto, el libro plagadito. Así uno puede leer lo que le echen. Y encima, la historia que cuenta Gutiérrez, a cuenta de malearla con ese vocabulario y con pericia, termina por resultar interesante, no muy original pero sí interesante. Dos protagonistas, moldes perfectos del abandono y la soledad, inevitablemente unidos a pesar de todo y de todos. Una extraña metáfora del poder, muy bien traída, encarnada por un señor que consagra (nunca mejor dicho) sus esfuerzos a crear un movimiento cristiano. Algunos personajes domeñados, faltos de fuerza y criterio…

Con toda probabilidad puede ser mala interpretación del lector, pero desorienta un poco la decisión del autor al elegir un narrador tan ambiguo. Lo mismo parece ser omnisciente como un personaje externo a la trama. Lo mismo toma partido hasta la soflama  como cuenta la historia  de manera casi aséptica.
No obstante Pablo Gutiérrez escribe muy bonito:

«Todas las piezas —las amarillas, las azules, las verdes— se desbaratan y caen, el bulbo raquídeo es una lámpara recalentada que se funde, Magui absorbe el narcótico del sueño y del hambre y de los huesos contraídos, la oscuridad ya no permite ver las molduras del armario rancio ni la cajita transparente ni la esquina doblada del libro, es madrugada, en el patio se extinguieron las luces blancas de la cocina y los tenedores batiendo huevos para la cena, el borde quemado de la tortilla, la radio repitiendo los números premiados en la lotería, las temperaturas mínimas, el tráfico será denso en dirección a la costa, sonaron todos los clics de todos los interruptores de todos los dormitorios, ya nada existe, ya cada párpado cerrado

Al final se cierra el círculo de la trama con cierta melancolía cargada de esperanza o al revés. A ver: cierta esperanza cargada de melancolía.

Esta gente que sabe escribir debería renunciar a su vida y dedicarse exclusivamente a la literatura. Como hicieron en su día Cansinos Assens o Torrente Ballester. Y así, parir para sus lectores y para el porvenir alguna que otra obra maestra. Porque como le oí decir a Vila-Matas, “mucha gente sabe escribir bien, lo importante es qué se cuenta”. Vargas Llosa no sabe leer una factura de la luz, de eso y de todo lo demás se encarga su señora, él se dedica a escribir.
No se puede nadar y guardar la ropa. Así no se llega, así no saldrá nada definitivo y también acabarán siendo olvidados.
Queremos más.
Vaya, he terminado con cierta melancolía cargada de esperanza, ¿o al revés?.

15 de julio de 2012

Gran defecto


«Qué extraña es la vida —ese misterioso acuerdo, de una lógica cruel, y con un propósito inútil—. Lo más que se puede esperar de ella es alcanzar cierto conocimiento de uno mismo —cosa que sucede demasiado tarde—, y con una cosecha de interminables reproches. Yo he luchado con la muerte. Es el combate menos emocionante que pueda imaginarse. Tiene lugar dentro de una impalpable neblina gris, sin nada en qué apoyarse, sin nada a tu alrededor, sin espectadores, sin aplausos, sin gloria, sin ese gran deseo de victoria, sin miedo a la derrota, en una atmósfera enfermiza llena de tibio escepticismo, sin mucha fe de tu lado, y todavía menos del de tu adversario. Si tal es la forma de la sabiduría definitiva, entonces la vida es un enigma mayor de lo que algunos creemos.»

Hojeando apuntes, papeles y libretas encontré este breve texto manuscrito con mi letra. Siempre he pecado de ser extremadamente crítico con lo que escribo. Dicho de otro modo, padezco una inseguridad supina. Gran defecto. Así, mientras iba leyendo aquellas líneas me gustaba lo que había escrito. Sin duda la idea era mía pero esa manera de escribir…, no podía dar crédito a que yo fuera el autor. Aún así no pude evitar percibir ciertas limitaciones que debía pulir con el tiempo y algo más de técnica.
Toda reflexión terminó cuando llegado al final del escrito, también de mi puño y letra, aparecía como firma: «El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad»
Por suerte ahora puedo disfrutar plenamente del excelente párrafo, al que, por cierto, ya no encuentro ningún defecto.

26 de junio de 2012

CARPE DIEM, de Saul Bellow


Saul Bellow nació en Quebec, en 1915. Murió en Massachusetts, en 2005. Con el National Book Award y el Pulitzer en su poder, en 1976 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura.
Carpe diem se publicó en 1956.

Creo que en alguna otra ocasión ya se habló del fracaso en este blog. ¿Qué es el fracaso? Este tipo de asuntos hay que afrontarlo de manera pragmática, sin alardes poéticos ni metafóricos, sin definiciones ambiguas o insinuantes. No nos engañemos, el fracaso tiene mucho que ver con lo material. A partir de ahí vienen las secuelas sentimentales, familiares y psicológicos.
Un hombre cercano a los cincuenta, divorciado, en paro, con sobrepeso, dos hijos, ingresos más que escasos, ayuda familiar nula, enfrentado a su padre, exmujer demandadora constante. Para rematar: invertir en bolsa y perder… Esto es el fracaso.

Me repito:
Sólo logro comprender que alguien sea capaz de escribir tan bien aceptando como premisa lo que no es más que el “secreto” de la Literatura: don, talento y muchísimo trabajo. Porque quien, al comienzo de una novela, describa físicamente al personaje protagonista y sea capaz de, al mismo tiempo, descubrir para el lector todo su pasado haciendo entender su presente, todo ello de manera imperceptible, mientras se desliza por las páginas iniciales de la historia, es sencillamente alguien tocado por la fortuna; como quien tiene una voz excelente y la trabaja para cantar: don, talento y trabajo. De esta especie es Saul Bellow.

La historia se centra de manera meticulosa, en Wilhelm, epicentro esencial de todo lo que se cuenta y acontece. A pesar de usar un narrador omnisciente, éste, en muchas ocasiones parece relatar condicionado por su punto de vista. Así, las detalladas descripciones de personajes y paisajes dan la impresión de no ser más que el punto de vista diferido del protagonista. Aunque esto mismo ocurre, con menor peso en el relato, con otros personajes.

Bellow, en los pasajes en que explosiona el clímax de una determinada escena o momento de la historia, utiliza la descripción y el detalle de paisajes y personajes magistralmente, concentrando la atención del lector y metiéndolo de lleno en la trama.

«Entre manteles blancos, cristalería y plata destellante, a través de la intensa luz, la estirada figura del señor Perls se fue alejando hacia la penumbra del vestíbulo. Iba apoyándose en el bastón, y arrastraba un gran zapato ortopédico que Wilhelm no había incluido en su cálculo de males. EL doctor Adler sintió deseos de hablar de él.»

Los diálogos, en ocasiones, llegan a ser arrolladores. Impresiona la profundidad a la que el autor es capaz de sondar en la psicología del protagonista. Porque si bien podemos admitir que hemos dado una definición rácana de lo que es el fracaso, las implicaciones de carácter personal que conlleva son muy graves. El fracaso (o la sensación de haber fracasado) lleva a la degradación de la autoestima y a la desaparición de toda esperanza. A partir de ahí, nada bueno. Sólo llanto.

9 de junio de 2012

VENTAJAS DE VIAJAR EN TREN, de Antonio Orejudo


Los socios del Círculo de Lectores se comprometen a comprar un libro cada dos meses. Lo correcto sería decir que tenían el compromiso de comprar un libro cada dos meses. Ahora puedes comprar hasta un juego completo de manicura o, incluso, algo escrito por Carlos Ruiz Zafón o Dan Brown. Aquéllo era antes, cuando vendían Literatura. El caso es que hace unos diez años pedí un libro titulado Ventajas de viajar en tren. Para mí que aún no lo había leído.

Esta novela va de un señor que, durante un viaje en tren, cuenta una historia de misterio e intriga, con locos, espías, cambios de identidad, basura y mierda, mucha mierda. Para colmo, cuando iba por la mitad de la historia de mierda, ésta (la historia de mierda) comenzó a sonarme. Me di cuenta de que ya la había leído, aunque no me acuerdo de nada.

Más o menos a esta altura tuve que salir de viaje al mundo exterior y me resultaba indigesto echar este libro en la maleta.

Me llevé Carpe diem. Sólo logro comprender que alguien sea capaz de escribir tan bien aceptando como premisa lo que no es más que el “secreto” de la Literatura: don, talento y muchísimo trabajo. Porque quien, al comienzo de una novela, describa físicamente al personaje protagonista y sea capaz de, al mismo tiempo, descubrir para el lector todo su pasado haciendo entender su presente, todo ello de manera imperceptible, mientras se desliza por las páginas iniciales de la historia, es sencillamente alguien tocado por la fortuna; como quien tiene una voz excelente y la trabaja para cantar: don, talento y trabajo. De esta especie es Saul Bellow.

A lo que estamos. Ventajas de viajar en tren: es corta, se encuentra fácilmente en librerías y, como todos los libros en España, cuesta una cantidad indecente de dinero.

Sentiré un eterno agradecimiento hacia Antonio Orejudo: hizo que por fin leyera al grandísimo Saul Bellow.

4 de junio de 2012

HISTORIA DE UN ALEMÁN (Sebastian Haffner)


Raimund Pretzel nació en Berlín, en 1907; murió en la misma ciudad en 1999. Huyendo de la opresión que el régimen nazi ejercía en Alemania, en 1938 emigró a Gran Bretaña, donde continuó su labor como periodista en The Observer, pues ya publicaba alguna columna en la prensa de su país. Es entonces cuando adopta el pseudónimo de Sebastian Haffner por temor a que su familia pudiera sufrir represalias.

Historia de un alemán, aún como lectura personal, merece algo más que uno de los breves comentarios a los que se dedica este blog. Como en su día publiqué que estaba leyendo este libro, me siento comprometido a dar mi opinión. A ver qué sale.

Haffner escribió estas memorias con apenas veintiséis años, aunque no se publicaron hasta después de su muerte, en 1999, cuando se encontró entre sus papeles personales el manuscrito de esta extraordinaria obra.

No puedo evitar acordarme del libro de memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer, aunque sean dos libros muy distintos. Sus autores los escribieron en situaciones parecidas pero con edades antagónicas y, por tanto, con un cúmulo de vivencias muy desigual. Por otro lado, consecuencia de lo primero, Zweig relata historias y experiencias que dejan entrever el desengaño y el fin de la ilusión de quien tiene una edad avanzada, exponiendo la situación social y política de las distintas épocas de su vida sin ahondar en los aspectos y motivos que llevaron a ella. Sin embargo Sebastian Haffner, a pesar de su juventud, analiza casi en forma de ensayo el comportamiento de los alemanes y su responsabilidad en la cadencia de acontecimientos que se encadenaron hasta la llegada de los nazis al poder. No se recata en su juicio, aportando como pruebas sus propias vivencias y trato con sus compañeros de carrera y de trabajo, con sus amigos judíos y arios y con sus propias familias. Haffner, para explicar los motivos que lo llevaron a exiliarse de manera voluntaria, nos cuenta su vida y, a través de ella, vemos con claridad inigualable la vida de los alemanes de las primeras décadas del siglo XX.

«El valor cívico, es decir, el arrojo necesario para tomar decisiones autónomas y actuar según la propia responsabilidad, es ya de por sí una rara virtud en Alemania, tal y como sentenciara Bismarck en su día.»

Uno de los aspectos más llamativos de este libro y que da idea de la lúcida capacidad de observación del autor, es que está escrito antes del comienzo de la II GM. Aún así predice con total convicción el inevitable estallido de la guerra y el asesinato indiscriminado de los judíos, ni por asomo imaginaba la manera de hacerlo.

Haffner comienza el relato de la historia con la interrupción de sus vacaciones de verano en agosto de 1914. Tenía siete años. «El estallido de la pasada Guerra Mundial, con el que la etapa consciente de mi vida comenzó de golpe y porrazo, me pilló como a la mayoría de europeos: en plenas vacaciones de verano.»
Ya al finalizar la I GM, afirma Haffner, los cimientos del régimen nazi estaban puestos. Cierto; hoy sabemos que en realidad, ya en 1919 la sociedad alemana estaba lista para tragar y asimilar de manera más o menos forzosa y silente el nazismo. «Merece la pena recalcar el hecho de que, por aquel entonces, en la primavera de 1919, cuando la revolución de izquierda se esforzaba en vano por tomar forma, la futura revolución nazi ya estaba allí, dispuesta y poderosa, sólo que sin Hitler: los Freicorps, encargados de salvar a Ebert y Noske, eran simplemente lo que más adelante serían las tropas de asalto nazis.»

Haffner continuamente pone el dedo en la llaga y de manera insuperable expone, sintetiza en frases cortas hechos que, por conocidos y repetidos, acaban siendo asumidos de manera inconsciente, adormeciendo la capacidad crítica y abriendo así la puerta a la probable repetición (con sus variantes) de dolorosos acontecimientos pasados. Y es que no hace falta ser un psicópata para apoyar a alguien que sí lo es.
Así, me causó especial pavor esta frase: «Muchas formas de Estado, es más, la mayoría han nacido de un modo más sangriento, pero no ha habido ninguna cuyo alumbramiento fuese tan repugnante.» Se refiere Haffner a la pantomima de revolución de 1933, producto del silencio y la cobardía, primero de los representantes políticos y después de la población alemana que demostró estar fielmente representada. El cincuenta y seis por ciento de los alemanes no votó a favor de los nazis.
Lo cierto es que, a la larga, se demuestra de forma indefectible que la catadura de los políticos de un país no es más que la imagen fiel de sus representados.

«La traición fue total, generalizada y sin excepciones, desde la izquierda hasta la derecha
Un poco más adelante afirma y predice:
«Toda revolución ocurrida en otras naciones, al margen de cuánta sangre y debilitamiento momentáneo haya podido conllevar, ha supuesto un increíble aumento de la vehemencia con la que se defienden los valores morales en ambos frentes de batalla y, por ende, ha producido un tremendo fortalecimiento de la nación a largo plazo(...) Allí donde debería manar esa fuente de energía a los alemanes no les queda más que el recuerdo de la deshonra, la cobardía y la debilidad. Es inevitable que llegue el día en el que eso tenga sus consecuencias, que consistirán, muy probablemente, en la disolución de la nación alemana y de su condición de estado.»

Sebastian Haffner no sólo detalla la vida cotidiana manchada por el progresivo auge del nazismo, intenta dar una visión general. Es decir, intenta explicar el comportamiento de sus compatriotas, la asunción de una ideología, de un rol tan siniestro. Con una exposición que linda con la etnografía, la sociología y la psicología social, de manera brillante, expone un lúcido y plausible criterio.
«Si se me permite hacer una generalización llegados a este punto, debo decir que uno de los rasgos más terribles de las novedades que están aconteciendo en Alemania consiste en que no hay criminales que respondan de sus actos ni mártires que carguen con su sufrimiento, todo sucede como en un estado de ligera anestesia, con una fina y mísera capa de sensibilidad tras el horror objetivo: están cometiéndose asesinatos como si fueran las travesuras de unos chicos malos, la humillación personal y el suicidio ético se aceptan como si se tratara de pequeños incidentes molestos e incluso la muerte física del mártir no provoca más reacción que un simple “mala suerte”.»
¿Es que este párrafo no es actual?

Pero Haffner no se conforma con la visión social de los acontecimientos. Al tratarse de un relato personal que por su “normalidad” identifica a la mayoría de los alemanes de la época, el autor analiza otra capa fundamental de los acontecimientos: el comportamiento personal. El funcionamiento de la psique individual en situaciones de opresión política. Una vez más, de manera nítida, analiza la huída intelectual como una de las salidas más peligrosas. Si no la negación, sí la ignorancia de lo que sucede, cerrar las puertas y ventanas al exterior y, como dijo Sthendal (señala Haffner) «consagrarse al mantenimiento de un yo sagrado y puro.»
¿No es esto actual?

Mientras leía Historia de un alemán, me vino a la memoria un programa de televisión cuyo formato ha tenido tanto éxito que lo emiten distintas cadenas españolas. Se trata de “Españoles por el mundo” o “Andaluces por el mundo” o “Madrileños por el mundo”…, uno de esos. Consiste en que un redactor y un cámara acompañan al protagonista por una ciudad extranjera, en la que lleva viviendo una temporada más o menos larga, mientras cuenta su historia y muestra las costumbres y monumentos de la ciudad en cuestión.
El caso es que aquel programa lo dedicaban a Alemania y salió una jovencita de Granada, muy progre ella, que vivía en Berlín. En un momento de su relato, motivado por algún monumento o edificio, salió el tema del genocidio nazi. Y con una candidez más dañina que cualquier maldad, comentó (cito de memoria): “A mis amigos alemanes de bachillerato, sus Institutos los llevan a visitar los campos de exterminio. No sé qué culpa tienen ellos de todo aquello.”
En realidad de eso trata Historia de un alemán y muchos otros libros geniales que dan testimonio de un momento histórico. En eso consiste aprender Historia. Los políticos lo saben. Por eso, para modelar el cretinismo intelectual hacen que nuestros hijos aprendan historias, no Historia y salgan (en el mejor de los casos) mentes rebosantes de un buenismo analfabetoide más peligroso de lo que aparenta.
A esta chica habría que explicarle que los jóvenes alemanes no aprenden su Historia en carne viva por ser culpables, la aprenden por ser los responsables del futuro de su país y para ello deben conocer de manera objetiva su pasado. Igualito que en España.

Decenas de anotaciones me quedan por transcribir o desarrollar. Me parece que dejarlo aquí es lo correcto porque creo haber dado una idea aproximada del contenido del libro. Quien esté interesado probablemente se vea alentado por mis torpes palabras. Quien no lo esté, no habrá llegado a este párrafo; es más, seguramente no llegue a este blog.

Este libro, para mi sorpresa, se ha convertido en uno de los mejores libros que he leído en mi vida.

23 de mayo de 2012

LA CIUDAD, de Mario Levrero


Inducido por uno de mis guías blogueros, David Pérez Vega, he vuelto al hilo de la lectura de un autor hispanoamericano. Un acierto.

Mario Levrero fue un escritor urugayo, nacido en Montevideo en 1940 y fallecido en la misma ciudad en 2004. Aunque muy reconocido en los círculos literarios nunca ha sido escritor de masas ni de medios.

Sensaciones mezcla de realidad y fantasía. Combinación de unos hechos forzosamente reales, cotidianos y unos hechos con apariencia tan real como los primeros pero que de manera ineluctable sabe el lector que son pura imaginación, tal vez sueño, pura quimera. Personajes de comportamiento surrealista y un lugar más insignificante que una pedanía conforman La ciudad.

Partiendo de una situación de una normalidad trivial, el autor va hilvanando escenas y sucesos, enlaza personajes y paisajes. Paredes sudorosas, un reglamento que está presente como una ridícula amenaza, una gasolinera en medio de ninguna parte, pasillos con puertas de acceso prohibido, mujeres que aparecen y desaparecen súbitamente… Una neblina de humedad y misterio envuelve toda la historia, haciendo que el lector tenga sentimientos que van desde el desasosiego hasta el hastío, pasando por la intranquilidad. Pero la historia atrae hasta el final. Así, Levrero mantiene al lector en una continua duermevela.
Ciento noventa y dos páginas que se hacen brevísimas. Así de bien escribe Levrero.

17 de mayo de 2012

Ha muerto Carlos Fuentes


Hasta que leí La muerte de Artemio Cruz me parecía inaudito que alguien se atreviera a escribir gran parte de una novela en segunda persona.
Hasta que oí a Carlos Fuentes decir que cada Semana Santa, sus ejercicios espirituales consistían en leer el Quijote, no caí en la cuenta de tener una lectura recurrente cada año. Cosa muy saludable.
Hasta que no supe de Gringo Viejo (lectura pendiente, aún) nunca me planteé que, aunque no se sabía nada al respecto, se podía imaginar cómo fue la desaparición de Ambrose Bierce.
Descanse en paz el genio. Nos queda su obra.

14 de mayo de 2012

DESMONTANDO A POLI. Homenaje a Hipólito G. Navarro en la Feria del Libro de Sevilla


Mi opinión sobre el cuentista Hipólito G. Navarro ya la he dado en varias ocasiones, en este blog y en otros lugares. Así que no la repito porque correría el riesgo de que empezaran a calificarme como fan patológico.

El pasado sábado 12 de mayo, en la Feria del Libro de Sevilla, se rindió un agradable y breve homenaje a este autor (lo bueno si breve, dos veces bueno), en el que participaron, con su presencia o con sus cartas, escritores y editores amigos. Asistieron familiares y más amigos, además de un aceptable número de admiradores que andábamos por allí.

Tras una acto como este uno vuelve a casa emocionado con la experiencia de haber estado entre un numeroso grupo de personas que no sólo saben leer sino que leen a Hipólito G. Navarro y lo aprecian como persona.

18 de abril de 2012

EL TIEMPO ES UN CANALLA (Jennifer Egan)


Jennifer Egan nació en Chicago en 1962. Es autora de varias novelas, cuentos y ensayos. Con El tiempo es un canalla ganó el Premio Pulitzer 2011.

Una buena novelista cercana a los cincuenta, los componentes de un grupo de rock, un productor musical, unos estudiantes disolutos y el tiempo, tiempo a espuertas, elipsis van y analepsis vienen. Estos son los ingredientes de esta interesante novela, dicho sea en el aspecto técnico. Porque la historia no cuenta nada que no se haya dicho en otras miles de novelas contemporáneas. Al final todo esto de la literatura del siglo XXI va a consistir en contar lo mismo millones de veces con el único aliciente de encontrar quien lo escribe mejor. Y es que el argumento de El tiempo es un canalla me ha recordado mucho a la famosa novela Libertad, de Franzen (reseñada en este blog).

Esto de vivir en la zona rica del planeta acaba poniendo de los nervios: la crisis de los cuarenta suele desembocar en el divorcio. Pero parece ser que llegados a los cincuenta existe otra crisis que estriba en contar la vida de uno y sus amigos desde la época universitaria porque antes de eso todas las vidas son idénticas. Así que si sabe escribir decentemente puede intentar que le publiquen una novela con la historia de sus amigos de generación; otra historia más de lo mismo. Escríbase bien, que destaque, que sobresalga porque de lo contrario aburrirá a las ostras, recuerde que miles de novelistas antes que usted ya escribieron sobre lo mismo exactamente y muchos de ellos muy bien.

He leído la novela con interés, no se hace pesada. La narración es amena y el lector se desliza por la historia sin esfuerzo. La autora maneja a la perfección uno de los recursos más importantes de una novela: los detalles.
Como nunca hablo del argumento y mucho menos lo destripo, poco más tengo que decir de esta novela. Si acaso que los protagonistas están muy bien formados y que el cambio o evolución de sus personalidades se plasma fácilmente con la difícil técnica de usar el tiempo con maestría. Una cosa por la otra.

Hay gente a la que le encanta el cine y no le gusta especialmente el género del oeste. Ahora bien, a pesar de ello debe reconocer que Sin perdón, de Clint Eastwood es una obra maestra.
El tiempo es un canalla es una buena novela, aunque (a mí) la historia que cuenta no me transmite nada nuevo digno de mención, sí su manera de contarla aunque a veces peque de no saber (o no poder) ocultar sus ansias de hacer algo nuevo.

8 de abril de 2012

MADRID. EL ADVENIMIENTO DE LA REPÚBLICA (Josep Pla)


Durante unas vacaciones, un amigo de Beguiristán me contó que andaba por ahí un librito muy interesante de un tal Sergei Volkov, compatriota suyo. En él, a modo de diario el tal Volkov cuenta sus vivencias en la capital de su país durante los días en que se proclamó la I República. El libro en cuestión se titula Kadril. El advenimiento de la República.
Mi amigo hablaba maravillas del libro y de su autor. Así que me lo recomendó con la intención de que conociera mejor su país, su historia reciente y parte importante de sus protagonistas. Y como me parecía milagrosa la coincidencia de ambas lecturas, estuve a punto de hacer lo propio con el libro de Josep Pla, Madrid. El advenimiento de la República, convencido de que le serviría para entender buena parte del siglo XX español.
Aún hoy no soy capaz de encontrar los motivos que me llevaron a no recomendarle el libro de Pla. Pero no me arrepiento lo más mínimo porque leyendo el de Volkov no me enteré de la misa la media. Nombres y más nombres que no conocía de nada. Y otra vez más nombres. A pesar de estar muy bien escrito el autor daba por conocidos los personajes que plagaban la narración. Me di cuenta de que para entender Kadril. El advenimiento de la República, debía conocer antes la historia de Beguiristán. Y la verdad, si a un español de a pie le importa poco la historia de Beguiristán, imaginen a un señor de aquellas tierras lo que puede importarle la historia de aquí como para tener que estudiarla y así poder leer un librito de ciento setenta y tres páginas.

En Madrid, el advenimiento de la República aparecen Cambó, Miguel Maura, Juan March, Azaña, Eugenio D’Ors, Lerroux, Francisco de Cossío, Alcalá-Zamora… Todos ellos personajes totalmente desconocidos para mi amigo. El libro está escrito con gracia e inteligencia, es una lectura entretenida y describe los hechos de manera concisa y sin maniqueísmos, tal vez por utilizar la mejor herramienta que un contemporáneo puede usar para evitarlos: no profundizar demasiado.
Y es que Madrid, el advenimiento de la República es una crónica política escondida detrás de un diario, destinada a aquellos que leían la prensa y estaban al tanto de los contoneos políticos del momento.
Hoy, sólo los que conocemos la Historia de España podemos disfrutar de este libro de Pla. Es decir, pocos.

«Esta semana de la quema de conventos ha habido en Madrid cuatro corridas de toros en la plaza grande y una o dos corridas de novillos en la plaza de Tetuán. Todo ha ido admirablemente. Mucha gente.
         En esta tierra puede ocurrir cualquier cosa, incluso algo muy grave, el acontecimiento más sensacional, uno de aquellos acontecimientos que en otro país preocupan durante mucho tiempo y en los que, al cabo de poco de producirse, buena parte de la gente toma primero un aire de suficiencia, luego de real o fingida indiferencia, para acabar glosando la última ocurrencia del momento. No creo que exista en el mundo imaginación suficiente para describir las dimensiones que tendría que tener una desgracia o un simple hecho como para llegar a interesarnos de verdad durante un tiempo prolongado.»

Poco después de haber escrito esto, tuvo Pla (como todos los españoles del momento) en la yema de sus dedos una desgracia a la que dedicaron poco menos de tres años de continuado interés.

18 de marzo de 2012

NO ES PAÍS PARA VIEJOS (Cormac McCarthy)


Como en Meridiano de sangre y la Trilogía de la frontera, seguimos en el sur de Estados Unidos, frontera con Méjico. Pero esta vez estamos en pleno siglo XXI. Un joven soldador se convierte en víctima de una vertiginosa y más que peligrosa persecución: narcotráfico, mafias, dinero, asesinos profesionales. Y una policía totalmente desbordada por los actos de la nueva delincuencia.
Algo habitual en las novelas de este autor es el realismo en todo aquello que se refiere al Mal. Los finales felices, las victorias sobre los malos no existen. En la vida real tampoco.

McCarthy utiliza un narrador deficiente y abundancia de diálogos, que intercala con monólogos del protagonista. Las escenas de violencia las despacha de improviso, con claridad y concisión, con un ritmo vertiginoso. En algunos momentos disminuye la tensión intercalando escenas narradas con minuciosidad casi obsesiva y compartiendo con el lector el paisaje con descripciones magistrales. Escenas que, por muy intrascendentes que puedan parecer, forman el conocimiento del lector, dejando ver el carácter de los personajes, el ambiente en el que se mueven y cómo se desenvuelven.

«Se quedó allí contemplando el desierto. Su quietud. Rumor de viento en los cables. Ambrosías altas junto a la carretera. Grama y sacahuista. Más allá en las acequias huellas de dragones. Las montañas de roca viva en sombras al último sol de la tarde y hacia el este la reluciente abcisa de la llanura bajo un cielo donde colgaban cortinas de lluvia oscuras como el hollín a todo lo largo del cuadrante. Es un dios que vive en silencio el que ha baldeado la tierra adyacente con sal y ceniza. Volvió al coche patrulla y se alejó de allí.»

Como el personaje del juez en Meridiano de sangre, Chirgurh es la muerte en esta novela (la muerte hace mucho que no lleva guadaña), incansable y pertinaz, sin otra alternativa que la de cumplir con su cometido, definido por un leve gesto que se convierte en decisión de la víctima.

«Lo dice como si dependiera de la moneda, Pero es usted el que elige.
Podría haber salido cara.
La moneda no tiene nada que ver. Depende de usted.
Quizá sí. Pero mírelo desde mi punto de vista. Yo he llegado aquí lo mismo que la moneda. (…)
Yo no tenía voz en este asunto. Cada momento de su vida es un giro y cada giro una elección. En algún momento usted eligió. Lo que vino fue una consecuencia. Las cuentas son escrupulosas. Todo está dibujado. Ninguna línea se puede borrar. En ningún momento he pensado que pudiera inclinar la balanza a su favor. ¿Cómo iba a hacerlo? El camino que uno sigue en la vida raramente cambia y más raramente aún lo hace de forma brusca. Y la forma de su sendero particular era ya visible desde el principio

La altísima calidad que mantiene Cormac McCarthy en todas sus novelas lo convierten en una referencia de la literatura estadounidense. Insuperable.

9 de marzo de 2012

MI SUICIDIO (Henri Roorda)


Henri Roorda nació en Lucerna, en 1870. Fue profesor de matemáticas y ensayista de cierto renombre en su época. Mi suicidio es un librito de cincuenta y ocho páginas en el que explica los motivos que le llevaron a quitarse la vida en noviembre de 1925.

En fin, los hay que sienten la insuperable necesidad de suicidarse cuando llevan escritas miles de páginas sobre lo divino y lo humano y los hay, como Roorda, que se suicidan por motivos puramente materialistas, lo que no da para mucha literatura, tal vez para cincuenta y ocho páginas.
No quiero parecer irrespetuoso. El suicidio es algo tremendamente doloroso y toma un aspecto más tétrico cuando alguien intenta explicar los motivos de manera cuerda e inteligente.

«Pero escribo este último librito para explicarme. Y lo hago también para protestar de antemano contra la severidad con la que seré juzgado. Siento la necesidad de defender al Individuo egoísta frente a las exigencias de la Moral

Efectivamente Roorda intenta justificarse con argumentos livianos, superfluos, materialistas, como ya dije. Bien sabe que merece ser juzgado no con mucha benevolencia, en el mejor de los casos. Puestos en lo peor, podría no ser leído y ser ignorado. Contra la severidad en el juicio sólo puede esgrimir el egoísmo como derecho supremo para acabar con la vida propia. Eso es hacer trampa.

«Mi suicidio será severamente juzgado. Pero ya que considero que en su inmensa mayoría los hombres son seres mediocres y poco inteligentes, ¿qué importancia debo conceder a la opinión pública?»

Con independencia del desprecio que quien suscribe pudiera merecerle a Henri Roorda, lo más impresionante de este libro es sentir en sus páginas la convicción del autor de que no hay alternativa al suicidio, la absoluta seguridad con que se enfrenta al desenlace.
Sin entrar en pormenores psicológicos, lo cierto es que cualquiera que deje rastro escrito de los motivos que le mueven a cometer suicidio, se arriesga a descubrir ante los demás la depresión y las carencias afectivas que lo han llevado a tomar esa decisión irrevocable.

Tal vez el lector esperase algo de romanticismo, algo poético previo a la despedida definitiva. Pero Roorda es pragmático, fiel a la más fría realidad. Es honesto, hay que reconocerlo. Los motivos que suelen llevar al suicidio pueden ser muy egoístas.

«Algunos amigos han venido de nuevo a ofrecerme ayuda y curación. Los he rechazado pues sé muy bien que nada podría librarme de los deseos, de las imágenes y de los pensamientos que ocupan mi espíritu desde hace cuarenta años.»

5 de marzo de 2012

CADA LOCO CON SU TEMA


Tengo interés en leer el último Premio Pulitzer. Se trata de A visit from the Goon Squad, de Jennifer Egan. En España se ha publicado como El tiempo es un canalla.
¿Saben cuánto cuesta cada edición en Amazon?
Edición USA: 5,10 euros
Edición Sinde-Wert: 19,00 euros.
Por supuesto hablamos de la misma calidad de edición: tapa blanda reforzada.

El calificativo que esto merece me lo aguanto, cuando menos merece la pena decir que esto es una vergüenza.
Beneficio para el autor: 1,9 euros por libro vendido.
Beneficio para la Hacienda Pública por IVA: 0,76 euros por libro vendido.

Ley 10/2007, de 22 de junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas.
¡DEROGACIÓN YA!

22 de febrero de 2012

MATADERO CINCO (Kurt Vonnegut)


Kurt Vonnegut nació en Indianápolis en 1922, murió en Nueva York en 2007. Luchó en la II G.M.; fue hecho prisionero. Sufrió en primera persona el criminal bombardeo Dresde, siendo uno de los pocos supervivientes de entre los prisioneros de guerra que en ese momento se encontraban allí y de entre los propios habitantes de la ciudad. Aquella noche hubo más de ciento treinta mil muertos. Esta vivencia, es fácil imaginarlo, influyó directamente en su obra.

¿Qué hora es? Manzanas traigo.
De esta manera, tan estudiada como airosa, evade Vonnegut un compromiso contraído consigo mismo: escribir una novela que tratase el bombardeo de Dresde.

«La gente no debe mirar hacia atrás. Ciertamente, yo no volveré a hacerlo. Ahora que he terminado mi libro de guerra, prometo que el próximo que escriba será divertido. Porque éste será un fracaso. Y tiene que serlo a la fuerza, ya que está escrito por una estatua de sal, empieza así:
Oíd: Billy Pilgrim ha volado fuera del tiempo…
Y termina así:
¿Pío-pío-pí?»

Resulta muy refrescante leer a este autor. Su estilo desenfadado y un desparpajo argumental sorprendente son el fundamento de la escritura de Vonnegut.

El relato de la historia comienza en primera persona. El autor es quien narra. Varios lustros después de terminada la guerra, aún sigue teniendo pendiente la novela que se prometió escribir. Cuando el lector está hecho a la historia, cuando acepta que se trata de las vivencias del propio autor, es cuando se transforma en una novela propiamente dicha, en una novela de fantasía y ciencia ficción, con personajes inventados y personas reales. El propio autor vuelve a aparecer al estilo Hichtckok, de pasada. Además hay extraterrestres, con abducciones incluidas y viajes en el tiempo y un escritor de novelas de ciencia ficción. Hay vejez y decrepitud, soledad y abandono, desnudez y pobreza. Y sobre todo está Billy Pilgrim, el protagonista. Único ser capaz de resistir de manera tan estoica aventuras tan insoportables. ¿O tal vez Pilgrim es el reflejo de lo que cualquier ser humano es capaz de resistir en circunstancias tan hostiles?

«Mira, Sam, si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre. Solamente los pájaros cantan. ¿Y qué dicen los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una matanza; algo así como ¿Pío-pío-pí?»
Sam es el editor.

La total ausencia de empatía de la mayoría de acomodados humanos, cuando no la ignorancia más severa, llevan a oír y leer comentarios y opiniones de lo más infame sobre determinados hechos históricos. Así pues, intentar plasmar la destrucción más absoluta, producto de la guerra, puede ser una tarea inútil.
Vonnegut hizo bien. ¿Qué hora es? Manzanas traigo.

15 de febrero de 2012

LIBERTAD, de Jonathan Franzen


Esto de la definitiva novela americana cansa como reclamo. Purito mercadeo. Lo digo porque comienza a parecerse a los cacareados partidos del siglo en fútbol: todos los años hay tres o cuatro.
Podríamos enumerar un sinfín de autores, tendencias y títulos que hablan por sí solos de la grandeza de la literatura estadounidense. Sin embargo, según parece, continúan buscando la novela definitiva cuando en el resto del mundo los lectores han encontrado un buen puñado de definitivas obras maestras de la novela americana. ¿O es que eso de la definitiva novela americana sólo se menciona por aquí a la hora de vender?
Esta reseña llega a una distancia prudente de la fecha de publicación de esta nueva novela de Franzen. He leído y oído todo tipo de críticas sobre este libro. Las que más me han llamado la atención son aquellas que hablan de desencanto o frustración. Creo que son el resultado de lo dicho más arriba: toda la parafernalia, toda la potencia de fuego de la manipulación publicitaria modelan un prejuicio favorable que lleva a interesarse (a comprar) el libro. Punto y final. Hasta aquí el trabajo del editor, que ve entre sus manos una buena novela después de haber publicado cien (digamos) normalitas y decide sacar partido, mucho partido, de un producto que sabe que no es malo en absoluto.

En Libertad la estructura formal no parece tener fisuras. Sólo resulta algo extraño que en un par de extensas ocasiones (al principio y al final de la historia) el narrador ceda su puesto a uno de los personajes, más concretamente a la protagonista Patty. ¿Por qué usar el narrador protagonista si con el omnisciente la cosa funciona mejor que bien? Tal vez para hacer ver que esta no es una novela del XIX Franzen ha querido usar una herramienta narrativa más contemporánea.
Las distintas opiniones sobre la historia y su final no son la única discusión enjundiosa que permite este libro. El uso que el autor hace del término libertad pone en solfa las decisiones y las actitudes de sus personajes, dejando en evidencia al lector que tal vez pueda sentirse aludido.

La forma de contar es fluida y de cómoda lectura. Domina a la perfección el aumento de la tensión hasta llegar al climax, así funciona. El lector se mantiene absorto en la historia, a pesar de tratarse, en apariencia, de una trama convencional. Así, por ejemplo, se ve disfrutando de la lectura mientras le cuentan la vida universitaria de una joven estadounidense de clase media, algo que no todos los escritores son capaces de convertir en algo interesante.

«Fue al cuarto de baño y se sentó en la tapa cerrada del inodoro, con el corazón acelerado, hasta que oyó a Richard salir y empezar a manipular tablones. Existe una tristeza peligrosa en los primeros sonidos del trabajo de una persona por la mañana; es como si la quietud experimentara dolor al verse interrumpida.»

Este es el producto de un trabajo meticuloso, una novela plagada de situaciones que engranan a la perfección la personalidad de los protagonistas con el ritmo de la narración.
No pertenezco al grupo de los defraudados, me ha gustado el libro. Libertad es una buena novela con demasiadas páginas.

19 de enero de 2012

GAZAL DE TIERNA NIEBLA (José Manuel García Muñoz)

Estando muerto me reescribo. Nadie me rece. Nadie
me llore. Nadie me interpele... Nadie me
interpole… Ceniza soy donde todo me viene del
espíritu… Volvía… Vuela el espíritu y quedan las
palabras: “en mi tumba también puede crearse”… ¡Que
nada importo a nadie ni nada me importa ya!...

El mirlo con su canto grababa negro bordón azul mi
melancolía. Me he llamado nada: Un tal García Muñoz
desconocido y romántico
que bramaba su eterna soledad mitad patético y
enamorado siempre.

Tras la colina el sol: ¡mi muerte de un día a otro día!
y días enjaulándome el alma sin que el alma fuera
tórtola en celo que pasara por mi cielo de ruta hacia
los pinos. ¡Pero aquí me tenéis porque aquí deseé
quedarme!...

Todavía me quedo asomado a la anchura de mi pozo.

(Descanse en paz mi querido amigo)

16 de enero de 2012

Mi nuevo Kindle

Este año me he portado muy bien, he sido bueno. No se explicaría de otra manera el que los Reyes Magos hayan sido tan considerados conmigo.
Entre los regalos que me han traído está mi nuevo lector de libros electrónicos. Todo un descubrimiento. Un mundo ilimitado se abre ante mí, para mi sorpresa. No esperaba encontrar tal cantidad de posibilidades al alcance del lector.
No quisiera insistir en exceso sobre el asunto del préstamo a través de Internet. Poco más tengo que añadir a lo dicho por Carlos Tongoy. Pero es que esto da para mucho por lo sangrante del asunto.

En efecto, una apasionante puerta hacia el futuro de la edición se abre con el libro electrónico. Esto lo ve claro cualquier aficionado a la lectura. Quienes curiosamente no lo ven son las editoriales. ¿Por qué? Muy sencillo: les importa un carajo el libro, el lector y el autor. Del mismo modo que a las productoras de música les importan un carajo los discos, los consumidores de música y los músicos. Si las empresas del sector realmente tuvieran interés en las tres patas de su negocio hubieran puesto fácil solución sobre la marcha, porque la tienen en su mano: ser competitivos. Pero resulta que no les hace falta. Ganan un pastizal indecoroso a costa de un producto supuestamente cultural. El intercambio de libros o música por Internet no influye en los beneficios de las industrias discográfica y editorial (sobre esto ya poco se puede discutir después ver año tras año cómo aumentan sus beneficios), simplemente impide que ganen diez, veinte o cien veces más al no tener su control.
La diferencia entre el coste de producción de un libro y su precio para el consumidor final es abismal. Encima el libro sólo tributa con un tipo superreducido del 4% de IVA (Impuesto sobre el Valor Añadido) por ser un bien cultural y que los derechos de autor son un 7% (aprox.) sobre el precio de venta.

Matilde Asensi no dejará de escribir novelas porque ha optado por ser competitiva. De verdad quiere ser leída y por ello vende sus libros electrónicos en Amazon a 3,79€. Santiago Posteguillo seguirá escribiendo sin titubeos porque vende sus libros a 5,22€. Un aficionado a la lectura que posea un lector de libros e., no escatimará en comprar un libro con esos precios. Una auténtica desgracia para mí que, en principio, no me interesen las novelas de estos autores. Pero como saben ustedes estos dos, de forma individual, venden más que otros diez escritores (que tienen en su cabeza) juntos.
No es verdad que el consumidor quiera gratis cualquier producto. Falacia absoluta. El consumidor, por definición está dispuesto a un desembolso económico a cambio de un bien o servicio. Eso sí, ese desembolso debe ser proporcional a la satisfacción que con él obtenga. Y el consumidor es el soberano absoluto del precio que está dispuesto a pagar por esa satisfacción. A eso se llama mercado que, no nos engañemos con progresías baratas, está formado principalmente por el currito de clase media.
Insisto en algo que ya mencioné en mi anterior entrada: artículo 9 de la Ley 10/2007, de 22 de junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas. Una ley más propia de Corea del Norte que de un país avanzado y democrático. Establece la intervención del precio del libro, lo que es una postura abusiva e inicua. Si al menos se encargara de poner un tope a dicho precio seguiría siendo igual de intervencionista pero al menos daría claras muestras de querer defender al consumidor último, a ese que es el destinatario de la cultura.
Un dato explica con claridad lo que quiero decir: como bien apunta Carlos González Péon, la novela premiada con el último Premio Pulitzer cuesta en formato electrónico 6,33$ (menos de 5,00€). En España el precio del último Premio Planeta (¡no comparo la importancia de los premios, sólo situaciones similares!) en formato electrónico es 14,99€, tres veces más sin garantizar el triple de calidad.

10 de enero de 2012

CABALLO EN EL SALITRAL (Antonio di Benedetto)

Los buenos libros de cuentos me empiezan a parecer insuperables como modo de entretenimiento y como disfrute de la buena literatura. Los cuentos bien escritos están exentos de caídas en la tensión narrativa, de subidas excesivas, de descripciones tediosas… y sobre todo de páginas. Están exentos de la sobreabundancia de palabras. Leer una serie de cuentos publicados por un señor que sabe escribir es algo insuperable. Este es el caso.

Caballo en el salitral.
Comprado en Iberlibro.
Editorial Bruguera, colección Libro amigo.
Diez euros, gastos de envío incluidos.
Inductor: Hipólito G. Navarro (mejor escritor vivo de cuentos en español), con quien tuve el placer de mantener una breve correspondencia, en la que mencionó su reciente lectura de este libro. Toda una provocación. No dudé un instante y me puse a buscarlo.

Caballo en el salitral no tiene prólogo. Como preámbulo a los cuentos se insertan tres cartas dirigidas al autor con motivo de la publicación del cuento titulado Aballay, incluido en esta recopilación. La primera carta es de Borges. La segunda, de Julio Cortázar y la tercera de Múgica Laínez. Esta introducción es suficiente para comprar el libro. Leer estas cartas es toda una experiencia. Es la correspondencia atenta y educada entre conocidos, más o menos amigos, todos ellos Historia de la Literatura en español.

El libro lo componen 14 cuentos.

No, el primer cuento, es magistral. No recuerdo otra ocasión en la que un título forme parte tan fundamental de la estructura del propio relato. Este cuento es una historia de amor que comienza así:
«Más puntuales los sueños que los recuerdos, me visitaron para decirme que, por tercera vez, se cerraba el ciclo de los años de su ausencia.»
El cuento que da título al libro es el siguiente. Caballo en el salitral. Un cuento abrumador que deja en el lector una extraña percepción de la muerte. El autor consigue descifrarla como algo natural y nada excepcional transmitiendo la secuela de una sensación liviana y reposada ante el desenlace irremediable.
Aballay es el tercer cuento. Una auténtica genialidad. Un vagabundo quiere hacer penitencia imitando al estilista Simón.
En Felino de Indias, el autor resuelve la historia con un cruce de miradas. El juicio de Dios trae al lector el leimotiv de la escritura de Di Benedetto: el absurdo de la existencia. En Pez, hace ver el delicado equilibrio que soporta la más tierna fidelidad…

El lector se encuentra con un lenguaje familiar, conocido; el lenguaje que aún se puede oír en muchos pueblos andaluces. Un lenguaje inalcanzable pero completamente inteligible. Frases y expresiones inverosímiles, de una belleza y una precisión matemáticas.
«En una trocha tropieza con cuatro indios mansos. Desprendidamente le ofertan pescado que a poco hiede. Está crudo, lo transportan en canastas de totora expuestas al sol, a campo traviesa, para feriar en poblado. Aballay no acepta, pero retribuye la intención: de sus alforjas les provee dos puñados de sal.»

Así, di Benedetto se me desvela también como un excelente cuentista.
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