30 de diciembre de 2011

MIS SEIS MEJORES LECTURAS DEL AÑO 2011

Aún he leído menos que el año pasado. Si pongo en la lista unos pocos libros más enumero al completo mis lecturas del año 2011. Me dejo de lloriqueos y relaciono la lista de mis seis mejores lecturas del año.
1ºZAMA, de Antonio di Benedetto.
2ºLOS HERMANOS TANNER, Robert Walser.
3ºCIUDADES DE LA LLANURA, de Cormac McCarthy.
4ºDOCTOR GLASS, de Hjalmar Soderberg.
5ºSUITES IMPERIALES, de Bret Easton Ellis.
6ºHOMO FABER, de Max Frisch.
                      

CINE DE VERANO (David Pérez Vega)

Mi hermano aún no estaba con nosotros,
así que yo era un niño menor de seis años,
y el lugar un pueblo de playa,
seguramente de la costa de Levante
(por ejemplo, muchos años después, una concha
encima del televisor: Recuerdo de Gandía).
Mis padres son esa pareja joven de cualquier playa
en verano, con la eterna sonrisa prometedora
e indolente y un niño que no llega a los seis.
Olía a mar. Por las noches solíamos ir
a los cines de verano, inmensas pantallas
recortadas contra el cielo, casi siempre dibujos
animados que me entusiasmaban. No recuerdo
qué películas, sí que eran dibujos animados y el entusiasmo.
De la que guardo memoria es de una de ciencia-ficción,
Serie B, donde unos hombres de verdad luchaban
contra la invasión de unos monstruos del espacio
que yo no entendía como claramente de mentira,
sino que daban miedo y me angustiaban.
No comprendía por qué mis padres me habían
llevado a ver aquella película pavorosa.
No salí corriendo cuando volvió a aparecer
Alguno de los temibles monstruos de cartón-piedra.
Lo hice casi al final, sobrando ya el gesto,
cuando, de un tirón, un hombre le arrancó un pendiente
de la oreja a una mujer. Aquello me pareció intolerable,
eché a correr por el largo pasillo ante la mirada
curiosa y atónita del acomodador, que no me detuvo.
En la calle ya no sabía hacia donde huir,
Me quedé paralizado sobre la acera,
de fondo posiblemente el golpeteo del mar.
Fue mi padre quien me agarró por la espalda
y me alzó del suelo.
                                        De repente, me sentí protegido
de todo en los fuertes brazos de mi padre.
He hecho un pacto con la vida:
ya no siento miedo en el cine,
ahora es el sitio al que voy a olvidar
lo que me da miedo.
                                         A cambio la vida
me cobra un precio: cuando se acabe la película
y salga a la calle, aunque lo haga corriendo,
sé que no encontraré ningunos brazos
en los que pueda sentirme seguro.




 


Siempre nos quedará Casablanca
Ediciones Baile del Sol
(David Pérez Vega)

26 de diciembre de 2011

Yo también dejo de escribir novelas


Por fin lo tengo claro. No voy a escribir la novela que tengo en mente. Ustedes se lo pierden porque iba a ser una obra maestra. Lo malo es que sé de muy buena tinta que una vez publicada, la chusma iba a descargar de Internet el doble de copias que los ejemplares que pudiera vender. ¿Cómo lo sé? Eso me lo callo. Lucía y yo lo sabemos.

Lucía Echevarría deja de escribir novelas. Aparte de agradecérselo como lector, me pongo a escribir sobre este “Notición” por el razonamiento que expone la susodicha famosa para dejar la literatura. El domingo, 18 de diciembre anuncia en su perfil de Facebook:
«Dado que he comprobado hoy que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio oficialmente que no voy a volver a publicar libros en una temporada muy larga. No al menos hasta que esta situación se regule de alguna manera. A mí no me apetece pasarme tres años trabajando como una negra para esto. Si quiero regalar novelas, haré copias para mis amigos en plan Sebastian Venable

Tras la publicación de esta nota las reacciones de la gente no se hicieron esperar. La inmensa mayoría consideraban insultante la actitud victimista. A ellas, la famosa contesta con un largo e incongruente comunicado que provoca vergüenza ajena. De pasada vuelve a insistir en el motivo que esgrimió como el principal para dejar de escribir novelas.

Obviando la imposibilidad de establecer una relación clara entre Lucía Echevarría y Literatura, entramos de lleno, con sus palabras, en el debate falaz abierto por las multinacionales de la cultura, que poniendo en primera línea a sus contratados mejor pagados, dispuestos ellos a recibir las tortas dirigidas a sus señores, despliegan todos sus medios y poder con un fin único: el control de la Red, verdadero y único lugar donde la libertad se muestra tal como es.

Todo intento de injusticia comienza por manipular los hechos. Todo intento de manipulación de los hechos comienza por tergiversar el significado de las palabras, por manipular el lenguaje. Confundamos pues “Piratear” con “Copiar”. Confundamos nuestra conveniencia con la Ley. Confundamos industria con cultura.

Antes de Internet, la gente se pasaba los discos de vinilo para grabar su música en cintas magnetofónicas. Antes de Internet se prestaban las novelas entre amigos y familiares. Eso no era, ni es, infringir los derechos de autor. Con la informática la copia y el préstamo se hacen de manera más cómoda para el consumidor. Pero resulta que la tecnología sólo debe valer para abaratar costes de producción a cambio de un desorbitado precio del producto, interviniéndolo si fuera necesario*. Por su parte el consumidor final, no puede, no debe beneficiarse de esta tecnología de manera libre y gratuita. Debe pagar lo que las empresas del sector apoyadas por el poder político establezcan, pisoteando cualquier atisbo de libertad.

Lo primero que me vino a la mente después de leer la infame nota fue: ¿por qué Lucía Echevarría no ha averiguado cuántos préstamos y desideratas hay registrados de su última novela en las bibliotecas públicas de España? Según su razonamiento cada uno de ellos es un ejemplar menos que vende. Seguro que es un dato más fácil de conseguir y por supuesto mucho más fiable que el de la cantidad de copias descargadas.
Tal vez sea hora de ir entrando en la escabrosa cuestión de las bibliotecas de acceso público. Allí también se presta música.

Esta señora es lo menos importante de todo lo dicho aquí. Lo verdaderamente fundamental es la lucha constante contra el permanente intento de los poderes, económico y político, de hacerse con el control absoluto de la Red.

De todo esto saco en claro una cosa: cuando me pregunten por las novelas que he escrito ya no tengo que disimular diciendo aquello de «…una o ninguna». No escribiré ninguna y punto. No, hasta que la situación se regule garantizándome que todos y cada uno de aquellos que quieran leer mi genial obra, la compren obligatoriamente.
Como ha escrito hace poco un novelista español situado en plena cresta de la ola:
«…piensa que ha llegado la hora de que los escritores empiecen a decir algo humilde y bonito, algo sano. Quiero ser leído
Para ser sincero debería haber añadido: «…únicamente por alguien que compre mi libro, no faltaba más


*(Ley 10/2007, de 22 de junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas)

17 de diciembre de 2011

TENGO UNA PISTOLA, de Enrique Rubio


Hace unas semanas recibí un correo electrónico de un señor que me ofrecía una novela. No quiero promoción, se publicó hace dos años. Tengo varios ejemplares y quiero repartirlos con criterio. Me ha recomendado tu blog Carlos González de La medicina de Tongoy. Acepté el amable ofrecimiento a la vez que remitía un nuevo correo electrónico a Carlos, agradeciendo su mención y esperando seguir agradecido al terminar la lectura de Tengo una pistola.

Enrique Rubio publicó esta novela con veinticinco años. Hoy día, tal como está la cosa, tener en las manos una novela escrita por un joven de esta edad despierta diferentes sentimientos: esperanza, ternura, admiración… Mezclados producen una extraña sensación que conduce a la condescendencia. Pero con veinticinco años ya se es un adulto. A pesar de que consagrados escritores maduritos escriban tan mal, conviene recordar que Thomas Mann escribió Los Budenbrok con veintiséis años, por ejemplo.

El libro comienza con un prólogo de Lorenzo Silva. Se titula “Una novela 2.0”. Detesto los prólogos porque muchos de ellos están escritos sin el menor respeto por el lector, destripando la historia sin compasión. He leído pocos, pero me niego en redondo a leer uno con ese título. No sé que cuenta.

Debo decir que la novela está escrita con desparpajo, narrada con ritmo ágil y con un lenguaje sencillo e ingenioso. Abundan las reflexiones ocurrentes que dejan ver un asomo de inteligencia esperanzador, ya digo. Me he divertido por momentos y no me ha costado demasiado trabajo llegar hasta el final. Incluso tiene momentos muy buenos. Destaco, sin ninguna duda cuando el protagonista, un hikikomori sui generis, se ve obligado a salir de casa para comprar comida. El pasaje del supermercado es excelente.

La juventud es algo que se cura con los años, es cierto. La vehemencia y el cúmulo de ideas pugnando por salir pueden producir un torrente de información que, aunque esté bien traída, podría dar por sí sola para una historia aparte.

Entiendo que la novela se extiende demasiado. No es necesario escribir quinientas páginas. Mi opinión personal es que la novela contemporánea no debe pasar de doscientas páginas. Borges decía que La invención de Morel, de su amigo Bioy Casares, tenía la extensión que debía tener toda novela. Así, llegado al último tercio de la historia, el lector termina por percibir cierta reiteración e insistencia en las fobias y manías del protagonista y las maneras de exteriorizar su miedo. Por otro lado, semen y caca, si se repiten demasiado en la narración terminan por producir hastío e indiferencia.
Cuando no se aporta nada nuevo, el lector puede sentir que pierde el tiempo, y se enfada. Este detalle es muy sutil pero no hay que enfadar al lector.

La novela de Rubio termina cerrando el círculo que abre, volviendo al comienzo con pequeñas variaciones que en absoluto cambian lo sustancial del punto de partida.

Ha sido interesante. Esperemos la segunda novela de este autor. Aunque opino que sólo se escriben novelas sólidas a partir de los treinta y cinco, grandes novelas a partir de los cincuenta y obras maestras a partir de los sesenta.
No puedo reprochar nada a Carlos González por su recomendación.

«No le cuento que un videojuego no envejece. Los gráficos son siempre iguales, no destiñen ni se desconchan. Las voces nunca se ponen afónicas. Los personajes no cumplen años, no se estropean. O funciona o no funciona, pero no se degrada. Como los sueños tampoco envejecen. O sueñas o no sueñas.»

2 de diciembre de 2011

SUITES IMPERIALES, de Bret Easton Ellis


Una persona muy querida para mí cuenta que cuando era pequeña con la merienda le daban té con leche, a pesar de que a ella no le gustaba. Una tía suya siempre le repetía lo mismo: “Niña, bebe té, que beber té es muy elegante.”
Permítanme que les diga algo parecido. Lean a Bret Easton Ellis. Leer a Bret Easton Ellis es muy elegante. Hagan ostentación de ello. Paseen por la calle con un libro suyo a la vista. No vayan a hacer como un conocido mío, que apareció en la Plaza del Salvador, donde quedamos para tomar unas cervezas, con un voluminoso ejemplar de Sexus, de Henry Miller. No confundamos pretensión con elegancia.

Ellis es sinónimo de elegancia porque es un señor inteligente que pone su inteligencia al servicio de la literatura. Nos ofrece su talento, lo que es todo un honor para el lector, convirtiendo la infame clavada que supone el precio de los libros en España en algo leve, llevadero.

Suites imperiales vuelve al ambiente de la alta sociedad contemporánea, esa que corta el bacalao, la que decide lo que se ve en cine y en televisión; la que determina qué se va a leer, qué hay que comprar o qué canción hay que oír. La alta sociedad de la cultura y el espectáculo, en fin. Algunos tics de American Psycho permanecen en esta novela. Benditos tics de genio.
Easton Ellis lo que hace es plasmar el estatus de esta gente a través de la vida de un minúsculo grupo formado por un productor, un chulo y un par de actrices con gran predicamento en las camas del sector. Con estos mimbres, el autor monta una increíble trama de poder, crimen y sexo que va inundando lentamente la historia. El horror. El horror al alcance de la mano, edulcorado con una fina y aparente película, entiéndase: dinero y fama. Sicarios mejicanos secuestrando y torturando a personas que pocas horas antes se codeaban con la élite del glamour y la industria cultural de la Costa Este de EE.UU.
Sólo un inconveniente: nombres. Un bombardeo de nombres de personajes cae sobre el lector, quien sólo después de bien entrado en materia logra situarlos y ponerles cara.

Novela corta, narrada en primera persona con un estilo neutro pero directo, con diálogos precisos y ágiles. Casi sin solución de continuidad la acción se enlaza en párrafos cortos, que llenan la novela sin acotación de capítulos, lo que le infiere dinamismo.

«Miro el reloj. Me he dejado la tarde libre. La actriz vacía la copa de champán. Un camarero atractivo y atento se la llena de nuevo. Yo no he pedido nada para beber porque algo más está surtiendo efecto. Necesito llevar esto al siguiente nivel si quiero que salga bien.
         –¿Estás contento? –pregunta ella.
         –Sí –respondo sobresaltado–. ¿Y tú?
         Ella se echa hacia delante.
         –Podría estarlo.
         –¿Qué quieres hacer?
         La miro directamente a la cara.
         Pasamos una hora en el dormitorio de mi apartamento de la planta quince del Doheny Plaza. Eso es todo lo que hace falta. Luego ella dice que se siente desconectada de la realidad. Le digo que no importa. Me sonrojo cuando me dice que tengo unas manos bonitas.»
        
Quien empieza a leer este libro queda embebido por la historia.
Lean a Bret Easton Ellis. Y presuman de ello.
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