23 de noviembre de 2011

ASFIXIA (Chuck Palahniuk)


Chuck Palhaniuk (EE.UU, 1961), se estrenó como novelista en 1996 con El club de la lucha, famosa novela por su exitosa adaptación al cine con Brad Pitt como abanderado.
El simplismo que inevitablemente muestra la condición humana se refleja en la necesidad incontrolada de etiquetar a las personas y grupos que nos rodean. Así, a Palahniuk se le considera el máximo exponente de la generación nihilista. No sería de extrañar que dentro de unos años nadie sea capaz de encontrar un miembro de esta corriente concluyendo que nunca existió.

No hablamos de una obra maestra. Ni siquiera de una gran novela. Asfixia es sólo una buena novela (no es poco) que sin esfuerzo aparente hace que el lector entre de lleno y quede atrapado en la surrealista actividad que se narra.
A pesar de los momentos patéticamente hilarantes, el autor nos hace tener presente que la historia que cuenta es la de alguien con un infortunio desgarrador. Eso que más de uno llamaría un perdedor (calificativo burdo y estridente. Que alguien me diga qué es un ganador). En su intento por reflejar de manera fiel los personajes y su mundo, Palahniuk se recrea en un feísmo que empapa todo el libro.

Me he divertido como un enano leyendo esta novela. El autor parece haber puesto todo su empeño en facilitarle las cosas al lector: capítulos cortos (dos o tres páginas de media); un lenguaje desenfadado y muy asequible, sin sesudas florituras de estilo; unos personajes con personalidades fácilmente comprensibles a pesar de tratarse de sujetos marginales, con precarios estados de salud mental; no hay extensas descripciones de paisajes ni de situaciones, hay acción. Todo ello tiene como hilo conductor un fino cinismo oculto tras una engañosa apariencia de tosquedad.

Como trasfondo, la esperanza. A pesar de todo, el ser humano siempre mantiene encendida una pequeña llama, que apenas ilumina, con el ánimo de volver a incendiar todo aquello que quisimos quemar cuando aún no teníamos que responder ante nadie, cuando éramos libres… de responsabilidades.

«Eva cree que soy su hermano mayor, que abusó de ella hace más o menos un siglo. La compañera de habitación de mi madre, la señora Novak, la de los horribles pechos y orejas colgantes, cree que soy el hijo de puta de su socio, que le mangó la patente del almarrá, de la pluma estilográfica o algo así.
Aquí lo represento todo para todas las mujeres.
–Me has hecho daño –dice Eva, y se acerca rodando un poco más–. Y no lo he olvidado ni por un minuto.
Cada vez que vengo de visita hay una vieja chocha de cejas espesas al otro lado del pasillo que me llama Eichmann. Otra mujer a la que le asoma un tubo de plástico para la orina por debajo de la bata me acusa de haberle robado el perro y quiere que se lo devuelva. Siempre que paso por delante de otra vieja sentada en su silla, encorvada y enfundad en un montón de jerseys de color rosa, me espeta:
–Te vi –me dice mirándome con un ojo entelado–. ¡La noche del incendio te vi con ellos!»

9 de noviembre de 2011

ALONDRA Y TERMITA (Jayne Anne Phillips)


Jayne Anne Phillips camina por el mundo literario con el aura de los elegidos. Ella pasaba por ahí, con su talento ya impreso, llega Carver y no se le ocurre otra cosa que decir una frase de fajilla sobre la escritura de esta autora. Con esas, desde los veintiséis años publica novelas y libros de cuentos que ganan premios y obtienen buenas críticas.
Alondra y Termita fue finalista del National Book Award de 2009.

El inicio de la novela parece dinámico, entretenido y prometedor, me gusta. La Guerra de Corea: un joven soldado estadounidense deambula con centenares de refugiados en medio del estallido de un desastre bélico del que prácticamente nada sabemos y que provocó muchos más muertos que la Guerra de Vietnam. Una novia embarazada, bastante mayor que él, espera su regreso. Tartas de limón, uniformes de camarera, soledad, dolor y frustración sobrellevados con vigor y ánimo. Sensibilidad y ternura. Literatura muy femenina.
La historia es narrada a través del enfoque de los distintos personajes, acompasados con juegos en la cronología de la trama. La misma escena contada varias veces, aunque sin resultar repetitiva. Pero las analepsis y cambios de narrador tan radicales hacen que el lector no se sienta cómodo con los personajes durante las primeras cincuenta páginas de la novela pues se van atando cabos a medida que avanza la lectura.

A pesar de ser una historia bien contada, que mantiene la atención despierta, mediado el libro se percibe que el desarrollo de los acontecimientos, la propia narración, por densa, tiene momentos que, sin el estado de ánimo “ad hoc”, pueden provocar verdadero tedio. La historia fluye tal vez poética pero lenta, cansa. El tiempo avanza despacio, cada gesto de los personajes es descrito con detenimiento. Esto, que sin duda es voluntad de la autora para recrearse en recuerdos de su infancia y dar cabida a todos y cada uno de los sentimientos que trasmiten los personajes, lastra el dinamismo que se espera de los sucesos que en un principio se adivinaban. Tal vez sobren palabras, párrafos enteros, algunas páginas, que no aumentan el conocimiento del lector y disminuyen la nitidez de la historia.
Así, con dos tercios de la novela leídos, el lector comienza a divagar, como el alumno que está en la inopia cuando el profesor explica expresiones algebraicas o la abuela que dormita a mediodía mientras el televisor expele una infame telenovela. Lee pero la tardanza y el hastío hacen que la vocecilla que va narrando suene cada vez más baja y la atención se va, se va a otro sitio más muelle, más acogedor y más provechoso para el lector. Y el sargento Leavitt, Lola, el restaurante con Charlie incluido, Nonie… pierden interés. Termita queda apartado con su cabeza inclinada, como si quisiera oír a dónde va el lector. Y a punto de conocer el desenlace de la historia, el lector está tan desganado que le resulta más provechoso cerrar el libro que llegar hasta el final.
Y a otra cosa.

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