23 de octubre de 2011

SIAMESES (Gonzalo Calcedo)


Los libros de cuentos, como los de poesía, tienen una gran ventaja sobre las novelas y ensayos: a pesar de ser publicados como una idea homogénea, el lector puede extraer de forma independiente un poema o un cuento y leerlo, para después cerrar el libro y devolverlo a la estantería.

Tropo Editores reedita un par de libros de cuentos de Gonzalo Calcedo. Y los publica unidos, como inseparables, lo que tiene su sentido, pues se trata de dos trabajos premiados con apenas un año de diferencia. Con independencia del momento en que fuera escrito cada uno de los cuentos, por la cercanía temporal de su presentación al público, parece inevitable considerarlos como un conjunto. De hecho una vez leídos, el lector sólo puede corroborar el acierto de su recuperación conjunta.
Los libros reeditados bajo el título de Siameses son: Otras geografías (Premio NH, 1996), que contiene once cuentos y Liturgia de los ahogados (Premio Alfonso Grosso, 1997), ocho cuentos.

Condiciona cualquier reseña, y no digamos cualquier intento de análisis sesudo, la excelente nota del autor, que presenta el libro después de catorce años. En ella Calcedo se reconoce joven, distinto y lejano, superando la inevitable tentación del retoque perpetuo que fustiga a todo escritor (el lector agradece poder leer la idea original) y, sobre todo, mostrando una mueca sonriente al ser consciente de una escritura repleta de descaro y desenfado, sin el miedo a mostrar influencias o técnicas casi de laboratorio. Todo ello con independencia de que el lector perciba, o no, tara alguna en la narración. Así son los escritores y su cerebro martilleante, nunca satisfechos del todo a pesar del buen resultado.

A través de sus cuentos el autor contagia la quemazón, como un pinchazo de alfiler, de situaciones muy puntuales, pequeñas anécdotas que definen las vidas de los protagonistas, sus traumas, sus frustraciones, sus esperanzas o desilusiones, como una larga y extraña sombra provocada por un objeto insignificante que sólo se torna valioso y digno de tenerse en cuenta cuando se observa muy de cerca y se aprecian los hermosos detalles, hermosos por comunes.
Calcedo no entra en la tragedia, entendida como algo irremediable. Sólo, ni más ni menos, pone en evidencia la desdicha que envuelve a los personajes de sus cuentos.
Todo ello en un mismo escenario social, paisajes que reflejan distintos decorados de nuestra forma de convivir, familiares o totalmente desconocidos pero asequibles para el lector.
El lenguaje y el tono traslucen una contención y un comedimiento que evitan en todo momento juzgar a los personajes. Narra dejando en manos del lector la posibilidad de tomar partido.

Personalmente me dan igual las influencias y similitudes de un escritor, eso es cosa de ellos.
La paella que se hace en Valencia es excepcional, pero también es excelente la que hace mi suegra en Sevilla. Además le da el toque particular que nos gusta a la familia y que sólo ella conoce. En literatura ocurre algo parecido. Cheever, Wolff o Carver se rememoran en estas páginas pero con un toque personal que hace disfrutar de una escritura inteligente, atinada, con una sensibilidad abrumadora, que hacen de Calcedo un excelente escritor de cuentos, esa técnica narrativa imposible que despierta mi más encendida idolatría.

Agradezco a Tropo editores su aséptico ofrecimineto para que leyera este libro. He sido honrado dando mi opinión, como no podía ser de otro modo.

14 de octubre de 2011

LOS HERMANOS TANNER (Robert Walser)

Este verano he leído muy poco. Y he escrito menos aún. Vamos, nada. De escribir nada de nada, para qué mentir. Hasta tal punto llegó mi desidia que terminadas las vacaciones mis ganas de leer eran nulas.
Como me resulta inconcebible coger el cercanías para ir a trabajar sin un libro entre las manos, tiré del primero en la cola de mis lecturas pendientes. Resultó ser Los hermanos Tanner. Comencé su lectura con escaso ánimo.

Ya se reseñó en este blog Jakob Von Gunten, del mismo autor, aunque publicada con posterioridad a Los hermanos Tanner, vistas ambas novelas en perspectiva, el lector percibe profundas similitudes en el trasfondo psicológico, ideológico si se quiere, de los protagonistas y toma conciencia de un mensaje insistente que Walser parece querer comunicar y que reitera en sus obras.

Desde el mismo instante en que el lector entra en el desarrollo de Los hermanos Tanner, la escritura de Walser atrapa con un vigor y una fuerza tales que difícilmente pueden explicarse atendiendo a la mesura, el lirismo y la relajación que trasmite el texto.
La escritura de Robert Walser es extraña. El lector se siente cómodo, absorto por las palabras, emocionado por las frases enlazadas con una maestría hipnótica. Walser parece huir de los diálogos. Los personajes hablan, interpelan y responden en monólogos que pueden durar varias páginas, manteniendo, no obstante, la frescura y agilidad que podría dar cualquier diálogo entre personajes.
«Yo aprecio a Sebastian porque sé que tiene el valor de admitir sus múltiples errores. Por lo demás, todo esto es pura cháchara y nada más que cháchara; puedes irte si no te viene bien acompañarnos. ¡Qué cara pones, Kaspar! ¿Eres capaz de enfadarte porque una muchacha que tiene el privilegio de ser tu hermana te llama a capítulo? No, no lo hagas, por favor. Búrlate del poeta, si quieres. ¿Por qué no? Me lo tomé demasiado en serio hace un momento. Discúlpame.»

A Robert Walser le importa un pimiento la narración de la historia. No narra. Sólo escribe. Y escribe como dios.
«Hedwig, la cercana, era el objeto de sus sueños. Se olvidaba del resto del universo y el tabaco de pipa que fumaba volvía a aproximarlo al pueblecito, a la escuela, a Hedwig. De ésta imaginaba lo siguiente: va en una barquita con un tipo que la ha raptado. Es un lago pequeño como el estanque de un parque. Ella mira fijamente los negros y sombríos ojazos del hombre sentado en la barca, inmóvil, y piensa: “¡Cómo miran sus ojos el agua! A mí no me mira. Pero toda esa masa de agua me mira con sus ojos”.»

Las aventuras del inestable Simon Tanner, mezcladas con las continuas apariciones, más o menos fugaces, de sus hermanos, más o menos peculiares; la aparición de personajes secundarios de seriedad inquisitorial, el desenfado casi grosero en el trato entre ellos, las elipsis a bocajarro, el contenido masoquismo del protagonista… Todo ello amalgama una insólita y atrayente historia que por momentos me ha recordado a Bernhard o me ha traído a la mente al inefable Pynchon. Extraño, como el propio Walser.

Por cierto, si se refiere uno a la genial escritura de Walser, no tiene más remedio que aludir a la excelente traducción de Juan José del Solar.

Termino la reseña con las palabras de Walser:
«La nieve crujía bajo sus pisadas. Los abetos estaban tan cargados de nieve que inclinaban majestuosamente hasta el suelo sus poderosas ramas. Como a mitad de la subida vio Simon de pronto a un hombre joven echado sobre la nieve, en medio del camino. Aún había suficiente claridad en el bosque como para divisar al durmiente. […] Sebastian debió de haberse desplomado allí, víctima de un cansancio enorme que ya no pudo soportar. […] ¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos verdes, cubiertos de nieve. No quiero avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que ya no tiene oído ni sensaciones.»
Casi un presagio.
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