26 de febrero de 2011

BRUMMSTEIN / MACHINE (Peter Adolphsen)


Peter Adolphsen nació en Dinamarca, en 1972. Estudios incompletos de teatro, bellas artes y literatura. Ha publicado seis libros.
Así de breve es la nota biográfica que aparece en la solapa del libro. Si el propio autor da esos datos, no seré yo quien se interese en averiguar más sobre su curriculum.
Brummstein y Machine son dos novelas cortas e independientes, aunque sustentadas en un mismo principio, en una misma idea general. El autor muestra una irrefrenable atracción por la marcha de la existencia, por la infinidad de acontecimientos que se suceden sin fin a la vez que un sin fin de acontecimientos ocurren al mismo tiempo. Todo tiene un inicio idéntico, nada tiene final. En ambas historias el autor enhebra, con base científica, una serie de hechos que constituyen el devenir natural de la evolución. Los sucesos, que son enunciados de manera intencionadamente ordenada, conducen a un remate literario, a un desenlace fantástico. Por tanto, al narrar de este modo procesos puramente científicos e infalibles, acaban adquiriendo forma de pura serendipia.
Los personajes son tan protagonistas como las cosas: un átomo, varios átomos formando una molécula, una partícula viscosa, un trozo de pizarra, una nota de papel.
Adolphsen narra las historias con ritmo continuo, con independencia de la lógica cronología que categoriza los sucesos. Utiliza la misma velocidad de narración, la misma pauta, para detallar la descomposición de un mamífero que para contar la relación de hechos de la vida de una persona. No en vano, en cuarenta páginas caben cincuenta millones de años.
Adolphsen tienta la suerte novelando descripciones científicas en determinados pasajes. A pesar de ser asuntos interesantes y de estar narrados con agilidad, el lector, a medida que se prolongan tales pasajes, puede verse incitado a abandonar la novela e ir a la biblioteca para pedir en préstamo un manual de geología, anatomía, biología o astrofísica, según el caso. Es, por tanto, inevitable pensar en la documentación que el autor ha debido recolectar y que ha volcado tal cual en los relatos, pues poco filtro literario admite la enunciación de una ley científica.
Se trata, por tanto, de dos novelas que hacen de este libro un planteamiento narrativo muy interesante y poco habitual.

20 de febrero de 2011

TIEMPO DE VIDA (Marcos Giralt Torrente)


Marcos Giralt Torrente nació en Madrid, en 1968. Es licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Las novelas París y Los seres felices le han valido sendos premios patrocinados por la editorial Anagrama.

Tengo unos vecinos, matrimonio ellos, a quienes con cierta frecuencia oigo discutir y gritarse, faltándose el respeto de manera inaudita. Me resulta incómodo ser espectador indirecto de estas pequeñas mezquindades. Me incomoda porque lo que pueda llegar a escuchar de este intercambio de exabruptos no me interesa lo más mínimo. Me molesta ser espectador, no sólo indirecto sino espectador obligado, de una escena de la vida privada de otras personas.

Me ha resultado incómodo asistir como lector a la exposición de algunos trapos sucios de los protagonistas del libro. Durante la mayor parte de Tiempo de vida se respira un extraño ánimo de venganza. Venganza contra el propio padre, contra la segunda mujer de éste, quizá contra alguien más. Digo quizá porque el libro, a pesar de que el autor afirme que es un libro de dos (su padre y él), da la impresión de estar escrito para un círculo más o menos amplio de personas cercanas.
Casi toda la primera mitad de la narración parece escrita desde el punto de vista de un adolescente dolido por no haber conseguido la entera atención de su padre, divorciado de su madre. Por otro lado, el lector siente cierto pudor en determinados pasajes que narran discrepancias, trifulcas y roces muy privados. Contarlos tal vez sea valiente; ahora bien, se corre el riesgo de que al lector no lleguen a interesarle detalles de una intimidad tan intransferible.

En la segunda mitad, el relato comienza a tener cuerpo, se va tornando algo más asumible para el lector, a pesar de seguir apareciendo detalles exclusivos del entorno del escritor. A partir de aquí la lectura, in crescendo, va adquiriendo interés. La nueva relación con su padre, las reflexiones, las dudas, las culpas y vergüenzas que siguen presentes en el recuerdo. El conocimiento de cada gesto, de cada tono de voz, de cada expresión de su padre. El amor, en definitiva, que desprende el relato en algunos momentos, que al ser un sentimiento noble extrapolable a la vida del lector, hace que incluso los detalles más burdos, aunque inevitables y necesarios, de aspecto material o pecuniario sean más asimilables y aceptables por parte de quien lee.

«La noche del 31, cuando cae el año, él está sentado en una butaca y yo, a su lado, de pie. Ambos sabemos que brindaremos primero nosotros y dejaremos para más tarde el hacerlo con los demás, pero transcurre un tiempo, que a mí me parece largo, antes de que lo hagamos; un tiempo en el que nos miramos. Tiene los ojos muy abiertos y fijos en los míos, y, aunque me fuerzo a sonreír, no logro ser tan constante como él. ¿Cómo desear feliz año a quien no va a tenerlo?»

Marcos Giralt Torrente, con Tiempo de vida, ha soltado un peso que llevaba años soportando. Se ha quedado bien a gusto.

12 de febrero de 2011

Agradecimiento


Recibir un elogio por parte de alguien que merece nuestra admiración provoca una extraña sensación de entumecimiento. No se está seguro de si hay que seguir haciendo las mismas cosas que el día anterior o, de alguna forma, nuestro estatus en el mundo ha cambiado.
Un lugar en la red, Luminosa lentitud de la impureza, tiene el buen gusto de compartir con quien quiera pasarse por allí, entre otras cosas, una desprendida erudición y una ficción exquisita. Lo sostiene la firma de Hadrian Bagration, que, me atrevo a deducir, es un pseudónimo. Por tanto se trata de un autor y de un lugar que realmente merecen el halago, que generosamente se me otorga, por cada uno de los términos que aplica a este blog y a quien lo firma, superándolos con creces.
En la intimidad pocas cosas resultan más rentables que la lectura. El lector no requiere recompensa ni reconocimiento, le vienen dados por añadidura con el disfrute de los libros. Escribir sobre las lecturas es algo bien distinto, aunque puede parecer una inocente actividad: volcar en papel aquellos sentimientos que el autor de una novela ha logrado transmitir. En realidad, en el fondo de todo ello reposa el polvillo apenas disimulado de la vanidad, tal vez el defecto más explosivo, más volátil, del ser humano. Firmar lo escrito con pseudónimo no es sólo una coraza que impide un ego más henchido de lo conveniente, es un parapeto tras el que ocultarse después de escribir torpes pensamientos con palabras torpes.
Muchas gracias por su muy amable mención, Hadrian.

6 de febrero de 2011

EL REGRESO DE CONEJO (John Updike)


Segunda entrega de las cuatro que componen las aventuras de Harry Angstrom, el más famoso personaje de los creados por John Updike.
No es fundamental leer la primera novela de la serie (Corre, Conejo) para continuar con esta. Sí ayuda su lectura para entender sobre la marcha determinadas actitudes y ciertos reproches que dejan caer los personajes. Pero, como digo, quien no haya leído la novela anterior no tendrá ningún problema para disfrutar de El regreso de Conejo.
La profundidad con que narra Updike, su conocimiento de los personajes hasta límites casi innecesarios, la descripción del paisaje, de las calles de Brewer, cómo cuida su retrato y su evolución en el tiempo, y todo ello superpuesto en el complejo trasfondo social que el autor disecciona sin remilgos ni pacatería, hacen de El regreso de Conejo una auténtica obra de arte. Se entiende, leyendo esta novela, que John Updike sea considerado como uno de los más grandes novelistas estadounidenses del siglo XX. Y digo esto sabiendo que de las dos novelas que me quedan por leer de la serie son sendos premios Pulitzer. Es decir, que es de esperar que el nivel suba, pero ¿se puede?
El hombre llega a la Luna, la nave Soyuz anda por ahí danzando, Nixon hace pocos meses que ha jurado el cargo de presidente de los EE.UU y la guerra de Vietnam sigue activa. Conejo, un señor perteneciente a la clase media-apretada, entra, casi sin darse cuenta, en un submundo conocido pero lejano. Su mayor acercamiento era la mirada que echaba desde la ventanilla del autobús a su paso por determinados barrios. Y es que con solo una pequeña zancada, se traspasa la seguridad del propio entorno y se entra en otro que ni en la peor pesadilla se hubiera soñado cruzar. Así de cerca se está de lo peor. Dimensiones habitadas por personajes de periódico y actores de noticias de sucesos.
Y además, esos detalles nimios, superfluos, estúpidos, que resalta en medio de una acción, se convierten en auténticos alfileres de color que atraen nuestra atención por la importancia que tienen. Esos alfileres, a pesar de su aparente fragilidad, son los que mantienen la fuerza del pasaje. Por otro lado, la evolución de los personajes a lo largo de toda la historia es la evolución de su pensamiento, la derrota de sus prejuicios, que no percibimos a lo largo del relato, sólo cuando hemos cerrado el libro y reflexionamos sobre lo leído.
Escritura densa. El tiempo avanza lento. La continua introspección de los personajes, no sufre altibajos ni desvanecimientos a largo de toda la novela. Es de una perfección narrativa casi insuperable. No obstante, en determinados momentos llega a saturarme, producto de mi contrastada deficiencia como lector.
Al final de la novela, la conversación entre Harry y Mim, su hermana, deja el camino diáfano para la próxima entrega. Me muero de impaciencia.
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