9 de noviembre de 2011

ALONDRA Y TERMITA (Jayne Anne Phillips)


Jayne Anne Phillips camina por el mundo literario con el aura de los elegidos. Ella pasaba por ahí, con su talento ya impreso, llega Carver y no se le ocurre otra cosa que decir una frase de fajilla sobre la escritura de esta autora. Con esas, desde los veintiséis años publica novelas y libros de cuentos que ganan premios y obtienen buenas críticas.
Alondra y Termita fue finalista del National Book Award de 2009.

El inicio de la novela parece dinámico, entretenido y prometedor, me gusta. La Guerra de Corea: un joven soldado estadounidense deambula con centenares de refugiados en medio del estallido de un desastre bélico del que prácticamente nada sabemos y que provocó muchos más muertos que la Guerra de Vietnam. Una novia embarazada, bastante mayor que él, espera su regreso. Tartas de limón, uniformes de camarera, soledad, dolor y frustración sobrellevados con vigor y ánimo. Sensibilidad y ternura. Literatura muy femenina.
La historia es narrada a través del enfoque de los distintos personajes, acompasados con juegos en la cronología de la trama. La misma escena contada varias veces, aunque sin resultar repetitiva. Pero las analepsis y cambios de narrador tan radicales hacen que el lector no se sienta cómodo con los personajes durante las primeras cincuenta páginas de la novela pues se van atando cabos a medida que avanza la lectura.

A pesar de ser una historia bien contada, que mantiene la atención despierta, mediado el libro se percibe que el desarrollo de los acontecimientos, la propia narración, por densa, tiene momentos que, sin el estado de ánimo “ad hoc”, pueden provocar verdadero tedio. La historia fluye tal vez poética pero lenta, cansa. El tiempo avanza despacio, cada gesto de los personajes es descrito con detenimiento. Esto, que sin duda es voluntad de la autora para recrearse en recuerdos de su infancia y dar cabida a todos y cada uno de los sentimientos que trasmiten los personajes, lastra el dinamismo que se espera de los sucesos que en un principio se adivinaban. Tal vez sobren palabras, párrafos enteros, algunas páginas, que no aumentan el conocimiento del lector y disminuyen la nitidez de la historia.
Así, con dos tercios de la novela leídos, el lector comienza a divagar, como el alumno que está en la inopia cuando el profesor explica expresiones algebraicas o la abuela que dormita a mediodía mientras el televisor expele una infame telenovela. Lee pero la tardanza y el hastío hacen que la vocecilla que va narrando suene cada vez más baja y la atención se va, se va a otro sitio más muelle, más acogedor y más provechoso para el lector. Y el sargento Leavitt, Lola, el restaurante con Charlie incluido, Nonie… pierden interés. Termita queda apartado con su cabeza inclinada, como si quisiera oír a dónde va el lector. Y a punto de conocer el desenlace de la historia, el lector está tan desganado que le resulta más provechoso cerrar el libro que llegar hasta el final.
Y a otra cosa.

3 comentarios:

  1. Caramba, es duro decir eso de un libro, pero es verdad que aveces pasa, que de pronto te desconectas aunque estés sólo a unas páginas del final...

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  2. Vaya veo que no soy el unico al que le pasa esto:http://malastestas.blogspot.com/2011/08/la-maldicion-de-las-treinta-ultimas.html

    Saludos y gracias por seguirme.

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  3. Hace unos años tuve que leer "Fast lanes", un libro de relatos de Jayne Ann Phillips del que sólo recuerdo que me causó una impresión muy similar a la que explicas en tu reseña.

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