19 de octubre de 2011

LA SUBASTA DEL LOTE 49 (Thomas Pynchon) (II)


Una maldita frase de mi anterior reseña de este libro retumbaba en mi cabeza y me obligó a releer y comentar por segunda vez esta novela.

Mira que lo pensé y lo volví a pensar. No estaba seguro de querer escribirla. El caso es que Pynchon es un tocapelotas y como un imberbe caí en la trampa.
La frase en cuestión: «En honor a la verdad debo decir que mi opinión es que detrás de La subasta del lote 49 no hay nada que merezca la pena.» Falso. Flaco respeto al honor de la verdad. Ni llegaba a creérmelo entonces ni lo creo ahora. Me desdigo sin esfuerzo.

Ahora bien, entre otras cosas, lo repelente de este novelista es que el lector sabe que hay algo y que cuesta cogerlo. Porque el caso es que Pynchon narra y escribe muy bien. Es dinámico, entretenido, enrevesado, crea personajes atractivos y mantiene con ingenio la intriga de la historia. Pero si hace todo eso, si, como dije en mi anterior reseña, se comporta como un escritor “como Dios manda”, ¿por qué llegado a un punto determinado aparenta desvariar de esa manera? ¿Por qué lo embrolla todo? Pues porque le da la gana. Eso es. Porque le da la real gana. Porque puede darle la gana si es capaz de escribir así. El resto, como en toda lectura, lo pone el lector, si es capaz, puede, o quiere, porque éste si que es el único soberano de esta relación y tiene derecho a sentirse agredido, ¿por qué no?
Pero, ahora que lo pienso, ni esto último es un razonamiento convincente contra este escritor porque Pynchon vende más ejemplares que el “Marca”.
Sólo se me ocurre avisar de que leer a este señor puede provocar reflujo. Rigurosamente contraindicado a todo aquel que padezca hernia de hiato.

Me obligaré a leer un par de novelas más de Pynchon para formar mi opinión sobre este autor.

1 comentarios:

  1. Yo leí este libro hace no mucho y lo cierto es que, aunque es difícil de seguir, tiene algo que te hace continuar, seguramente te engancha con su forma de escribir.

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