30 de diciembre de 2011

MIS SEIS MEJORES LECTURAS DEL AÑO 2011

Aún he leído menos que el año pasado. Si pongo en la lista unos pocos libros más enumero al completo mis lecturas del año 2011. Me dejo de lloriqueos y relaciono la lista de mis seis mejores lecturas del año.
1ºZAMA, de Antonio di Benedetto.
2ºLOS HERMANOS TANNER, Robert Walser.
3ºCIUDADES DE LA LLANURA, de Cormac McCarthy.
4ºDOCTOR GLASS, de Hjalmar Soderberg.
5ºSUITES IMPERIALES, de Bret Easton Ellis.
6ºHOMO FABER, de Max Frisch.
                      

CINE DE VERANO (David Pérez Vega)

Mi hermano aún no estaba con nosotros,
así que yo era un niño menor de seis años,
y el lugar un pueblo de playa,
seguramente de la costa de Levante
(por ejemplo, muchos años después, una concha
encima del televisor: Recuerdo de Gandía).
Mis padres son esa pareja joven de cualquier playa
en verano, con la eterna sonrisa prometedora
e indolente y un niño que no llega a los seis.
Olía a mar. Por las noches solíamos ir
a los cines de verano, inmensas pantallas
recortadas contra el cielo, casi siempre dibujos
animados que me entusiasmaban. No recuerdo
qué películas, sí que eran dibujos animados y el entusiasmo.
De la que guardo memoria es de una de ciencia-ficción,
Serie B, donde unos hombres de verdad luchaban
contra la invasión de unos monstruos del espacio
que yo no entendía como claramente de mentira,
sino que daban miedo y me angustiaban.
No comprendía por qué mis padres me habían
llevado a ver aquella película pavorosa.
No salí corriendo cuando volvió a aparecer
Alguno de los temibles monstruos de cartón-piedra.
Lo hice casi al final, sobrando ya el gesto,
cuando, de un tirón, un hombre le arrancó un pendiente
de la oreja a una mujer. Aquello me pareció intolerable,
eché a correr por el largo pasillo ante la mirada
curiosa y atónita del acomodador, que no me detuvo.
En la calle ya no sabía hacia donde huir,
Me quedé paralizado sobre la acera,
de fondo posiblemente el golpeteo del mar.
Fue mi padre quien me agarró por la espalda
y me alzó del suelo.
                                        De repente, me sentí protegido
de todo en los fuertes brazos de mi padre.
He hecho un pacto con la vida:
ya no siento miedo en el cine,
ahora es el sitio al que voy a olvidar
lo que me da miedo.
                                         A cambio la vida
me cobra un precio: cuando se acabe la película
y salga a la calle, aunque lo haga corriendo,
sé que no encontraré ningunos brazos
en los que pueda sentirme seguro.




 


Siempre nos quedará Casablanca
Ediciones Baile del Sol
(David Pérez Vega)

26 de diciembre de 2011

Yo también dejo de escribir novelas


Por fin lo tengo claro. No voy a escribir la novela que tengo en mente. Ustedes se lo pierden porque iba a ser una obra maestra. Lo malo es que sé de muy buena tinta que una vez publicada, la chusma iba a descargar de Internet el doble de copias que los ejemplares que pudiera vender. ¿Cómo lo sé? Eso me lo callo. Lucía y yo lo sabemos.

Lucía Echevarría deja de escribir novelas. Aparte de agradecérselo como lector, me pongo a escribir sobre este “Notición” por el razonamiento que expone la susodicha famosa para dejar la literatura. El domingo, 18 de diciembre anuncia en su perfil de Facebook:
«Dado que he comprobado hoy que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio oficialmente que no voy a volver a publicar libros en una temporada muy larga. No al menos hasta que esta situación se regule de alguna manera. A mí no me apetece pasarme tres años trabajando como una negra para esto. Si quiero regalar novelas, haré copias para mis amigos en plan Sebastian Venable

Tras la publicación de esta nota las reacciones de la gente no se hicieron esperar. La inmensa mayoría consideraban insultante la actitud victimista. A ellas, la famosa contesta con un largo e incongruente comunicado que provoca vergüenza ajena. De pasada vuelve a insistir en el motivo que esgrimió como el principal para dejar de escribir novelas.

Obviando la imposibilidad de establecer una relación clara entre Lucía Echevarría y Literatura, entramos de lleno, con sus palabras, en el debate falaz abierto por las multinacionales de la cultura, que poniendo en primera línea a sus contratados mejor pagados, dispuestos ellos a recibir las tortas dirigidas a sus señores, despliegan todos sus medios y poder con un fin único: el control de la Red, verdadero y único lugar donde la libertad se muestra tal como es.

Todo intento de injusticia comienza por manipular los hechos. Todo intento de manipulación de los hechos comienza por tergiversar el significado de las palabras, por manipular el lenguaje. Confundamos pues “Piratear” con “Copiar”. Confundamos nuestra conveniencia con la Ley. Confundamos industria con cultura.

Antes de Internet, la gente se pasaba los discos de vinilo para grabar su música en cintas magnetofónicas. Antes de Internet se prestaban las novelas entre amigos y familiares. Eso no era, ni es, infringir los derechos de autor. Con la informática la copia y el préstamo se hacen de manera más cómoda para el consumidor. Pero resulta que la tecnología sólo debe valer para abaratar costes de producción a cambio de un desorbitado precio del producto, interviniéndolo si fuera necesario*. Por su parte el consumidor final, no puede, no debe beneficiarse de esta tecnología de manera libre y gratuita. Debe pagar lo que las empresas del sector apoyadas por el poder político establezcan, pisoteando cualquier atisbo de libertad.

Lo primero que me vino a la mente después de leer la infame nota fue: ¿por qué Lucía Echevarría no ha averiguado cuántos préstamos y desideratas hay registrados de su última novela en las bibliotecas públicas de España? Según su razonamiento cada uno de ellos es un ejemplar menos que vende. Seguro que es un dato más fácil de conseguir y por supuesto mucho más fiable que el de la cantidad de copias descargadas.
Tal vez sea hora de ir entrando en la escabrosa cuestión de las bibliotecas de acceso público. Allí también se presta música.

Esta señora es lo menos importante de todo lo dicho aquí. Lo verdaderamente fundamental es la lucha constante contra el permanente intento de los poderes, económico y político, de hacerse con el control absoluto de la Red.

De todo esto saco en claro una cosa: cuando me pregunten por las novelas que he escrito ya no tengo que disimular diciendo aquello de «…una o ninguna». No escribiré ninguna y punto. No, hasta que la situación se regule garantizándome que todos y cada uno de aquellos que quieran leer mi genial obra, la compren obligatoriamente.
Como ha escrito hace poco un novelista español situado en plena cresta de la ola:
«…piensa que ha llegado la hora de que los escritores empiecen a decir algo humilde y bonito, algo sano. Quiero ser leído
Para ser sincero debería haber añadido: «…únicamente por alguien que compre mi libro, no faltaba más


*(Ley 10/2007, de 22 de junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas)

17 de diciembre de 2011

TENGO UNA PISTOLA, de Enrique Rubio


Hace unas semanas recibí un correo electrónico de un señor que me ofrecía una novela. No quiero promoción, se publicó hace dos años. Tengo varios ejemplares y quiero repartirlos con criterio. Me ha recomendado tu blog Carlos González de La medicina de Tongoy. Acepté el amable ofrecimiento a la vez que remitía un nuevo correo electrónico a Carlos, agradeciendo su mención y esperando seguir agradecido al terminar la lectura de Tengo una pistola.

Enrique Rubio publicó esta novela con veinticinco años. Hoy día, tal como está la cosa, tener en las manos una novela escrita por un joven de esta edad despierta diferentes sentimientos: esperanza, ternura, admiración… Mezclados producen una extraña sensación que conduce a la condescendencia. Pero con veinticinco años ya se es un adulto. A pesar de que consagrados escritores maduritos escriban tan mal, conviene recordar que Thomas Mann escribió Los Budenbrok con veintiséis años, por ejemplo.

El libro comienza con un prólogo de Lorenzo Silva. Se titula “Una novela 2.0”. Detesto los prólogos porque muchos de ellos están escritos sin el menor respeto por el lector, destripando la historia sin compasión. He leído pocos, pero me niego en redondo a leer uno con ese título. No sé que cuenta.

Debo decir que la novela está escrita con desparpajo, narrada con ritmo ágil y con un lenguaje sencillo e ingenioso. Abundan las reflexiones ocurrentes que dejan ver un asomo de inteligencia esperanzador, ya digo. Me he divertido por momentos y no me ha costado demasiado trabajo llegar hasta el final. Incluso tiene momentos muy buenos. Destaco, sin ninguna duda cuando el protagonista, un hikikomori sui generis, se ve obligado a salir de casa para comprar comida. El pasaje del supermercado es excelente.

La juventud es algo que se cura con los años, es cierto. La vehemencia y el cúmulo de ideas pugnando por salir pueden producir un torrente de información que, aunque esté bien traída, podría dar por sí sola para una historia aparte.

Entiendo que la novela se extiende demasiado. No es necesario escribir quinientas páginas. Mi opinión personal es que la novela contemporánea no debe pasar de doscientas páginas. Borges decía que La invención de Morel, de su amigo Bioy Casares, tenía la extensión que debía tener toda novela. Así, llegado al último tercio de la historia, el lector termina por percibir cierta reiteración e insistencia en las fobias y manías del protagonista y las maneras de exteriorizar su miedo. Por otro lado, semen y caca, si se repiten demasiado en la narración terminan por producir hastío e indiferencia.
Cuando no se aporta nada nuevo, el lector puede sentir que pierde el tiempo, y se enfada. Este detalle es muy sutil pero no hay que enfadar al lector.

La novela de Rubio termina cerrando el círculo que abre, volviendo al comienzo con pequeñas variaciones que en absoluto cambian lo sustancial del punto de partida.

Ha sido interesante. Esperemos la segunda novela de este autor. Aunque opino que sólo se escriben novelas sólidas a partir de los treinta y cinco, grandes novelas a partir de los cincuenta y obras maestras a partir de los sesenta.
No puedo reprochar nada a Carlos González por su recomendación.

«No le cuento que un videojuego no envejece. Los gráficos son siempre iguales, no destiñen ni se desconchan. Las voces nunca se ponen afónicas. Los personajes no cumplen años, no se estropean. O funciona o no funciona, pero no se degrada. Como los sueños tampoco envejecen. O sueñas o no sueñas.»

2 de diciembre de 2011

SUITES IMPERIALES, de Bret Easton Ellis


Una persona muy querida para mí cuenta que cuando era pequeña con la merienda le daban té con leche, a pesar de que a ella no le gustaba. Una tía suya siempre le repetía lo mismo: “Niña, bebe té, que beber té es muy elegante.”
Permítanme que les diga algo parecido. Lean a Bret Easton Ellis. Leer a Bret Easton Ellis es muy elegante. Hagan ostentación de ello. Paseen por la calle con un libro suyo a la vista. No vayan a hacer como un conocido mío, que apareció en la Plaza del Salvador, donde quedamos para tomar unas cervezas, con un voluminoso ejemplar de Sexus, de Henry Miller. No confundamos pretensión con elegancia.

Ellis es sinónimo de elegancia porque es un señor inteligente que pone su inteligencia al servicio de la literatura. Nos ofrece su talento, lo que es todo un honor para el lector, convirtiendo la infame clavada que supone el precio de los libros en España en algo leve, llevadero.

Suites imperiales vuelve al ambiente de la alta sociedad contemporánea, esa que corta el bacalao, la que decide lo que se ve en cine y en televisión; la que determina qué se va a leer, qué hay que comprar o qué canción hay que oír. La alta sociedad de la cultura y el espectáculo, en fin. Algunos tics de American Psycho permanecen en esta novela. Benditos tics de genio.
Easton Ellis lo que hace es plasmar el estatus de esta gente a través de la vida de un minúsculo grupo formado por un productor, un chulo y un par de actrices con gran predicamento en las camas del sector. Con estos mimbres, el autor monta una increíble trama de poder, crimen y sexo que va inundando lentamente la historia. El horror. El horror al alcance de la mano, edulcorado con una fina y aparente película, entiéndase: dinero y fama. Sicarios mejicanos secuestrando y torturando a personas que pocas horas antes se codeaban con la élite del glamour y la industria cultural de la Costa Este de EE.UU.
Sólo un inconveniente: nombres. Un bombardeo de nombres de personajes cae sobre el lector, quien sólo después de bien entrado en materia logra situarlos y ponerles cara.

Novela corta, narrada en primera persona con un estilo neutro pero directo, con diálogos precisos y ágiles. Casi sin solución de continuidad la acción se enlaza en párrafos cortos, que llenan la novela sin acotación de capítulos, lo que le infiere dinamismo.

«Miro el reloj. Me he dejado la tarde libre. La actriz vacía la copa de champán. Un camarero atractivo y atento se la llena de nuevo. Yo no he pedido nada para beber porque algo más está surtiendo efecto. Necesito llevar esto al siguiente nivel si quiero que salga bien.
         –¿Estás contento? –pregunta ella.
         –Sí –respondo sobresaltado–. ¿Y tú?
         Ella se echa hacia delante.
         –Podría estarlo.
         –¿Qué quieres hacer?
         La miro directamente a la cara.
         Pasamos una hora en el dormitorio de mi apartamento de la planta quince del Doheny Plaza. Eso es todo lo que hace falta. Luego ella dice que se siente desconectada de la realidad. Le digo que no importa. Me sonrojo cuando me dice que tengo unas manos bonitas.»
        
Quien empieza a leer este libro queda embebido por la historia.
Lean a Bret Easton Ellis. Y presuman de ello.

23 de noviembre de 2011

ASFIXIA (Chuck Palahniuk)


Chuck Palhaniuk (EE.UU, 1961), se estrenó como novelista en 1996 con El club de la lucha, famosa novela por su exitosa adaptación al cine con Brad Pitt como abanderado.
El simplismo que inevitablemente muestra la condición humana se refleja en la necesidad incontrolada de etiquetar a las personas y grupos que nos rodean. Así, a Palahniuk se le considera el máximo exponente de la generación nihilista. No sería de extrañar que dentro de unos años nadie sea capaz de encontrar un miembro de esta corriente concluyendo que nunca existió.

No hablamos de una obra maestra. Ni siquiera de una gran novela. Asfixia es sólo una buena novela (no es poco) que sin esfuerzo aparente hace que el lector entre de lleno y quede atrapado en la surrealista actividad que se narra.
A pesar de los momentos patéticamente hilarantes, el autor nos hace tener presente que la historia que cuenta es la de alguien con un infortunio desgarrador. Eso que más de uno llamaría un perdedor (calificativo burdo y estridente. Que alguien me diga qué es un ganador). En su intento por reflejar de manera fiel los personajes y su mundo, Palahniuk se recrea en un feísmo que empapa todo el libro.

Me he divertido como un enano leyendo esta novela. El autor parece haber puesto todo su empeño en facilitarle las cosas al lector: capítulos cortos (dos o tres páginas de media); un lenguaje desenfadado y muy asequible, sin sesudas florituras de estilo; unos personajes con personalidades fácilmente comprensibles a pesar de tratarse de sujetos marginales, con precarios estados de salud mental; no hay extensas descripciones de paisajes ni de situaciones, hay acción. Todo ello tiene como hilo conductor un fino cinismo oculto tras una engañosa apariencia de tosquedad.

Como trasfondo, la esperanza. A pesar de todo, el ser humano siempre mantiene encendida una pequeña llama, que apenas ilumina, con el ánimo de volver a incendiar todo aquello que quisimos quemar cuando aún no teníamos que responder ante nadie, cuando éramos libres… de responsabilidades.

«Eva cree que soy su hermano mayor, que abusó de ella hace más o menos un siglo. La compañera de habitación de mi madre, la señora Novak, la de los horribles pechos y orejas colgantes, cree que soy el hijo de puta de su socio, que le mangó la patente del almarrá, de la pluma estilográfica o algo así.
Aquí lo represento todo para todas las mujeres.
–Me has hecho daño –dice Eva, y se acerca rodando un poco más–. Y no lo he olvidado ni por un minuto.
Cada vez que vengo de visita hay una vieja chocha de cejas espesas al otro lado del pasillo que me llama Eichmann. Otra mujer a la que le asoma un tubo de plástico para la orina por debajo de la bata me acusa de haberle robado el perro y quiere que se lo devuelva. Siempre que paso por delante de otra vieja sentada en su silla, encorvada y enfundad en un montón de jerseys de color rosa, me espeta:
–Te vi –me dice mirándome con un ojo entelado–. ¡La noche del incendio te vi con ellos!»

9 de noviembre de 2011

ALONDRA Y TERMITA (Jayne Anne Phillips)


Jayne Anne Phillips camina por el mundo literario con el aura de los elegidos. Ella pasaba por ahí, con su talento ya impreso, llega Carver y no se le ocurre otra cosa que decir una frase de fajilla sobre la escritura de esta autora. Con esas, desde los veintiséis años publica novelas y libros de cuentos que ganan premios y obtienen buenas críticas.
Alondra y Termita fue finalista del National Book Award de 2009.

El inicio de la novela parece dinámico, entretenido y prometedor, me gusta. La Guerra de Corea: un joven soldado estadounidense deambula con centenares de refugiados en medio del estallido de un desastre bélico del que prácticamente nada sabemos y que provocó muchos más muertos que la Guerra de Vietnam. Una novia embarazada, bastante mayor que él, espera su regreso. Tartas de limón, uniformes de camarera, soledad, dolor y frustración sobrellevados con vigor y ánimo. Sensibilidad y ternura. Literatura muy femenina.
La historia es narrada a través del enfoque de los distintos personajes, acompasados con juegos en la cronología de la trama. La misma escena contada varias veces, aunque sin resultar repetitiva. Pero las analepsis y cambios de narrador tan radicales hacen que el lector no se sienta cómodo con los personajes durante las primeras cincuenta páginas de la novela pues se van atando cabos a medida que avanza la lectura.

A pesar de ser una historia bien contada, que mantiene la atención despierta, mediado el libro se percibe que el desarrollo de los acontecimientos, la propia narración, por densa, tiene momentos que, sin el estado de ánimo “ad hoc”, pueden provocar verdadero tedio. La historia fluye tal vez poética pero lenta, cansa. El tiempo avanza despacio, cada gesto de los personajes es descrito con detenimiento. Esto, que sin duda es voluntad de la autora para recrearse en recuerdos de su infancia y dar cabida a todos y cada uno de los sentimientos que trasmiten los personajes, lastra el dinamismo que se espera de los sucesos que en un principio se adivinaban. Tal vez sobren palabras, párrafos enteros, algunas páginas, que no aumentan el conocimiento del lector y disminuyen la nitidez de la historia.
Así, con dos tercios de la novela leídos, el lector comienza a divagar, como el alumno que está en la inopia cuando el profesor explica expresiones algebraicas o la abuela que dormita a mediodía mientras el televisor expele una infame telenovela. Lee pero la tardanza y el hastío hacen que la vocecilla que va narrando suene cada vez más baja y la atención se va, se va a otro sitio más muelle, más acogedor y más provechoso para el lector. Y el sargento Leavitt, Lola, el restaurante con Charlie incluido, Nonie… pierden interés. Termita queda apartado con su cabeza inclinada, como si quisiera oír a dónde va el lector. Y a punto de conocer el desenlace de la historia, el lector está tan desganado que le resulta más provechoso cerrar el libro que llegar hasta el final.
Y a otra cosa.

23 de octubre de 2011

SIAMESES (Gonzalo Calcedo)


Los libros de cuentos, como los de poesía, tienen una gran ventaja sobre las novelas y ensayos: a pesar de ser publicados como una idea homogénea, el lector puede extraer de forma independiente un poema o un cuento y leerlo, para después cerrar el libro y devolverlo a la estantería.

Tropo Editores reedita un par de libros de cuentos de Gonzalo Calcedo. Y los publica unidos, como inseparables, lo que tiene su sentido, pues se trata de dos trabajos premiados con apenas un año de diferencia. Con independencia del momento en que fuera escrito cada uno de los cuentos, por la cercanía temporal de su presentación al público, parece inevitable considerarlos como un conjunto. De hecho una vez leídos, el lector sólo puede corroborar el acierto de su recuperación conjunta.
Los libros reeditados bajo el título de Siameses son: Otras geografías (Premio NH, 1996), que contiene once cuentos y Liturgia de los ahogados (Premio Alfonso Grosso, 1997), ocho cuentos.

Condiciona cualquier reseña, y no digamos cualquier intento de análisis sesudo, la excelente nota del autor, que presenta el libro después de catorce años. En ella Calcedo se reconoce joven, distinto y lejano, superando la inevitable tentación del retoque perpetuo que fustiga a todo escritor (el lector agradece poder leer la idea original) y, sobre todo, mostrando una mueca sonriente al ser consciente de una escritura repleta de descaro y desenfado, sin el miedo a mostrar influencias o técnicas casi de laboratorio. Todo ello con independencia de que el lector perciba, o no, tara alguna en la narración. Así son los escritores y su cerebro martilleante, nunca satisfechos del todo a pesar del buen resultado.

A través de sus cuentos el autor contagia la quemazón, como un pinchazo de alfiler, de situaciones muy puntuales, pequeñas anécdotas que definen las vidas de los protagonistas, sus traumas, sus frustraciones, sus esperanzas o desilusiones, como una larga y extraña sombra provocada por un objeto insignificante que sólo se torna valioso y digno de tenerse en cuenta cuando se observa muy de cerca y se aprecian los hermosos detalles, hermosos por comunes.
Calcedo no entra en la tragedia, entendida como algo irremediable. Sólo, ni más ni menos, pone en evidencia la desdicha que envuelve a los personajes de sus cuentos.
Todo ello en un mismo escenario social, paisajes que reflejan distintos decorados de nuestra forma de convivir, familiares o totalmente desconocidos pero asequibles para el lector.
El lenguaje y el tono traslucen una contención y un comedimiento que evitan en todo momento juzgar a los personajes. Narra dejando en manos del lector la posibilidad de tomar partido.

Personalmente me dan igual las influencias y similitudes de un escritor, eso es cosa de ellos.
La paella que se hace en Valencia es excepcional, pero también es excelente la que hace mi suegra en Sevilla. Además le da el toque particular que nos gusta a la familia y que sólo ella conoce. En literatura ocurre algo parecido. Cheever, Wolff o Carver se rememoran en estas páginas pero con un toque personal que hace disfrutar de una escritura inteligente, atinada, con una sensibilidad abrumadora, que hacen de Calcedo un excelente escritor de cuentos, esa técnica narrativa imposible que despierta mi más encendida idolatría.

Agradezco a Tropo editores su aséptico ofrecimineto para que leyera este libro. He sido honrado dando mi opinión, como no podía ser de otro modo.

14 de octubre de 2011

LOS HERMANOS TANNER (Robert Walser)

Este verano he leído muy poco. Y he escrito menos aún. Vamos, nada. De escribir nada de nada, para qué mentir. Hasta tal punto llegó mi desidia que terminadas las vacaciones mis ganas de leer eran nulas.
Como me resulta inconcebible coger el cercanías para ir a trabajar sin un libro entre las manos, tiré del primero en la cola de mis lecturas pendientes. Resultó ser Los hermanos Tanner. Comencé su lectura con escaso ánimo.

Ya se reseñó en este blog Jakob Von Gunten, del mismo autor, aunque publicada con posterioridad a Los hermanos Tanner, vistas ambas novelas en perspectiva, el lector percibe profundas similitudes en el trasfondo psicológico, ideológico si se quiere, de los protagonistas y toma conciencia de un mensaje insistente que Walser parece querer comunicar y que reitera en sus obras.

Desde el mismo instante en que el lector entra en el desarrollo de Los hermanos Tanner, la escritura de Walser atrapa con un vigor y una fuerza tales que difícilmente pueden explicarse atendiendo a la mesura, el lirismo y la relajación que trasmite el texto.
La escritura de Robert Walser es extraña. El lector se siente cómodo, absorto por las palabras, emocionado por las frases enlazadas con una maestría hipnótica. Walser parece huir de los diálogos. Los personajes hablan, interpelan y responden en monólogos que pueden durar varias páginas, manteniendo, no obstante, la frescura y agilidad que podría dar cualquier diálogo entre personajes.
«Yo aprecio a Sebastian porque sé que tiene el valor de admitir sus múltiples errores. Por lo demás, todo esto es pura cháchara y nada más que cháchara; puedes irte si no te viene bien acompañarnos. ¡Qué cara pones, Kaspar! ¿Eres capaz de enfadarte porque una muchacha que tiene el privilegio de ser tu hermana te llama a capítulo? No, no lo hagas, por favor. Búrlate del poeta, si quieres. ¿Por qué no? Me lo tomé demasiado en serio hace un momento. Discúlpame.»

A Robert Walser le importa un pimiento la narración de la historia. No narra. Sólo escribe. Y escribe como dios.
«Hedwig, la cercana, era el objeto de sus sueños. Se olvidaba del resto del universo y el tabaco de pipa que fumaba volvía a aproximarlo al pueblecito, a la escuela, a Hedwig. De ésta imaginaba lo siguiente: va en una barquita con un tipo que la ha raptado. Es un lago pequeño como el estanque de un parque. Ella mira fijamente los negros y sombríos ojazos del hombre sentado en la barca, inmóvil, y piensa: “¡Cómo miran sus ojos el agua! A mí no me mira. Pero toda esa masa de agua me mira con sus ojos”.»

Las aventuras del inestable Simon Tanner, mezcladas con las continuas apariciones, más o menos fugaces, de sus hermanos, más o menos peculiares; la aparición de personajes secundarios de seriedad inquisitorial, el desenfado casi grosero en el trato entre ellos, las elipsis a bocajarro, el contenido masoquismo del protagonista… Todo ello amalgama una insólita y atrayente historia que por momentos me ha recordado a Bernhard o me ha traído a la mente al inefable Pynchon. Extraño, como el propio Walser.

Por cierto, si se refiere uno a la genial escritura de Walser, no tiene más remedio que aludir a la excelente traducción de Juan José del Solar.

Termino la reseña con las palabras de Walser:
«La nieve crujía bajo sus pisadas. Los abetos estaban tan cargados de nieve que inclinaban majestuosamente hasta el suelo sus poderosas ramas. Como a mitad de la subida vio Simon de pronto a un hombre joven echado sobre la nieve, en medio del camino. Aún había suficiente claridad en el bosque como para divisar al durmiente. […] Sebastian debió de haberse desplomado allí, víctima de un cansancio enorme que ya no pudo soportar. […] ¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos verdes, cubiertos de nieve. No quiero avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que ya no tiene oído ni sensaciones.»
Casi un presagio.

21 de septiembre de 2011

HOMO FABER (Max Frisch)


Max Frisch nació en Zurich, el 15 de mayo de 1911. Murió en 1991 en su ciudad natal. Además de tener en su haber importantes novelas, fue un considerado dramaturgo. Escribía en alemán.

Narrada en primera persona, la novela se divide en dos etapas. La primera, que abarca tres cuartos de la extensión total, puede considerarse que cuenta la historia propiamente dicha. La segunda, relata las reflexiones del protagonista como desenlace final, lo que consigue inyectar un efectista y medido dramatismo.

A pesar de constar tan solo de dos partes, la estructura del libro está muy estudiada, muy trabajada. Aparecen esporádicamente pequeños detalles, despreciables a primera lectura, que se transforman en importantes giros dentro del argumento. La novela se narra dentro de continuas idas y venidas en el tiempo, sin que el lector se sienta perdido en ningún momento.

Frisch narra de manera seca, tal vez algo fría, pero muy eficaz, muy acorde con el carácter de Walter Faber, al que pone voz. Aún así consigue una variación del tono narrativo a medida que avanza la lectura y las circunstancias personales del protagonista van cambiando. El tono cambia con la evolución del personaje. Lo borda.

 «Todo el mundo se pasea, todo el mundo ríe.
Parece un sueño:
Policías blancos fumando puro; soldados de la marina fumando puro: muchachos con las caderas embutidas en estrechos pantalones
CASTILLO DEL MORO (Felipe II).
Me hago limpiar los zapatos.
Decido vivir de otra manera.
Me siento feliz.
Compro puros: dos cajas.
Puesta de sol.
Chiquillos desnudos en el mar; su piel, el sol brillando sobre su piel mojada, el calor; me siento y fumo un cigarro; nubes de tormenta sobre la ciudad blanca: de color negro violáceo; al mismo tiempo, últimos resplandores del sol en las casas altas.»

Es Homo Faber una gran novela, sin duda. Aún así he leído por ahí que la mejor de su autoría es No soy Stiller. Habrá que leerla.

12 de septiembre de 2011

DOCTOR GLASS, de Hjalmar Soderberg


Hjalmar Soderberg, autor sueco nacido en Estocolmo el año 1869. Murió en Copenague el 14 de octubre de 1941.
A pesar de ser uno de los escritores escandinavos más populares y leídos, yo no sabía de su existencia. La falta está reparada.

De igual modo que en reseñas anteriores he hablado sobre la falta de profundidad intelectual que muestran los contenidos y desarrollos de algunas novelas, esta es una ocasión para apuntar todo lo contrario. Cómo funciona el engranaje, perfectamente coordinado y engrasado, cuando quien escribe se apoya sobre una sólida Cultura y unos conocimientos ajenos a cualquier tipo de complejo o sumisión ideológicos.
Narrado a modo de diario, Soderberg consigue que el lector, a medida que avanza en la lectura de sus entradas, vaya conociendo a la perfección el modo de vida, el carácter y las ideas del protagonista.

«No me divierte ni el frecuentar conocidos ni las villas en el archipiélago. El archipiélago menos que nada. Un paisaje de picadillo, hecho de trocitos menudos. Islitas, canalitos, montañitas y arbolitos raquíticos. Paisaje pálido y depauperado, de colores fríos, sobre todo grises y azules, pero no lo bastante pobre para mostrar la grandeza de la devastación. Cuando oigo a alguien que alaba la hermosura natural del archipiélago, siempre sospecho que piensa en otra cosa, y la más superficial indagación confirma casi siempre la sospecha. Uno piensa en aire fresco y baños agradables, otro en su yate, un tercero en pescar con caña, y meten todo eso en el saco de la hermosura de la naturaleza. El otro día hablé con una joven que estaba entusiasmada con el archipiélago, pero el curso de la conversación reveló que pensaba en las puestas de sol y posiblemente también en un estudiante. Olvidaba que el sol se pone en todas partes y que los estudiantes se desplazan.»

Un asunto profesional, como muchos otros que ha atendido con anterioridad el doctor Glass, se convierte en el punto central desde el que se traza el círculo perfecto de la trama y su historia. Una leve desviación sobre la manera habitual en que el protagonista interpreta este tipo de consultas, la convierte en detonante de una serie de planteamientos éticos que acompañan los pensamientos del doctor y el desarrollo de la novela.
Y es que el ser humano es capaz de justificarse por cualquier acto negativo que haya llevado o vaya a llevar a término. Lo más interesante y curioso del caso es que no importa la gravedad del hecho, la justificación requiere el mismo esfuerzo para el pueril suspenso del estudiante, para la insignificante tardanza del impuntual o para el asesinato de millones de personas. El comandante de Auschwitz Birkenau escribió en sus breves memorias que sólo se arrepentía de haber dedicado poco tiempo a su familia.
Es falso que la mala conciencia no deje dormir. La mala conciencia se deshace en el cerebro humano como la miga de pan en el río, y acaba por ser, tan solo, un concepto abstracto en la mente de las buenas personas. El más grande mentiroso, el mayor criminal, duermen como bebés. La conciencia tranquila no garantiza el sueño reparador.

«De la orquesta surgía, precisamente entonces, el enigmático leitmotiv: “No debes preguntar”. Y me parecía que en aquella mística sucesión de sonidos y en aquellas tres palabras descifraba la súbita revelación de una muy antigua y oculta sabiduría. “No debes preguntar”. La suma de verdad que te es útil se te da de balde; viene mezclada con error y mentira, pero es por tu bien, ya que en estado puro te quemaría las entrañas. No intentes purgarte el alma de mentiras, porque con ellas se irán muchas otras cosas en las que no has pensado, y quedarás vacío de ti mismo y de todo lo que es valioso para ti. “No debes preguntar”.»

El final de la novela es de una elegancia majestuosa. La inteligencia convertida en maestría narrativa.

5 de septiembre de 2011

VIDAS ELEVADAS, de Miguel Baquero


Miguel Baquero es un bloguero de éxito. Soy uno de sus lectores habituales, me gusta cómo enfoca los temas que trata y su sentido del humor. Me cae bien, por eso decidí apoyar su trabajo comprando su última novela.

Si se paran a pensar y hacen la cuenta, verán la cantidad de gente “importante” que se cruza diariamente en su camino. En lo que a mí respecta, me puedo encontrar a estas personas en multitud de lugares: en el ascensor del trabajo, cuando paro a repostar en una gasolinera, visitando un museo, cenando en un restaurante… En casi todas partes encuentro gente con cara de eso, de ser muy “importante”. Rostros preocupados que imitan una severa concentración, que pretenden parecer serios.

Miguel Baquero retrata tres tipos de personaje “importante”, adheridos los tres al mundo literario que, al ser cada vez más mundillo, permite la incubación de parásitos cuya incapacidad aumenta en el tiempo exponencialmente, con independencia de su “importancia”.

En Vidas elevadas se alternan momentos hilarantes con situaciones que provocan vergüenza ajena, hastío, pena o ternura.

«Víctor de Pingarrón, el famoso poeta, irrumpió en el panorama de la poesía allá por 1999, coincidiendo con el temido efecto 2000 que aquel año tenía alarmada a la población del globo. Una alarma que él, Pingarrón, en buena medida, contribuyó a incrementar con su primer poemario: “Ojo conmigo”, un libro que causó mucho pasmo y mucho sobrecogimiento entre los lectores de poesía que, por desgracia o por suerte, en España son pocos.»

A pesar de las altas cotas artísticas que supuestamente emanan de cada uno de sus actos, esta gente no hace otra cosa que gastar la mayor parte de sus energías en esquivar todo lo mundano que les rodea, sin darse cuenta que ello no es más que el reflejo de la mediocridad en que se desenvuelven. Hasta tal punto alcanza su inutilidad que poco menos consiguen hacer de la poesía recitada algo proscrito en el pueblo de Mazabuches.

De la importancia de los personajes de la cultura, Baquero pasa a los potentados magos de la industria cultural. Aquellos que dictan los dogmas y propagan el conocimiento y el saber por todos los lugares de la geografía… Eso sí, con suculentas subvenciones de los distintos estamentos públicos. (¡Gran mundo, insondable, este de las subvenciones a los eventos culturales!) A estos señores siguen las personas “importantes”, que tildan de imbécil a quien tenga criterio propio sin ser conscientes de la imagen que dan de sí mismos.

«Asomado a la barandilla de la casa consistorial, el alcalde contempla toda aquella actividad artística con cierta perplejidad. Él siempre había admirado el hecho cultural y se había rendido sin paliativo alguno a las grandes obras de los grandes artistas. A consecuencia de ello miraba con enorme respeto a quienes se dedicaban al arte, sobre todo a quienes, como Lucio Valverde, conseguían triunfar en él; estaba absolutamente convencido de que eran hombres de un nivel superior, gente que se movía en la excelencia indiscutible y cercana al milagro. Del mismo modo respetaba a los críticos artísticos de peso, esto es, a los críticos célebres, a los que escribían en medios importantes: era sin duda, gente erudita, preparada, capaz; tipos que se habían estado preparando toda la vida para participar en ese gran, eterno y maravilloso prodigio que es la creación artística

Vidas elevadas da la impresión de estar narrado en un lenguaje antiguo, muy de principios del siglo XX, tal vez como descarado homenaje a Cansinos Assens.

14 de julio de 2011

CIUDADES DE LA LLANURA (Cormac McCarthy)


Termino la trilogía de la frontera con Ciudades de la llanura.
He dejado transcurrir demasiado tiempo entre las lecturas de cada novela de esta serie. Por mi experiencia puedo asegurar que lo ideal es leerlas de manera consecutiva porque si bien entre la primera y segunda novelas no hay un hilo conductor, ambas convergen en la tercera.
Dicho lo anterior, es lógico deducir que los libros primero y segundo de la trilogía pueden leerse de manera independiente, sin embargo el tercero conlleva mayor entendimiento si su lectura ha sido continuación inmediata de los otros dos.

Es este un escritor que me gusta. A pesar de contar historias de extraordinaria dureza, deja traslucir una sensibilidad muy primaria y, por ello, sobrecogedora. Además su escritura, por el tono de la narración, arrastra de modo imperceptible cierta melancolía, inevitablemente poética. En ocasiones, leyendo a este autor no puedo evitar acordarme de Alfonso Grosso, mi escritor favorito. Tal vez por eso me atrae tanto Cormac McCarthy.
Descripciones creíbles de situaciones extremas que rara vez puede experimentar el lector. Se agradece que a pesar de la dureza, se muestre el dolor como algo feo, cruel, injusto, insoportable. Como lo que es. Nada de aspavientos, ni poses dramáticas con gestos y manos crispadas. Mccarthy recrea el ambiente con tal dominio que un «Dios mío» es suficiente para transmitir de manera estremecedora el dolor inconsolable del protagonista.

«Un hombre bajaba por la carretera conduciendo un asno cargado hasta arriba de leña. A lo lejos las campanas habían empezado a doblar. El hombre le sonrió con una sonrisa astuta. Como si ambos compartieran un secreto, el hombre y él. Algo sobre la vejez y la juventud y sobre sus reclamaciones, y lo justo de éstas. Y sobre lo que pudiera reclamárseles a ellos. El mundo pasado, el mundo por venir. Su transitoriedad común. Y por encima de todo el profundo conocimiento de que belleza y pérdida son una misma cosa.»

El final cierra la trilogía de la frontera con la desaparición del mundo que dio nacimiento a los protagonistas, décadas después del final de la historia.

Termina la lectura con esta dedicatoria:
«I will be your child to hold
And you be me when I am old
The world grows cold
The heathen rage
The story’s told
Turn the page
»

16 de junio de 2011

Atisbos en Facebook


Me han recomendado abrir una página del blog en Facebook. Por probar que no quede, no se pierde nada.
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8 de junio de 2011

Motivo para no leer una novela

Ya he comentado en otra reseña que cuando empiezo la lectura de una novela evito leer cualquier abalorio que la acompañe; entiéndanse como tales las fajas, las contraportadas, las solapas e incluso los prólogos de otros autores (que casi siempre destrozan a cualquier lector ilusionado). Lo que sí hago cuando bicheo en una librería y me intereso por un libro del que no tengo referencia, es leer la primera página, rara vez entera. Por lo general con el primer párrafo basta.

El comienzo de un relato es decisivo. Esto es algo de manual. Por muy larga que sea la historia, por muy sesudo que sea el soporte intelectual, por muy desenfadado o trivial que sea el argumento, el primer párrafo de una novela existe, únicamente, para enganchar al lector. Sólo para eso.

De los cientos de lecturas que tengo pendientes y que casi diariamente van aumentando su número, adivinen por el párrafo inicial que transcribo, cual de estas tres no voy a leer.

Primera novela:
«En cuanto bajé del tren en la estación de Umeda, cogí un rikisha y fui directo a casa de Okada como me había pedido mi madre. Okada era familia lejana suya, pero en qué grado, era algo que desconocía por completo.
Yo tenía mis propias razones para ir a verlo nada más llegar a Osaka. Una semana antes de venir había quedado en encontrarme con un amigo en la ciudad para subir juntos al monte Koya y, en caso de disponer de tiempo suficiente, llegar hasta Nagoya desde Ise. No sabíamos exactamente dónde reunirnos y fue en ese momento cuando se me ocurrió darle el nombre y la dirección de Osaka.
»

Segunda novela:
«No puedo ver mi maleta entre la gente que se agolpa alrededor de la cinta número cuatro. Es una maleta de lona gris de tamaño mediano que no cabe en la cabina de los aviones. La compré en un viaje que hice a Nueva York hace un par de años y ya sabía yo que iba a ser demasiado grande para no tener que facturarla. Le insistí a la dependienta, pero me aseguró que era un tamaño homologado por la normativa internacional de aviación como equipaje de mano. Suelo creer a la gente que dice las cosas con tanta seguridad. Lo he intentado tres veces en tres vuelos distintos, pero nunca me han permitido que mi maleta de lona gris viaje a mi lado.»

Tercera novela:
«Salimos de La Guardia, Nueva York, con tres horas de retraso a causa de las borrascas de nieve. El aparato era, como de costumbre en aquel trayecto, un Super-Constellation. Yo me dispuse inmediatamente a dormir; era de noche. Aguardamos cuarenta minutos más, fuera, en la pista; nieve frente a los reflectores, nieve pulverizada, remolinos sobre la pista, y lo que me puso nervioso hasta el punto de no dejarme conciliar inmediatamente el sueño no fue la revista que distribuyó la azafata, FIRST PICTURES OF THE WORLD’S GREATEST AIR CRASH IN NEVADA, novedad que yo ya había leído a mediodía, sino únicamente aquella vibración en el aparato pegado al suelo con los motores en marcha —y además aquel joven alemán a mi lado, que llamó inmediatamente mi atención, no me explico por qué…»

2 de junio de 2011

KINSHU, de Teru Miyamoto


Teru Miyamoto es uno de los autores con más éxito de Japón. Nació en Kobe, en 1947. Kinshu es la primera novela de este escritor que se traduce al español y que publica Ediciones Alfabia en una excelente edición.

La novela comprende la breve relación espistolar de los dos protagonistas, un matrimonio divorciado después de un grave incidente.
La fragilidad imperceptible de la vida se pone en evidencia cuando una decisión, tan trivial como cualquier otra de las que se toman diariamente, se transforma en un brutal error sin que haya ocurrido nada especial, nada extraño que avisara del desastre que se cierne.
Diez años después de su divorcio, tras un encuentro fortuito, los protagonistas comienzan un intercambio de cartas que permite aclarar las incógnitas del pasado, explicar el comportamiento de cada cual y, a la vez, reflexionar sobre el sentido de la vida y, como no, su inseparable relación con la muerte.

No me fío de los relatos con forma epistolar. Tarde o temprano el narrador, para informar al lector, le cuenta al destinatario algo que éste ya conoce de antemano y el lector termina por verse inmerso en una embarazosa situación ante la que no queda más remedio que disimular. Es algo grosero.
Leyendo Kinshu no me he sentido incómodo. Miyamoto consigue reflejar a través de sus cartas las personalidades de cada protagonista. Los pensamientos más profundos no se exponen de manera pomposa o académica. Son reflexiones llanas, asequibles y no por ello menos interesantes.

Defecto: en un determinado momento, el protagonista le escribe a su ex mujer acerca de las perspectivas de un negocio que tiene entre manos. Y Miyamoto permite que el individuo nos plante una retahíla de cuentas que sobrepasan lo deseable. Es más, lo deseable sería que en las novelas se prohibiera narrar cualquier tipo de cálculo. Lo dice uno de Ciencias.

En la vida todo es reparable de una u otra manera. Si un local se quema, se reconstruye y vuelta a empezar. Si una relación se calcina, un tiempo prudente en la unidad de quemados permitirá a las dos víctimas reanudar su camino, por separado.

14 de mayo de 2011

LOS BOSQUES DE UPSALA, de Álvaro Colomer


Álvaro Colomer nació en Barcelona, en 1971. Es periodista. Colabora con diversos diarios y revistas de ámbito nacional. Tiene publicados varias novelas y libros de relatos. Los bosques de Upsala cierra la que ha denominado Trilogía de la muerte urbana.

Escribir una novela cansa. Cansa mucho. Se dedican miles de horas a manosear un tema y darle forma congruente y creíble. Hay que tener paciencia y mucha capacidad de trabajo y constancia. Pero sobre todo, en unas ocasiones más que en otras, hay que tener un sólido soporte intelectual que permita moldear de manera efectiva la idea inicial. Por eso no soy capaz de escribir una novela.

«A menudo maldigo el día en que alquilé este apartamento en forma de cruz. Cada atardecer, apenas regreso del trabajo, observo el pasillo y recuerdo la tarde en que mi esposa, hace aproximadamente un año, me comunicó que estaba harta de vivir en un lugar tan vinculado a la muerte como este. Luego añadió que a veces, cuando atravesaba el umbral de casa, le entraban ganas de echar a correr, tirar el bolso a medio camino y, alcanzando la terraza, saltar esa barandilla tras la cual se abre un abismo de siete plantas.»
Así comienza Los bosques de Upsala. No está mal, el lector queda a la expectativa. En este primer capítulo (la novela tiene seis), se concentra toda la calidad que pueda contener este libro. La soledad es una silla abandonada en mitad de la calle, que va quedando atrás, cada vez más lejana. Las historias personales que cuenta el protagonista están narradas de manera creíble, con unos niveles de intimidad tales que parecen una confesión de alguien real.

Pero Álvaro Colomer se dejó ganar por la impaciencia. La novela con el paso de las páginas pierde calidad de una manera tan alarmante que termina por ser una mala novela. Esto hace que se descubra un trasfondo intelectual y filosófico paupérrimo, tratándose de un tema tan doloroso y difícil. Por ello, intenta ocultar esta carencia narrando las muertes con descripciones tipo casquería, queriendo mostrar la gravedad del problema enseñando las vísceras de los suicidas.

Como mis reseñas suelen ser muy cortas, aprovecho algo del relleno de Colomer en este libro y hago más aparente esta entrada.
«De pronto siento el impulso de tentar a la suerte. De demostrar a Elena que, en lo más profundo de mí mismo y pese a que en ocasiones prefiera engañarme forzándome a pensar lo contrario, sé que su estancia en este mundo dependerá de ella, sólo de ella y de nadie más que de ella. Por más trabas que le ponga, mi esposa continuará en el reino de los vivos únicamente si así lo desea. Aunque me esfuerce en impedirlo, aunque la atiborre de antidepresivos, aunque le pague los mejores médicos, si ella decide quitarse de en medio, nada podrá evitarlo. Ni la ventana cerrada, ni la desaparición de los cuchillos, ni tampoco el vaciado de los botes de lejía. Y es que alguien que quiera morir, alguien que realmente quiera abandonar un mundo a su entender podrido, alguien que necesite hacer eso por encima de todas las demás cosas, y por tanto alguien que prefiera desvanecerse en la muerte a continuar a mi lado, encontrará siempre y en todo momento la forma de aniquilarse. Nada puede frustrar el suicidio de quienes se proponen de un modo impetuoso terminar con sus días. Absolutamente nada…» Y sigue así durante una larguísima y vacua parrafada.
El sentido del párrafo citado puede valer para la intención de subir una escalera o de aparcar el coche en unos grandes almacenes. Subir una escalera no tiene la misma importancia filosófica y vital que el tema del suicidio, por eso no pueden tratarse ambas cosas de manera similar.

Se ve que el autor ha leído libros sobre el asunto del suicidio. Y como no podía dejar tanto trabajo para sí mismo o para su correcto desarrollo dentro del texto, nos suelta otra parrafada más, ésta puesta en boca de un psiquiatra. Explicación que, al ser un médico de urgencias quien la da, queda profusa en exceso.

En otro momento el protagonista abronca a los clientes de una bar, a todos, y éstos avergonzados y poco menos que haciendo acto de contrición, agachan sus cabezas. A esto se le llama no distinguir una novela de una película de Hollywood.

La escritura de Colomer es de muy limitada calidad, con giros y palabras manidos que interrumpen el ritmo por su falta de originalidad.
El uso, en varias ocasiones, del eufemismo “politiqués” «en este país», chirría cada vez que se lee, como no podía ser de otra manera si se trata de hacer literatura.

«Pero el experimento no concluyó en este punto. Porque aquellos científicos, ávidos por continuar investigando y sospecho que disfrutando con el sufrimiento infligido a aquellos animales, repitieron el ejercicio con otros individuos de la misma especie…»
Quien cuenta esto es el protagonista, que es entomólogo. Sólo un endeble soporte cultural explica que se pueda caer de manera tan facilona en lo políticamente correcto.

Me quedan por transcribir anotaciones. Pero a estas alturas cualquier apunte más, sobra.

Leída esta novela mi ánimo se envalentona y comienzo a plantearme la idea de escribir algo. Pero, ahora que caigo, lo importante no es escribir es que te publiquen lo que escribes. En eso consiste ser un buen escritor.
En fin, que Los bosques de Upsala es, por tanto, una buena novela.

4 de mayo de 2011

Cuaderno 10


El portal de literatura Cuaderno 10 ha tenido a bien publicar, en la sección Opinión del Lector, mi reseña del Diario del hombre pálido, de Gracia Armendáriz.
http://www.cuaderno10.com/

20 de abril de 2011

LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES (Yasunari Kawabata)


Yasunari Kawabata nació en Osaka, en 1899. Se licenció en la carrera de Literatura japonesa por la Universidad de Tokio. Yukio Mishima fue su discípulo, además de gran amigo, con quien mantuvo contacto hasta la muerte de éste. En 1972, cuatro años después de recibir el Nobel de Literatura, muere de manera extraña. Sus biógrafos y estudiosos parecen coincidir en el suicidio como causa de su muerte, aunque su viuda y demás familiares nunca admitieron tal posibilidad.
Hace tiempo leí de este autor Lo bello y lo triste, que me gustó bastante. Así que, aún teniendo en casa demasiadas lecturas pendientes, no pude evitar coger de la biblioteca pública este libro. Unas doscientas páginas. Pensé que iba a leer una novela, pero se trata más bien de un relato largo que comparte edición con otros dos cuentos del autor.
En La casa de las bellas durmientes Kawabata nos cuenta una historia extraña. Lo que parece una clara muestra de satirismo más que estomagante, se transforma en una cota desde la que se otea el inevitable final de la existencia humana, lento y cruel, que el autor, de manera muy pesimista, muestra como una transfiguración del hombre en no hombre, en algo repelente, feo, inservible: en un anciano.
Se nos expone el intento de retardar el final ineludible a través del contacto con la mujer joven, aunque sea mediante una relación bastarda. Y se nos muestra el patetismo de la condición humana, el propósito de retardar la muerte mediante la memoria, que es volver a vivir lo ya pasado.
Al final la muerte, efectivamente, se hace presente. Pero la muerte tiene la misma cara para todos, sin excepción.

12 de abril de 2011

EL HACEDOR DE SILENCIO (Antonio di Benedetto)


El hacedor de silencio”, me gusta el título con que Plaza y Janés publicó esta novela. No obstante, hay que reconocer que tal vez sea más acorde con el contenido, el título (más hispanoamericano) de la primera edición: “El silenciero”.
Estructurada en cortos pasajes y con apenas doscientas páginas, es un libro que se lee sin esfuerzo.
Di Benedetto continua con su kafkiana fijación por lo absurdo. En esta ocasión el comportamiento humano, revestido de absoluta normalidad, de un razonamiento aparentemente cabal, se pone en evidencia de tal modo que se muestra como la causa de ridículas situaciones y de fatales desenlaces.
Nuevamente la atrayente prosa de di Benedetto enriquece la sencilla historia, una trama con pocos personajes, que se mueven en un pequeño círculo de relaciones y paisajes que conforman sus vivencias.
El hacedor de silencio” da muestras claras de que quien escribe no es un autor más. Di Benedetto, a medida que se lee, va dejando una estela apenas perceptible, que provoca en el lector una confusa sensación que le hace creer que por fin conoce las respuestas.
Detalles que me parecieron geniales en McCarthy resulta que ya estaban en una pequeña novela publicada hace más de cuarenta años. Tristemente para él, di Benedetto escribía en español, pecado imperdonable en nuestro mundo hispano, que del anglosajón coge a toneladas desperdicios y retales inservibles.
«Besarión ha venido. Mi madre no sabe si permitirle que me vea en cama y magullado. Lo deja en la vereda y viene a consultarme. Que pase.
Pasa.
»

8 de marzo de 2011

ZAMA, de Antonio di Benedetto


Antonio di Benedetto nació el año 1922 en Mendoza, Argentina. Murió en Buenos Aires el diez de octubre de 1986. Su vida profesional transcurre dedicada al periodismo, llegando a ser responsable de algunas publicaciones importantes de su país. En época del dictador Videla fue detenido y torturado. Durante varios años vivió exiliado en España.

No sabía de este autor hasta que leí una excelente reseña de David Pérez Vega.
Como un adolescente que descubre el lenguaje de Quevedo o el tono de Cervantes, así se disfruta de la escritura de Antonio di Benedetto. Sobre todo impresiona el uso inesperado de algunos verbos, que sorprende al lector con expresiones que parecen no haberse escrito nunca antes; es la herramienta maestra que permite que la novela funcione como una máquina precisa aunque sin perder el regusto artesanal.
La historia se inicia con la apariencia de una narración en primera persona. Finales del siglo XVIII, un corregidor cuyo trabajo le ha confinado en una pequeña ciudad, apartada de la capital, cuenta su vida mientras espera la llegada de su sueldo y de un nuevo destino más cómodo y cercano a su familia.
De una trama más o menos lineal en la primera parte, el autor nos introduce en un extraño ambiente, mezcla a partes iguales de novela picaresca del siglo XVI y de novela kafkiana del siglo XX. Al final del libro, la traición, el dolor, la tortura y el absurdo de la existencia, toman forma como desenlace de la historia.
«Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí.
Siempre se espera más.
Sin embargo, esto lo discernía mi entendimiento; pero, con prescindencia de él, estaba entregado a una bruta inercia, como si mi cuota estuviese por agotarse, como si el mundo fuera a quedar despoblado porque yo no iba a estar más en él.
»

La lectura de Zama me ha hecho sentir culpable. Culpable de no haber leído durante años literatura hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Ni Vargas Llosa me salva de la falta, pues aún me quedan novelas como La guerra del fin del mundo o Conversación en la catedral.
Di Bendetto me trajo a la memoria el español culto de América, entre cantarín y espectacular, siempre preciso, siempre perfecto. Me trajo a la memoria la profunda impresión que me produjo Cien años de soledad y el pecado de una relectura pendiente. Me sobrevino la culpa por Casa de campo, de José Donoso, pendiente de leer desde hace años. Recordé el sabor acre del sudor en la húmeda selva de La casa verde y la culpa de no haber leído aún a Manuel Puig…
Imperdonable.

El libro tiene dedicatoria; incluso viene especificada la página en el índice. «A las víctimas de la espera.»

5 de marzo de 2011

Segundo aniversario


Este blog cumple dos años. Alguna persona muy cercana a mí tiene menos edad.
Los asuntos triviales que nos atañen están ahí para hacernos apreciar lo verdaderamente importante. Sólo es necesario darse cuenta de ello.

26 de febrero de 2011

BRUMMSTEIN / MACHINE (Peter Adolphsen)


Peter Adolphsen nació en Dinamarca, en 1972. Estudios incompletos de teatro, bellas artes y literatura. Ha publicado seis libros.
Así de breve es la nota biográfica que aparece en la solapa del libro. Si el propio autor da esos datos, no seré yo quien se interese en averiguar más sobre su curriculum.
Brummstein y Machine son dos novelas cortas e independientes, aunque sustentadas en un mismo principio, en una misma idea general. El autor muestra una irrefrenable atracción por la marcha de la existencia, por la infinidad de acontecimientos que se suceden sin fin a la vez que un sin fin de acontecimientos ocurren al mismo tiempo. Todo tiene un inicio idéntico, nada tiene final. En ambas historias el autor enhebra, con base científica, una serie de hechos que constituyen el devenir natural de la evolución. Los sucesos, que son enunciados de manera intencionadamente ordenada, conducen a un remate literario, a un desenlace fantástico. Por tanto, al narrar de este modo procesos puramente científicos e infalibles, acaban adquiriendo forma de pura serendipia.
Los personajes son tan protagonistas como las cosas: un átomo, varios átomos formando una molécula, una partícula viscosa, un trozo de pizarra, una nota de papel.
Adolphsen narra las historias con ritmo continuo, con independencia de la lógica cronología que categoriza los sucesos. Utiliza la misma velocidad de narración, la misma pauta, para detallar la descomposición de un mamífero que para contar la relación de hechos de la vida de una persona. No en vano, en cuarenta páginas caben cincuenta millones de años.
Adolphsen tienta la suerte novelando descripciones científicas en determinados pasajes. A pesar de ser asuntos interesantes y de estar narrados con agilidad, el lector, a medida que se prolongan tales pasajes, puede verse incitado a abandonar la novela e ir a la biblioteca para pedir en préstamo un manual de geología, anatomía, biología o astrofísica, según el caso. Es, por tanto, inevitable pensar en la documentación que el autor ha debido recolectar y que ha volcado tal cual en los relatos, pues poco filtro literario admite la enunciación de una ley científica.
Se trata, por tanto, de dos novelas que hacen de este libro un planteamiento narrativo muy interesante y poco habitual.

20 de febrero de 2011

TIEMPO DE VIDA (Marcos Giralt Torrente)


Marcos Giralt Torrente nació en Madrid, en 1968. Es licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Las novelas París y Los seres felices le han valido sendos premios patrocinados por la editorial Anagrama.

Tengo unos vecinos, matrimonio ellos, a quienes con cierta frecuencia oigo discutir y gritarse, faltándose el respeto de manera inaudita. Me resulta incómodo ser espectador indirecto de estas pequeñas mezquindades. Me incomoda porque lo que pueda llegar a escuchar de este intercambio de exabruptos no me interesa lo más mínimo. Me molesta ser espectador, no sólo indirecto sino espectador obligado, de una escena de la vida privada de otras personas.

Me ha resultado incómodo asistir como lector a la exposición de algunos trapos sucios de los protagonistas del libro. Durante la mayor parte de Tiempo de vida se respira un extraño ánimo de venganza. Venganza contra el propio padre, contra la segunda mujer de éste, quizá contra alguien más. Digo quizá porque el libro, a pesar de que el autor afirme que es un libro de dos (su padre y él), da la impresión de estar escrito para un círculo más o menos amplio de personas cercanas.
Casi toda la primera mitad de la narración parece escrita desde el punto de vista de un adolescente dolido por no haber conseguido la entera atención de su padre, divorciado de su madre. Por otro lado, el lector siente cierto pudor en determinados pasajes que narran discrepancias, trifulcas y roces muy privados. Contarlos tal vez sea valiente; ahora bien, se corre el riesgo de que al lector no lleguen a interesarle detalles de una intimidad tan intransferible.

En la segunda mitad, el relato comienza a tener cuerpo, se va tornando algo más asumible para el lector, a pesar de seguir apareciendo detalles exclusivos del entorno del escritor. A partir de aquí la lectura, in crescendo, va adquiriendo interés. La nueva relación con su padre, las reflexiones, las dudas, las culpas y vergüenzas que siguen presentes en el recuerdo. El conocimiento de cada gesto, de cada tono de voz, de cada expresión de su padre. El amor, en definitiva, que desprende el relato en algunos momentos, que al ser un sentimiento noble extrapolable a la vida del lector, hace que incluso los detalles más burdos, aunque inevitables y necesarios, de aspecto material o pecuniario sean más asimilables y aceptables por parte de quien lee.

«La noche del 31, cuando cae el año, él está sentado en una butaca y yo, a su lado, de pie. Ambos sabemos que brindaremos primero nosotros y dejaremos para más tarde el hacerlo con los demás, pero transcurre un tiempo, que a mí me parece largo, antes de que lo hagamos; un tiempo en el que nos miramos. Tiene los ojos muy abiertos y fijos en los míos, y, aunque me fuerzo a sonreír, no logro ser tan constante como él. ¿Cómo desear feliz año a quien no va a tenerlo?»

Marcos Giralt Torrente, con Tiempo de vida, ha soltado un peso que llevaba años soportando. Se ha quedado bien a gusto.

12 de febrero de 2011

Agradecimiento


Recibir un elogio por parte de alguien que merece nuestra admiración provoca una extraña sensación de entumecimiento. No se está seguro de si hay que seguir haciendo las mismas cosas que el día anterior o, de alguna forma, nuestro estatus en el mundo ha cambiado.
Un lugar en la red, Luminosa lentitud de la impureza, tiene el buen gusto de compartir con quien quiera pasarse por allí, entre otras cosas, una desprendida erudición y una ficción exquisita. Lo sostiene la firma de Hadrian Bagration, que, me atrevo a deducir, es un pseudónimo. Por tanto se trata de un autor y de un lugar que realmente merecen el halago, que generosamente se me otorga, por cada uno de los términos que aplica a este blog y a quien lo firma, superándolos con creces.
En la intimidad pocas cosas resultan más rentables que la lectura. El lector no requiere recompensa ni reconocimiento, le vienen dados por añadidura con el disfrute de los libros. Escribir sobre las lecturas es algo bien distinto, aunque puede parecer una inocente actividad: volcar en papel aquellos sentimientos que el autor de una novela ha logrado transmitir. En realidad, en el fondo de todo ello reposa el polvillo apenas disimulado de la vanidad, tal vez el defecto más explosivo, más volátil, del ser humano. Firmar lo escrito con pseudónimo no es sólo una coraza que impide un ego más henchido de lo conveniente, es un parapeto tras el que ocultarse después de escribir torpes pensamientos con palabras torpes.
Muchas gracias por su muy amable mención, Hadrian.

6 de febrero de 2011

EL REGRESO DE CONEJO (John Updike)


Segunda entrega de las cuatro que componen las aventuras de Harry Angstrom, el más famoso personaje de los creados por John Updike.
No es fundamental leer la primera novela de la serie (Corre, Conejo) para continuar con esta. Sí ayuda su lectura para entender sobre la marcha determinadas actitudes y ciertos reproches que dejan caer los personajes. Pero, como digo, quien no haya leído la novela anterior no tendrá ningún problema para disfrutar de El regreso de Conejo.
La profundidad con que narra Updike, su conocimiento de los personajes hasta límites casi innecesarios, la descripción del paisaje, de las calles de Brewer, cómo cuida su retrato y su evolución en el tiempo, y todo ello superpuesto en el complejo trasfondo social que el autor disecciona sin remilgos ni pacatería, hacen de El regreso de Conejo una auténtica obra de arte. Se entiende, leyendo esta novela, que John Updike sea considerado como uno de los más grandes novelistas estadounidenses del siglo XX. Y digo esto sabiendo que de las dos novelas que me quedan por leer de la serie son sendos premios Pulitzer. Es decir, que es de esperar que el nivel suba, pero ¿se puede?
El hombre llega a la Luna, la nave Soyuz anda por ahí danzando, Nixon hace pocos meses que ha jurado el cargo de presidente de los EE.UU y la guerra de Vietnam sigue activa. Conejo, un señor perteneciente a la clase media-apretada, entra, casi sin darse cuenta, en un submundo conocido pero lejano. Su mayor acercamiento era la mirada que echaba desde la ventanilla del autobús a su paso por determinados barrios. Y es que con solo una pequeña zancada, se traspasa la seguridad del propio entorno y se entra en otro que ni en la peor pesadilla se hubiera soñado cruzar. Así de cerca se está de lo peor. Dimensiones habitadas por personajes de periódico y actores de noticias de sucesos.
Y además, esos detalles nimios, superfluos, estúpidos, que resalta en medio de una acción, se convierten en auténticos alfileres de color que atraen nuestra atención por la importancia que tienen. Esos alfileres, a pesar de su aparente fragilidad, son los que mantienen la fuerza del pasaje. Por otro lado, la evolución de los personajes a lo largo de toda la historia es la evolución de su pensamiento, la derrota de sus prejuicios, que no percibimos a lo largo del relato, sólo cuando hemos cerrado el libro y reflexionamos sobre lo leído.
Escritura densa. El tiempo avanza lento. La continua introspección de los personajes, no sufre altibajos ni desvanecimientos a largo de toda la novela. Es de una perfección narrativa casi insuperable. No obstante, en determinados momentos llega a saturarme, producto de mi contrastada deficiencia como lector.
Al final de la novela, la conversación entre Harry y Mim, su hermana, deja el camino diáfano para la próxima entrega. Me muero de impaciencia.
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