26 de febrero de 2010

LOS CUADERNOS DE FRITZ KOCHER (Robert Walser)


Un genio no puede ser genial todo el tiempo, de la misma manera que un humorista no puede ser gracioso en cada momento de su vida. Digo esto porque el libro que nos ocupa, Los cuadernos de Fritz Kocher, es una soberana estupidez. Tan es así que comienzo a pensar que el estúpido soy yo, que algo se me escapa.
Hablamos del primer libro publicado por Robert Walser. En la edición original lo ilustraban dibujos de su hermano. Esto justificaría la compra del libro como curiosidad de coleccionista referida a la trayectoria del gran escritor, pero me temo que Pre-textos no ha publicado el libro con los dibujos incluidos, dejando al descubierto, sin apoyo, la relación de textos de un niño de primaria. Porque eso es este libro, la recapitulación de las imaginarias redacciones de un inexistente niño que murió antes de dejar la escuela.
Tal vez a principios del siglo XX pudiera significar algo, quizás. Entrado el siglo XXI este simpático librito no significa nada.
No pierdan el tiempo y lean otra obra de este autor. Porque merece la pena leer a Robert Walser.

23 de febrero de 2010

TODO UN HOMBRE (Tom Wolfe)


Tom Wolfe nació el año 1930 en Richmond, Virginia. Es el máximo representante del llamado “nuevo periodismo”, cuyo fundamento podemos resumir en la necesidad de ir más allá de la pura noticia haciendo uso de la literatura y así, con técnicas de documentación típicamente periodísticas, profundizar en el trasfondo de la historia.
El Romanticismo inauguró la estúpida costumbre de poner etiquetas o títulos a cosas que no lo necesitan. En realidad, esto del “Nuevo periodismo” es lo que de toda la vida, desde el siglo XIX concretamente, se ha llamado “Realismo”.
En uno de los artículos recopilados en su libro El periodismo canalla y otros artículos, Wolfe hace alusión a la coincidente reacción que tuvieron, tras la publicación de Todo un hombre, tres vacas sagradas de la reciente literatura estadounidense: Norman Mailer, John Updike y John Irving. Los tres coincidieron en la reacción desaforada y el desprecio más absoluto (incluida una colérica crítica de Updike en un programa de televisión), al referirse a esta novela. En el mismo artículo, Wolfe refiere que tardó más de diez años en publicarla porque cometió el error de querer plasmarlo todo.
El artículo referido lo leí antes que la novela. Por tanto, de los motivos que causaron el enfado de novelistas de tanto prestigio, sólo conocía la versión que el propio Tom Wolfe daba, basada sobre todo en justificaciones técnicas y en reflexiones sobre el cometido real y el futuro de la novela como expresión literaria; además no entendí entonces qué quería decir con eso de intentar contarlo todo.
Setecientas sesenta y dos páginas de novela. Resistí hasta la cuatrocientos veintidós, poniendo mucho, muchísimo, de mi parte. Comprendí los motivos de Mailer, Updike e Irving para realizar una crítica tan dura.
La novela arranca bastante bien, la idea del argumento es sugerente, promete. El desarrollo podemos resumirlo: Atlanta, personajes variados, diferente estatus social. Empresarios millonarios blancos. Prestigiosos abogados negros. Famosos deportistas negros. Pobre currante blanco. Bajos fondos negro. Alcalde negro. Bancarrota blanca. Cárcel blanca, negra e hispana…
El narrador es omnisciente y toma partido en el relato de manera descarada y poco sutil, describiendo las acciones del personaje de turno de manera grosera cuando se trata de ponerlo mal o de forma muy supuesta y cursi cuando es el caso contrario.
La jerga y la transcripción del acento de los personajes en los distintos ambientes que aparecen a lo largo de la historia, interrumpe el ritmo de la lectura, unido a las descripciones de escenas casi triviales que el autor convierte en aburridos e infumables pasajes, en un afán por alargar lo más posible la extensión del párrafo (por fin supe lo que significaba eso de “quería contarlo todo.”) Apenas se da oportunidad a la participación del lector; se mascan demasiado las descripciones de escenas y situaciones.
(…) Todas las demás, todos los chicos con tetas, ya estaban con las rodillas dobladas y los brazos extendidos, que levantaban y bajaban haciendo la “gaviota”, De modo obediente dobló las rodillas, se puso en cuclillas y empezó a aletear.
Mustafá Gunt dijo:
–¡Venga, delante! ¡Flop!, ¡Flop!, ¡Flop!, ¡Flop! ¡Na tanda más! ¡Vente más! ¡Flop… más… flop… más… flop… más… flop

Pero Wolfe no se cansa, lo vuelve a hacer una y otra vez:
(…) De todas formas, se trataba de un libro, y era el único que tenía. De modo que empezó a hojear la introducción del profesor Bemis… Scrack, scrack, scraaaccck hacían los ventiladores… ¡Zraguuum! Gluglugluglugluglugluglú hacían los váteres… Putaputaputaputa hacían los reclusos… Vaya rollo ese libro…
Antológico, ¿eh?
En casi quinientas páginas, pasajes como estos he leído más de los deseados.
De vez en cuando nos golpea Wolfe con expresiones inverosímiles:
El apodo le quemaba literalmente el tronco cerebral
Por si fuera poco, la labor del traductor redondea el desastre:
Y el reloj tictaqueando, tictaqueando, tictaqueando…
Cada centavo de nuestro flujo de caja está prededicado.”
Mi intención era volver a leer a Tom Wolfe cuanto antes, en concreto La hoguera de las vanidades, novela de reconocimiento unánime, pero la lectura de alguna crítica, digna de mi absoluta confianza, de su novela Soy Charlotte Simmons frena mi ánimo. Además este señor cuenta historias de setecientas en setecientas páginas y eso persuade mucho. Con Todo un hombre mi cupo de Tom Wolfe está cubierto para una larga temporada. Tiempo al tiempo.

16 de febrero de 2010

LA CARRETERA (Cormac McCarthy)


Cormac McCarthy nació el año 1933 en la ciudad de Providence (Rhode Island). Se trata de un escritor rodeado de cierto enigma y misterio, principalmente porque no se prodiga en apariciones mediáticas ni concede entrevistas, para mayor gloria, aún, de Oprah Winfrey.
La carretera es una novela excelente. Punto… y seguido. Elegida la historia, el paisaje, el ambiente y sus protagonistas, el siguiente paso (y tal vez el más difícil) es elegir el narrador. McCarthy usa el narrador deficiente, muy cinematográfico él, y no sólo acierta de lleno con su elección sino con su manejo, haciéndolo partícipe directo de la propia historia. Aunque es justo decir que la rigidez que exige este tipo de narrador hace flaquear a todo autor que lo usa y Don Cormac no es una excepción. Es decir, que tarde o temprano acaba apareciendo el narrador omnisciente en algún pasaje de la novela.
Si en ocasiones se elogia la capacidad del escritor para hacer pasar desapercibido el estilo utilizado en la narración, este libro es la oportunidad para elogiar a un autor por todo lo contrario; el lenguaje y el estilo son tan protagonistas como los personajes de la novela.
Antes de continuar, es digno de mención el trabajo sensacional del traductor Luis Murillo Fort.
Un padre y su hijo (el hombre y el chico) sobreviven en un mundo apocalíptico en el que no hay colores; bueno sí, sólo un color: el gris de la ceniza que lo tiñe todo. Gris: los árboles, los ríos, el mar.
Las descripciones de escenas y paisajes se realizan con frases cortas y telegráficas, pero curiosamente no se echa en falta nada más. Los diálogos se deslizan en medio de la narración, sin solución de continuidad y sin hacer uso de las habituales normas de puntuación; además su contenido es escueto, seco, breve. Todo ello nos hace ver con mayor claridad la vida miserable y el horror del mundo en que se desarrolla la novela.
A media tarde empezó a nevar otra vez. Vieron cómo los copos de color gris claro descendían de la primera y taciturna oscuridad. Siguieron adelante. Una frágil capa de nieve líquida formándose en la oscura superficie de la carretera. El chico se rezagaba a cada momento y el hombre se detuvo para esperarlo. No te separes de mí, dijo.
Andas demasiado deprisa.
Iré más despacio.
Continuaron.
Otra vez no me hablas.
Estoy hablando.
¿Quieres que paremos?
Yo siempre quiero parar.
Hemos de tener más cuidado. Yo he de tener más cuidado.
Ya lo sé.
Pararemos, ¿vale?
Vale.
Sólo hace falta encontrar un buen sitio.
Vale.

A lo largo de la novela (sólo en un par de ocasiones) el protagonista interviene, reflexionando ante el lector. La voz del personaje aparece de repente intercalada entre narración y diálogos, como una voz ajena pero que oímos justo ahí, en el centro de nuestro cráneo, como una alucinación.
A pesar de la sequedad de los diálogos, éstos dejan entrever, de modo increíble, ternura y amor entre padre e hijo. El único rasgo humano entre tanta desolación, tanto desastre y tanta muerte.
Cuando se dedicaba a mirar cómo dormía el chico había momentos en los que empezaba a sollozar sin poder controlarse pero no por la idea de la muerte. No estaba seguro de cual era el motivo pero pensaba que tenía que ver con la belleza o con la bondad. Cosas en las que ya no podría pensar de ninguna de las maneras.
Sólo un “pero”: el diálogo final entre el hombre y el chico. Dadas las circunstancias de toda la historia, peca tal vez de meloso. Imagino al editor usando todos los medios a su alcance para persuadir a McCarthy de que un final luminoso vende más que un final gris. Te prometo que si cambias el final te consigo el Premio Pulitzer, dijo.
Vale.
Y así, la esperanza sigue viva en medio de la ceniza.

10 de febrero de 2010

LAS COSAS DEL CAMPO (José Antonio Muñoz Rojas)


José Antonio Muñoz Rojas nació en Antequera (Málaga) en 1909. Poeta, ensayista y experto conocedor de la poesía inglesa, tradujo al español a John Donne o William Wordsworth, entre otros. Premio Nacional de Poesía en 1998 por su libro Objetos perdidos, obtuvo además el IX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2002.
En 1951 publica su obra en prosa más conocida: Las cosas del campo, referencia indispensable de la literatura del siglo XX en lengua española y de la que Dámaso Alonso apuntó: “Has escrito, sencillamente, el libro de prosa más bello y más emocionado que yo he leído desde que soy hombre.”
Hace poco, estando en la presentación de la novela de un amigo, charlando con gente que asistía al acto, se pidió la recomendación de algún libro de prosa poética. Me vino a la cabeza la inminente lectura de Las cosas del campo, pero como sólo lo conocía de oídas no me atreví a nombrarlo.
Admito que sé de poesía lo mismo que de vino: cualquiera puede distinguir un vino excelente de uno mediocre. Sólo se necesitan papilas gustativas. Pues con la poesía me ocurre algo parecido. La poesía sostenida por el talento, la cultura y el lenguaje no necesita de más conocimiento técnico que sentir cuando se lee. Ella sola te hace estremecer, como quien recibe una sacudida y despierta de un sueño profundo.
José Antonio Muñoz Rojas plasma el campo en un pequeño libro de poco más de cien páginas. El campo, la naturaleza, aglutinada en tamaño tan escaso pero expuesta al lector con tal perfección, sólo puede ser obra de un genio del lenguaje y la poesía.
El ritmo de la vida rural acompasado por el experto conocimiento de cada estación, cuyo nacimiento barrunta el brote de una flor o la llegada al lugar de algún pequeño pájaro. El carácter de cada árbol, que, como el de las personas o los mismos animales, es distinto y así florece, pues no nace igual la flor de la tímida higuera que la del joven manzano.
Y la gente del campo. Miguelillo el pavero; huérfano. La temporada de los zorzales ha terminado con la aceituna. Hoy no ha comido.
Narciso el cantor. Con este nombre, madre ¿cómo no voy a cantar?
Las amazonas. Más propias de un rancho americano del siglo XIX. Siempre armadas y cabalgando de noche. El Estado es un engaño de unos cuantos para sacar dinero a los infelices.
Y Juanillo, y los hombres del campo. Y los jaramagos y la matalahúga. Las nubes y los álamos blancos. El verano, el ojiblancar y las abejas.
Toda una experiencia. Un libro de viajes, de reposo, de aventuras. Un descanso para el alma que así, a pequeños sorbos, se mantiene viva.
Si les preguntan por un libro de prosa poética, ya saben: Las cosas del campo.
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