31 de enero de 2010

EL CAMINO (Miguel Delibes)


La inminente partida hacia la ciudad, para continuar los estudios, de un niño de once años, es el inicio de esta entrañable novela. A partir de ahí ocurre lo que tiene que ocurrir cuando gente con talento se dedica a contar historias escritas: pasan cosas, te diviertes, te ríes, te apenas… Porque todo está bien contado y expresado con ingenio.
La vida de un pequeño pueblo castellano, que se supone debería ser aburrida y monótona, es el escenario de una sucesión de aventuras y desventuras protagonizadas por unos personajes muy divertidos y retratados de manera excepcional. El recuerdo del niño nos mete de lleno en las vivencias del pequeño pueblo y nos sitúa en medio de una serie de sucesos que bien podrían estar entre Las aventuras de Tom Sawyer y las de Don Quijote, sin ser ni querer ser unas u otras. Esta novela nos hace reír del mismo modo que nos provoca tristeza o intranquilidad, pues Delibes consigue retratar la vida cotidiana de manera sencilla, sin alardes ni piruetas dramáticas.
El lenguaje de la novela es llano, impregnado de aroma rural, pero riquísimo en su vocabulario y elegante y certero en las expresiones y giros.
Los recuerdos del pequeño protagonista se convierten en un cúmulo de lecciones aprendidas que, sin percibirlo, le abren al conocimiento del mundo real: el descubrimiento del verdadero significado del amor de su madre, la sensación irracional que se siente al enamorarse de alguien que es inalcanzable, aprender el significado de la fuerza bruta frente a la inteligencia, el valor de la jerarquía en la relación con los demás, las extrañas reglas de los adultos que sin motivo justificado deben respetarse, percibir el miedo a dejar la seguridad del pueblo, apreciar por vez primera el paisaje que le rodea sin haber sido consciente hasta ese momento, el descubrimiento del verdadero amor en la persona que menos se espera…
Y como para morir sólo hay que estar vivo, la muerte cierra el paréntesis de recuerdos y devuelve a la realidad al protagonista y al lector.
Hemos llegado donde la Vida nos ha permitido llegar. Nadar en el rápido manteniéndonos a flote nos hace creer que decidimos la dirección de nuestro movimiento, cuando en realidad, si hubiéramos podido elegir, nos daríamos cuenta de que ni tan siquiera queríamos mojarnos. ¡Qué soberbios!

26 de enero de 2010

LA HORA VEINTICINCO (C. Virgil Gheorghiu)


Virgil Gheorghiu era rumano, nació en 1916 y falleció en 1992 en la ciudad de París, donde residió como Patriarca de la Iglesia Ortodoxa en Francia. Huyó de su país tras la llegada del régimen comunista presidido por Ceaucescu. Escribió varias decenas de libros de todo tipo, pero su gran éxito es sin duda La hora veinticinco, publicada en 1949.
Que a uno le puedan arruinar la existencia, de manera injusta, es más fácil cuanto más pobre y corrupta y menos libre sea la sociedad en que se vive. La Rumanía existente al inicio de la Segunda Guerra Mundial era campo abonado (como gran parte de Europa Central) para la injusticia, el abuso y el genocidio.
Gheorghiu encara la tragedia de la Segunda Gran Guerra desde un enfoque propio de libro superventas. Una historia bien tramada, con recovecos por los que desaparece un personaje secundario que vuelve a escena en el momento más inesperado. Personajes de todas las clases sociales que se ven envueltos de manera irremediable en un desastre sin parangón, cada uno tomando el papel que más le conviene o aquel que le ha tocado en suerte. La condición moral de cada uno sale a flote, sin remilgos ni tapujos, sin convenciones sociales ni urbanidad.
La irracionalidad del conflicto internacional aniquila cualquier atisbo de cultura o esperanza. Es preferible caminar hacia la alambrada y ser muerto por el disparo de un guardián, que sucumbir siendo testigo de la destrucción de todo lo humano.
Pero por encima de todo destaca el personaje principal, al que Gheorghiu coloca como centro de todos los males y padecimientos, llegando en ocasiones a ser protagonista de historias esperpénticas y de situaciones kafkianas. Iohan Moritz es el símbolo, la representación, del sufrimiento de millones de personas inocentes.
A pesar de la dureza del trasfondo, en ocasiones el autor recurre a la ironía como manera de señalar el paroxismo de la estupidez humana. Por ejemplo, el final es abrumador.
En fin, que el autor no da puntada sin hilo.

22 de enero de 2010

LA NIETA DEL SEÑOR LINH (Philippe Claudel)


Philippe Claudel nació en Nancy en 1962. Guionista de cine y televisión y profesor de literatura, en la actualidad se dedica exclusivamente a la escritura.
Un viejo y una niña. Las dos representaciones básicas de la debilidad, de la indefensión, los dos símbolos humanos que más piedad despiertan. Si a esto le unimos que se trata de un viejo que huye de un país aniquilado por la guerra, que lo ha perdido todo y que lo único que le queda es un puñado de tierra y una foto, el panorama no puede ser más doloroso y desolador. Y además su nieta de pocos meses.
Pues bien, eso es la novela de Claudel La nieta del señor Linh: tristeza. Tristeza a chorros. Oleadas de tristeza que se estampan contra el lector. Raudales de pena y de tristeza. La soledad, el abandono, la pérdida, la pobreza, el recuerdo. Sólo un puñado de tierra y una foto. Y su nieta. Y envolviendo todo ello, mucha pena y tristeza.
Y es que no se le puede reprochar al autor que nos haga pasar un mal rato porque, aunque nos parezca novelesco y muy fotogénico, hay personas que realmente no viven más que eso: muerte y memoria, supervivencia en el mejor de los casos. No está mal que de vez en cuando, se nos recuerde esto de manera contundente, pues la televisión se ha convertido en la máquina mágica de convertir en trivial todo aquello que aparezca en pantalla, todo.
Utiliza Claudel un narrador omnisciente para ambientar la desgracia que envuelve como un halo al protagonista. Además plasma con agudeza, de forma inteligible y creíble, los diálogos entre personajes de distinta lengua.
El desarrollo de la historia es lineal, sólo en un par de ocasiones el autor interrumpe, levemente y de manera acertada, el hilo de la historia para intercalar una analepsis o un sueño.
La historia provoca tanta pena y tristeza que cuando se percibe un pequeño atisbo de esperanza, no sabemos si alegrarnos por ello o reprochar al autor que no remate la tristeza con tristeza, la pena con pena.
Estupenda novela, exponente claro de un escritor con talento.

16 de enero de 2010

MIRA SI YO TE QUERRÉ (Luis Leante)


Luis Leante es murciano, nacido en 1963. Ha publicado varios libros de relatos y novelas juveniles.
La historia que nos presenta en Mira si yo te querré es flojilla. El paisaje en que se sitúa invita a exigir más de la trama. La España del año 1975, con el trasfondo de la muerte de Franco y el abandono del Sáhara despierta unas expectativas que no se cumplen. Lo fundamental se reduce a un clásico chica conoce chico; chica se enamora de chico; chica embarazada de chico; chica pierde chico; chico se retira del mundanal ruido... Es decir, que comenzamos con un legionario en el calabozo de un cuartel, acusado de traición, oyendo el trajín de los preparativos para emprender la salida del Sáhara y este prometedor inicio se transforma en una historia algo melancólica de amor-desamor.
Se tocan muy de pasada todas las posibilidades que ofrece semejante momento histórico. Incluso las costumbres saharauis quedan levemente esbozadas, a pesar de notarse la clara intención del autor de usar a este pueblo como trasfondo del argumento. Da la impresión de que se han cortado pasajes del texto.
La novela se lee con comodidad. El lenguaje usado por Leante es directo y fluido, con pocas metáforas y con descripciones ligeras engarzadas en el propio desarrollo de la historia. Además juega con el tiempo de manera muy correcta y precisa, logrando que a pesar de los vaivenes, de las idas y venidas en el tiempo, el lector nunca pierda el hilo de la trama. Esto da idea de un escritor que maneja con soltura la técnica.
Estamos ante una novela en la que el estilo y la técnica son muy superiores a la anodina historia que sirve de base al libro. Sólo el excelente final permite recuperarnos (levemente) del sabor a poco que nos deja esta novela y entristecernos (mucho) por lo que, con semejantes mimbres, pudo ser y no fue.
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