Mi próxima reseña estará dedicada a un libro de Pla, de Josep Pla. Desde siempre sé que es obligatorio leer algo de este autor. Hasta ahora no lo he hecho. Siempre me gustó este hombre. Con esa cara de travieso, esos ojillos que se rasgaban en la sonrisa, la voz calada por el tabaco pronunciando las frases con un simpático acento catalán. Además hablaba y escribía con inteligencia y sentido común.
Decía Pla, entre otras muchas cosas, que lo fundamental de un escritor es ser inteligible. Para escribir tienen que entenderte.
El libro que reseñaré esboza de forma somera la vida de algunos importantes personajes del arte. Uno de ellos es Dalí, a quien de manera inevitable relaciono con Buñuel y Miró.
Desde la infancia tengo presentes las imágenes de un ojo sajado por una navaja, de hormigas saliendo de la palma de una mano o de una señora que en lugar de la boca tiene el bello de la axila. Tengo memoria de unos tigres saltando hacia mí desde dentro de un pez que sale de una granada, de un señor con bigote pintoresco que intentaba hacer el tonto, aunque uno deducía que debía ser inteligente porque la imbecilidad no es tan descarada. Tengo constancia del retrato de una señora que se peinaba y no se veía a simple vista; no obstante la señora estaba ahí y yo lo sabía.
Ya en la adolescencia, entre las lecturas iniciáticas, que por lo general sólo valen para eso, para hacerte sentir adolescente, se cuela alguna imprescindible. Recuerdo, por ejemplo, el relato titulado El beso, de Samuel Beckett.
Usar los sueños, el pensamiento, lo intangible, como algo igual de cierto que lo visible y llegar a lo inexplicable. Sin embargo, el espectador tiene su significado en la punta de la lengua sin ser capaz de expresarlo, sólo de sentirlo.
Los artistas con talento siempre son inteligibles.
Por otro lado, tener capacidad de juntar palabras escritas sin decir nada resulta algo muy rentable. Que se lo pregunten si no a Burroughs o a Pynchon.
A Burroughs, por lo menos, no se le entiende nada desde la primera palabra. Un señor que combina al cincuenta por ciento opiáceos y sangre en su sistema circulatorio y es capaz de redactar un texto, merece la admiración del mundo universitario y por extensión de todos los culturetas del más allá. Es algo que da mucho prestigio intelectual. Leer a Burroughs. El arte de no decir nada o de no saber lo que se dice, o de no saber tan siquiera lo que se quiere decir. En fin, ahí lo dejo.
A Pynchon por desgracia se le entiende todo y queda peor parado. Thomas Pynchon en La subasta del lote 49, nos cuenta una historia sin sentido, con muy buenas palabras, eso sí. Pero lo hace narrando acciones y sucesos cotidianos. Narra la “nada” mediante un anecdotario continuo protagonizado por personas de carne y hueso, con ciudades que existen en la realidad, con organizaciones que recuerdan a las reales... Si una señora queda con su abogado y se acuesta con él, si visita a un experto filatélico (con pinzas y lupa incluidas) y hablan de sellos falsificados, si su marido trabaja en la radio, si bebe güisqui y se emborracha, si conduce un Chevrolet Impala por la autopista, todo ello conlleva de manera inevitable algo perfectamente comprensible y palpable para el lector. Precisamente por eso, porque se entiende con facilidad, no puede llevarse cada página escrita a un término que signifique “nada”.
En honor a la verdad, debo decir que mi opinión es que detrás de La subasta del lote 49 no hay nada que merezca la pena. Para paliar esto, Pynchon no se droga, desaparece. Triunfo rotundo. Alguien capaz de redactar un texto con éxito de ventas y no aparecer en los medios de comunicación, merece la admiración del mundo universitario y por extensión de todos los culturetas del más allá.
De adolescente imaginaba que cuando fuera mayor escribiría una novela fundamental. En mi contrato con la editorial habría una cláusula que dejaría bien claro mi nula participación en la promoción del libro. Procuraría pasar desapercibido. Se me han adelantado. Y por lo que veo, mi idea no era mala (ni original).
Lo más triste de este libro es el prestigio exorbitante de su autor. El lector se arrastra por la novela sin dejar de preguntarse ¿dónde está el genio?, seguro que aparece, ¿dónde está? Aquí no se encuentra. Habrá que seguir buscando.
Ummm, interesante reseña, pero parece que es mejor dejar paso a otros libros ¿no?. No lo conocía.
ResponderEliminarMe interesa la reseña que hagas de Pla.
Un abrazo.
Me encantan tus reseñas porque son claras y directas. Además de creativas. Muy buenas
ResponderEliminarGracias.
ResponderEliminarTenia muchas ganas de leer esta resena.
ResponderEliminarCuando estaba en la universidad hice un curso de doctorado sobre Pynchon, donde nos tragamos Lot 49, y de postre Gravity's Rainbow. Recuerdo que mis impresiones mientras iba leyendo el primero oscilaban entre un cierto interes y una ligera mala leche, aunque tampoco tuve la sensacion de que el autor me estuviera tomando el pelo (como me pasa al ver algunas peliculas de Jean-Luc Godard, al que las novelas de Pynchon me recordaron un poco).
Antonio, una vez más gracias por dejar tu opinión. Un privilegio que te agradezco.
ResponderEliminarHe releído la reseña y hubiera sido más correcto, y más cercano a lo que pienso, escribir:
En honor a la verdad no sé qué hay detrás de La subasta del lote 49.
Este señor parece que nos guía por un interesante camino y de golpe todo se convierte en cartón piedra. Es muy desconcertante.
Para colmo me acaba de llegar Contraluz... Millones de páginas escritas por Pynchon. ¿Me corto las venas o me las dejo largas?
Hola:
ResponderEliminarYo leí hace años este lote 49, y la verdad es que también me defraudó bastante. Aunque quizás vuelva en algún momento a otras de las novelas de Pinchon.
Sin embargo, sí que me parece interesante Borroughs, seguramente tú te refieres como oferente de nada a El almuerzo desnudo, que a mí me gustó, pero entiendo las reservas. Otros libros suyos como Yonki y Marica sí me parecen llenas de contención y sentido.
saludos
Efectivamente, David, hablando de Burroughs quería referirme a El almuerzo desnudo. Debí dejarlo más claro.
ResponderEliminarNo será ocioso recordar que el título de la novela Pynchon esconde un juego de palabras que es,. como todos ellos, banal: "The Crying of Lot 49" puede interpretarse, en lengua natal de John Keats, como la "subasta" o el "lamento" del lote: el verbo "cry" designa igualmente el acto de gritar, llorar o vocear, como en los públicos remates, las bondades de un artículo. La aclaración no quita ni agrega al mérito literario de Pynchon nada más que la de servir de prólogo para señalar que fue éste discípulo de Nabokov y que Harold Bloom, en general en estado de acierto, lo bendijo al colocarlo entre sus preferencias contempóraneas, tal vez en una jornada demasiado generosa. Coincidentemente, el otrora venerado Arthur Conan Doyle, hoy merecidamente relegado al ámbito adolescente, escribió una historia fantástica (en el sentido del género) llamada "Lote 249", en la que un estudiante de Oxford se hace con una momia y un pergamino que contiene una fórmula que la vuelve a una vida obediente. Excepto por el sobrevuelo de un perenne esoterismo velado en la novela de Pynchon, no rememoro contacto mayor con Conan Doyle que la recurrencia a la numerología.
ResponderEliminarMi ínfima opinión es que Pynchon intentó con esta obra fabricar un sitio en el mercado de las literaturas similar al que Umberto Eco aspirara y fracasara más tarde con su "El Péndulo de Foucault": páginas de cultivada facturación fundidas con la etérea sospecha de la existencia de una vasta conspiración, que el autor no osa tomar demasiado en serio en virtud del descrédito que sobre ellas opera de este lado del papel. Al igual que con su "Mason & Dixon" tres décadas después, Pynchon juega a ser un personaje más de sus novelas y, como en toda ocasión en el feliz mundo que es el Norte de América, parlamentarismo y división de poderes copiados de la vieja Inglaterra incluidos, logra su cometido con medianía constante.
Dice usted: "tener capacidad de juntar palabras escritas sin decir nada resulta algo muy rentable". Y pienso yo que a usted lo que no le resulta rentable es tener la capacidad de leer palabras escritas y no entender nada. Que usted no haya entendido nada de lo que cuenta Pynchon quizá no sea culpa de Pynchon, sino suya. Esas cosas nos pasan, a veces, a los lectores, ¿no cree? Pynchon es un autor jodidamente difícil, eso no se lo niega nadie. A mí también ha conseguido desesperarme en más de una ocasión, como a tantos otros lectores. Pero, por favor, no olvidemos que el talento del escritor necesita de la participación del talento del lector. Así que no eche balones fuera, aplíquese y lea mejor. Su reseña suena a la parábola de la zorra y las uvas.
ResponderEliminar¡Me trata de usted, Daniel!
ResponderEliminarEspero que no sea tan injusto como para exigir a los demás aquello que usted no pudo realizar. Junto con La subasta del lote 49 compré también Vineland. La subasta es mi primera lectura de Pynchon. Como indica en su interesante blog, usted necesitó una segunda novela (esta precisamente) para empezar a gozar de este autor. Creo que a este tío se le puede leer sin seguir una cronología rigurosa. Cualquiera que sea su primera lectura, necesitará otra cualquiera para atisbar algo de disfrute. Cuando terminé La subasta, compre Contraluz. Por lo tanto tengo pendiente dos señores tochos de este autor, que pienso leer.
Claro que me culpo, en su justa medida.
A partir de aquí apartamos el tratamiento de cortesía. Nos tuteamos.
No dejes de pasarte por aquí y comentar lo que creas conveniente. Es un honor.
Debo hacer notar respetuosamente al amable autor de esta página que concuerdo con la pretensión del Sr. Espinar: desde muy joven he insistido, en imitación del único rasgo de carácter que me acerca a las alturas de Borges, en ser tratado con solemnidad; son sabidos los arranques de fastidio que a éste le generara el hábito de Mujica Láinez de evitar formalidades necesarias al dirigirse a extraños y ajenos. Sabré que he iniciado el declive de la vejez cuando mi opinión se asiente en la costumbre opuesta.
ResponderEliminarEs dable imaginar la satisfacción que hubo de causar a Pynchon el bautizar ambiguamente su obra: para el lector cuya comodidad reside en al lengua inglesa, "The Crying of Lot 49" arranca sospechas tanto del voceo de un artículo a rematar cuanto al lamento que los diccionarios sentencian como el más adecuado para explicar el verbo "cry". El regocijo de Pynchon es equiparable al faux pas cometido por Eco décadas más tarde: no pocos apresurados fanáticos del medievalista adquirieron un ejemplar de "El péndulo de Foucault" creyendo que hallarían en la exagerada dilatación de esas páginas vasto cotilleo acerca del extinto pensador francés. Aun cuando es posible encontrar vagos paralelismos eróticos y esótericos en ambas novelas, amén del escasamente osado recurso de la etérea conspiración universal, el volumen del italiano no contó con la canónica bendición de Harold Bloom, cuyos aciertos en lo que toca al juicio del pasado nos empujan a olvidar ciertas desatinadas y cansinas referencias a las glorias presentes de autores cuyo mayor logro es la reiteración, carente de asombro, de la página anterior y su reproducción en aquélla que le sigue.
No es imposible que Umberto Eco haya imaginado emular la serena confusión que empaña las líneas de Pynchon, ni que Pynchon se esfuerce por aparecer como la huidiza y hosca reencarnación de Salinger. Nuestra gloria más duradera suele ser un fracaso; el primer Bonaparte es, a excepción de en Francia, sinónimo de Waterloo y no de Austerlitz. De Pynchon recordaremos que Arthur Conan Doyle, en años victorianos y movido por su fe en el esperitismo, redactó un fantástico (en su acepción de género) cuento en el que un estudiante de Oxford, Abercrombie Smith, estrella su incredulidad contra un enajenado colega que posee un pergamino capaz de conceder obediente resurrección a una momia a través de una fórmula secreta, y que el desquiciado y vengativo hombre adquiriera en pública subasta bajo el rótulo de "Lote 249".