16 de mayo de 2010

UN TRANVÍA EN SP (Unai Elorriaga)


¿Y ahora qué digo de este libro?
Hablamos de la primera novela de Unai Elorriaga, publicada cuando aún no había cumplido los treinta años. Un joven escritor entre tantos miles.
Esta novela es un engañabobos. Me explico:
Cuando terminas su lectura piensas que está bien. Que es entretenida y simpática. Algo si no original, sí fresco y actual. Da la impresión de resultar interesante haberla leído. Utiliza la simpleza (en su más amplio significado) de manera que al final de la lectura le deja a uno un “no sé qué” agradable. Pues eso. Bien. Vale.
Pero resulta que esta novela recibió el Premio Nacional de Narrativa 2002.
Y es que el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Narrativa es otorgado por el Ministerio de Cultura a la mejor novela publicada, el año anterior, en cualquiera de las lenguas de España. ¡Toma ya!
Sabido esto es cuando el concepto de la novela cambia completamente.
Debemos estar ante una obra algo más que aceptable. Estamos ante una novela seria. Entonces uno se pregunta: ¿Es Un tranvía en SP la mejor novela publicada en España el año 2001?
Así pues, una simpática novela con un premio de tal calibre, pasa a ser tratada como una novela ratificada y recomendada al más alto nivel de la literatura española. Lo que implica que el lector tenga unas fundadas expectativas de total maestría en la imposible tarea de contar historias por escrito. Hablamos de la mejor novela del año. ¡Ahí es nada! En este trance es cuando se nota que algo falla porque lo leído ni de lejos se asimila a una obra magistral. A partir de aquí, el lector reflexiona y analiza de modo más riguroso el texto, como merece la mejor novela de 2001, y sin mucho esfuerzo ese agradable “no sé qué” se descubre como algo sin sustancia.
Como ya se ha dicho, la trama es simple como ella sola. No por la sencillez de los personajes o la historia. Entiéndase simple como simpleza, como mirar una oveja triscando hora tras hora. Esto desorienta e incluso desarma, aunque en principio no tiene por qué estar mal. Pero resulta, además, que el lenguaje usado es plano, ramplón y simple, sí. Lo que en un sentido práctico es muy ventajoso, pues se lee con facilidad, a la hora de juzgar la novela como una obra de arte, la coloca a la altura de la más brillante redacción escrita por un estudiante de bachillerato que no comete faltas de ortografía. Hoy en día, sólo esto último es todo un mérito que merece un premio, tal vez el Premio Nacional de Narrativa otorgado por el Ministerio de Cultura.
“Fue Marcos el primero en subir al muro. Eran algo más de dos metros. Se puso de pie. De idéntica forma a la que se pondría de pie encima de un muro de algo más de dos metros cualquier persona de treinta y cuatro años. Incluso cualquier persona de treinta y tres años.”
El desorden narrativo merece ser catalogado de legendario, no precisamente por traer a la memoria a Robert Walser sino por ocultarse cucamente detrás de una historia comandada por la demencia de un senil protagonista, hermano de una senil protagonista a los que se une un joven que bien podría solicitar una paga del Estado y no lo sabe. Esto de narrar entre gente rara no deja de ser una buena excusa para no trabajar como es debido en el libro que estás escribiendo.
La novela está repleta de toques poéticos con sabor a comida recién sacada del tuperware. Y es que el filete empanado está muy rico para una excursión a las afueras de la ciudad, sin mayor pretensión que la de pasarlo bien. Lo que hace que uno se ponga a la defensiva es que te intenten hacer creer que lo que comes es nouvelle cuisine y que estás en París.
“Ahora por lo menos tengo esa opción: pasar todo el día en casa sin sacar la guitarra de la funda. Leer, comer, leer, mirar por la ventana, leer. Hasta la noche. Pero esa especie de vacación tiene un inconveniente; inmenso, no obstante: se me enfrían los pies. (...) Entonces no me queda otro remedio que tomar sopa. Pero hay veces que falla, que no llega hasta los pies, y me acobardo. Hay, sin embargo, otra forma de calentar los pies: leer la Biblia.”
Tras el premio viene el mercadeo. El dinero paga los palmeros con algún corifeo más o menos famoso, jaleando la supuesta genialidad de lo simple, de lo sencillo. Revistas, diarios, radio y televisión esparcen el mensaje y todos aplauden. El traje nuevo del rey, vamos.
Pues lo siento, yo veo al rey en ropa interior.
No soy injusto al tratar así esta simpática novela. Son injustos los que conceden semejante premio a una novela semejante. Tal vez lo injusto sea que exista este premio.
Repito: ¿Es Un tranvía en SP la mejor novela publicada en España el año 2001?

1 comentario:

  1. Sí, una de las formas más eficaces de cargarse un libro es sobrevalorarlo, y eso pasa también con los de algunos autores consagrados, cuyos últimos títulos son saludados muchas veces como indiscutibles obras maestras sin un solo defecto, cuando en relidad dejan mucho que desear o no están a la altura de otros anteriores.

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