16 de febrero de 2010

LA CARRETERA (Cormac McCarthy)


Cormac McCarthy nació el año 1933 en la ciudad de Providence (Rhode Island). Se trata de un escritor rodeado de cierto enigma y misterio, principalmente porque no se prodiga en apariciones mediáticas ni concede entrevistas, para mayor gloria, aún, de Oprah Winfrey.
La carretera es una novela excelente. Punto… y seguido. Elegida la historia, el paisaje, el ambiente y sus protagonistas, el siguiente paso (y tal vez el más difícil) es elegir el narrador. McCarthy usa el narrador deficiente, muy cinematográfico él, y no sólo acierta de lleno con su elección sino con su manejo, haciéndolo partícipe directo de la propia historia. Aunque es justo decir que la rigidez que exige este tipo de narrador hace flaquear a todo autor que lo usa y Don Cormac no es una excepción. Es decir, que tarde o temprano acaba apareciendo el narrador omnisciente en algún pasaje de la novela.
Si en ocasiones se elogia la capacidad del escritor para hacer pasar desapercibido el estilo utilizado en la narración, este libro es la oportunidad para elogiar a un autor por todo lo contrario; el lenguaje y el estilo son tan protagonistas como los personajes de la novela.
Antes de continuar, es digno de mención el trabajo sensacional del traductor Luis Murillo Fort.
Un padre y su hijo (el hombre y el chico) sobreviven en un mundo apocalíptico en el que no hay colores; bueno sí, sólo un color: el gris de la ceniza que lo tiñe todo. Gris: los árboles, los ríos, el mar.
Las descripciones de escenas y paisajes se realizan con frases cortas y telegráficas, pero curiosamente no se echa en falta nada más. Los diálogos se deslizan en medio de la narración, sin solución de continuidad y sin hacer uso de las habituales normas de puntuación; además su contenido es escueto, seco, breve. Todo ello nos hace ver con mayor claridad la vida miserable y el horror del mundo en que se desarrolla la novela.
A media tarde empezó a nevar otra vez. Vieron cómo los copos de color gris claro descendían de la primera y taciturna oscuridad. Siguieron adelante. Una frágil capa de nieve líquida formándose en la oscura superficie de la carretera. El chico se rezagaba a cada momento y el hombre se detuvo para esperarlo. No te separes de mí, dijo.
Andas demasiado deprisa.
Iré más despacio.
Continuaron.
Otra vez no me hablas.
Estoy hablando.
¿Quieres que paremos?
Yo siempre quiero parar.
Hemos de tener más cuidado. Yo he de tener más cuidado.
Ya lo sé.
Pararemos, ¿vale?
Vale.
Sólo hace falta encontrar un buen sitio.
Vale.

A lo largo de la novela (sólo en un par de ocasiones) el protagonista interviene, reflexionando ante el lector. La voz del personaje aparece de repente intercalada entre narración y diálogos, como una voz ajena pero que oímos justo ahí, en el centro de nuestro cráneo, como una alucinación.
A pesar de la sequedad de los diálogos, éstos dejan entrever, de modo increíble, ternura y amor entre padre e hijo. El único rasgo humano entre tanta desolación, tanto desastre y tanta muerte.
Cuando se dedicaba a mirar cómo dormía el chico había momentos en los que empezaba a sollozar sin poder controlarse pero no por la idea de la muerte. No estaba seguro de cual era el motivo pero pensaba que tenía que ver con la belleza o con la bondad. Cosas en las que ya no podría pensar de ninguna de las maneras.
Sólo un “pero”: el diálogo final entre el hombre y el chico. Dadas las circunstancias de toda la historia, peca tal vez de meloso. Imagino al editor usando todos los medios a su alcance para persuadir a McCarthy de que un final luminoso vende más que un final gris. Te prometo que si cambias el final te consigo el Premio Pulitzer, dijo.
Vale.
Y así, la esperanza sigue viva en medio de la ceniza.

7 comentarios:

  1. Muy interesante. Nos encantaría contar con tu opinión sobre La carretera en este Club y que sugirieses un libro para la próxima lectura. Muchas gracias.

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  2. Es una buena teoría la del final pasteloso, no sería de extrañar. Lo más lógico es que el niño se hubiese suicidado o se lo hubiesen comido sin patatas, pero los yankis llevan la ñoñería en la sangre. Aún así es un novelón, de los mejores que se pueden leer.

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  3. Muy ajustado tu comentario a los valores de la novela. Lo suscribo casi totalmente. Con un par de restricciones. Sobre el predominio de la técnica de narrador "deficiente" o cinematográfico es obvio que es la que da el tono y el estilo a la obra. Pero no considero que sea un error o una concesión el introducir en ciertos momentos otros enfoques que enriquezcan la historia. Lo verdaderamente importante es la exigencia de lo contado, su verosimilitud, creo, por encima de cualquier tiranía técnica. Doy por muy buena la heterodioxia en el estilo (y en muchas otras cosas) frente a una ortodoxia "castrante" en pos de una ejecución "correcta". La técnica está a disposición de la historia, y no al revés.
    Por otro lado, tampoco me parece una concesión el diálogo final padre-hijo. No veo esa ñoñería que apuntas. Todo lo contario: esa ternura contenida a lo largo de toda la historia, que parece aparentemente seca pero que mantiene la tensión emocional por debajo, merece un final abierto a la esperanza. Ésta está presente en todo el libro. ¿Qué es sino esperanza lo que mueve al protagonista a una lucha imposible por la vida? ¿a una búsqueda útópica de ese "sur" que parece simbolizar la eterna búsqueda del hombre más allá del dolor? Esperanza es esa supervivencia y esa creencia en los valores que el padre quiere transmitir a su desorientado hijo. Y la puerta queda abierta al final al valor de la lucha humana en medio del caos.
    Para mí es una novela perfecta, que me impactó sobremanera (hasta pesadillas tuve)y que sabe extraer del arquetípico escenario apocalíptico (tan manoseado por el cine, el malo)una visión preclara de la existencia, que va más allá de la anécdota del fin del mundo. Novela para el aprendizaje, pues. Y también lección de contención narrativa.
    Gracias siempre por tus reseñas.

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  4. Se me olvidó otro matiz. El contenido emotivo de la invariable respuesta del niño: "Vale". Creo que en esta palabra, repetida a lo largo de la historia se resume toda esa ternura, toda la resignación y la inocencia. Tú, por tu parte, rematas con esa palabra (un poco irónicamente) tu comentario. Vale.

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  5. Elena, gracias por tu comentario. Después dicen que yo afino demasiado.
    Para que no haya malos entendidos: me dan unas ganas locas de decir que La carretera es una obra maestra. Me muerdo la lengua porque hay que dejar pasar algún tiempo para ver como envejece.
    Personalmente creo que el narrador deficiente es imposible de mantener en una narración que profundice en las relaciones y sentimientos humanos. Pero, como a ti, me da igual como se narre si el resultado final es tan bueno.
    El final no es una concesión. Es necesario. Para lector y escritor. Lo que hago es exponer una teoría basándome en el premio que obtuvo la novela. Los premios son la peste.
    Espero que pronto podamos vernos y discutir sobre el contenido de la historia. No me atrevo a seguir con el comentario porque no tendría suficiente con mil palabras más.
    Es un privilegio leerte. No dejes de pasarte por aquí.

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  6. En el trabajo que hice de La verdad sobre el caso Savolta, no sé cómo pude tener la brillante idea de afirmar que decir que el lenguaje era un tercer personaje, cerrando el triángulo que sobrevuela el libro. La profesora me dijo que el lenguaje nunca puede ni es un personaje. Y me puso un 6. No le gusto mi sugerencia.

    Ahora veo que no era tan descabellada.

    La carretera es una obra maestra.

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  7. Sí, cada minuto que pasa recordando ese libro y cada frase que leo de una nueva novela, me corroboran que "La carretera" es una obra maestra.
    Por otro lado, me parece indignante que una profesora de literatura no sepa entender una observación teórica como la tuya sobre el analisis de una novela. Ella sí que es un personaje.

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