30 de diciembre de 2010

LOS SEIS MEJORES LIBROS RESEÑADOS EN 2010

Durante el año 2010 he leído menos de lo que hubiera querido. Bien está lo que hay. Estos son, sólo según mi criterio, mis seis mejores lecturas de este año que, a la fecha de esta entrada, acaba en breve.
1º LA CARRETERA, de Cormac McCarthy.
2º MERIDIANO DE SANGRE, de Cormac McCarthy.
3º AMERICAN PSYCHO, de Bret Easton Ellis.
4º LAS COSAS DEL CAMPO, de José Antonio Muñoz Rojas.
5º FAHRENHEIT 451, de Ray Bradbury.
6º HOGUERAS EN LA LLANURA, de Shoei Ooka.

21 de diciembre de 2010

EL LECTOR (Bernhard Schlink)


Bernhard Schlink nació en Bielefeld (Alemania), en 1944. Es juez. Por su manera de redactar, se nota.
Según puede leerse en la contraportada, El lector es una novela muy premiada. Ha sido galardonada en Italia, Francia y Alemania. Lástima que los premios literarios no sean garantía alguna de calidad indiscutible.
Con un narrador en primera persona que cuenta la historia en pasado, la novela es corta, unas doscientas páginas. Se divide en tres partes que siguen un orden cronológico. Los capítulos ocupan apenas un par de páginas, lo que hace muy cómoda la lectura.
La escritura de Schlink es correcta, sólo eso. Correcta para un informe pericial, quiero decir. Es poco expresiva, poco comunicativa, fría. Haciendo memoria no recuerdo ni una sola metáfora, lo que da idea del poco sentimiento que transmite.
En la primera parte, no encuentro nada destacable. Ni la manera de narrar, ni el lenguaje, como digo, ni la propia historia, muestran algo novedoso u original en la forma o en el fondo. Schlink pierde la oportunidad de preparar el terreno, de ablandar al lector, de hacerle sentir lo que siente el protagonista, un adolescente. Si sentirán los adolescentes… Ser adolescente es exudar sensibilidad, sensiblería, miedo, llanto, amor, deseo, tristeza, alegría, pereza, nerviosismo, curiosidad, audacia, ingenuidad, ignorancia, sexualidad… Y que decir si encima mantiene relaciones sexuales con una mujer de treinta y tantos.
El autor tan sólo se atiene a contarnos la historia desde el punto de vista del narrador una vez adulto. Y el resultado es algo más parecido a un informe que a una novela.
En la segunda parte, muestra la novela un leve punto de inflexión, que comienza una curva ascendente aunque sólo sea por el breve giro que da la historia. Por lo demás, Schlink, sigue siendo tan cicatero como en la primera parte, hasta tal punto que el protagonista evita relacionarse, incluso con sus compañeros universitarios. Por tanto el perfil psicológico del protagonista tan solo se muestra a través de reflexiones y no mediante su relación con terceros. Sólo se enfoca la atención de la historia hacia los dos protagonistas.
Para más inri, en la trama hay un par de giros fundamentales, que el autor no quiere, o se muestra incapaz de ocultar hasta el momento necesario. Se hacen visibles mucho antes de que se destapen en la narración.
Entre la segunda y la tercera parte aparece lo más interesante del libro. Usando al protagonista, Schlink realiza una breve reflexión sobre la revisión continua que hace el pueblo alemán de su pasado más inmediato. Reflexión necesaria tratándose de un país que es representativo de los adelantos económicos y sociales conseguidos tras la Segunda Guerra Mundial.
De la tercera parte sólo cabe señalar nuevamente la avaricia sentimental de este escritor. En un momento de la novela, el protagonista llora.
Mientras la directora hablaba, yo seguía arrodillado mirando las fotos y las notas y sofocando el llanto. Cuando me di la vuelta y me senté en la cama, me dijo:
–Tenía tantas ganas de que usted le escribiera… Sólo recibía correspondencia de usted, y cuando repartían el correo preguntaba: “¿No hay carta para mí?” (…)
Volví a callar. No habría podido hablar, sólo balbucear y llorar.

Schlink no es capaz de mostrar el llanto, no es capaz de transmitir la emoción del momento. Como un cronista nos lo tiene que contar el narrador, el propio protagonista, de la novela y del leve llanto. Todo muy frío.

7 de diciembre de 2010

CORRE, CONEJO (John Updike)


John Updike nació en Pensilvania, en 1932. Es considerado uno de los grandes escritores de la literatura norteamericana del siglo XX. Falleció en enero de 2009.
Corre, Conejo se publicó en 1960.
Densa y arenosa lectura. Novela ambientada en una mediocridad hiriente, en un paisaje gris. Con la forma de narrar de John Updike, la frustración, identificada como fracaso, y la huída hacia delante, se adhieren al lector como una pegajosa tela de araña.
Los sentimientos y la pasión aparecen sólo cuando es inevitable y lo hacen con una costra de escasa sinceridad y repletos de egoísmo, sólo emparentados con el placer más inmediato: puro hedonismo (de nuevo).
Ante una historia tan agobiante, el lector pretende hacer fluido su paso por el relato, deslizarse lo más cómodamente posible por el asfixiante ambiente que le rodea. Pero Updike consigue retener el avance a su antojo, y aquél tiene la impresión de correr por la pendiente de una gigantesca duna, viéndose obligado a embadurnarse del hastío que envuelve a los personajes, a profundizar en sus frustraciones, en sus fracasos.
Con una escritura arcillosa, embarrada unas veces y árida en otras ocasiones, resaltando detalles inútiles para el desarrollo de la escena, y por tanto de la trama, pero que convierte en centro de atención con su descripción obsesiva de los por menores más insospechados, el autor lo deja bien claro: si quieres seguir leyendo, te mojas. Si no quieres sentir lo que sienten mis personajes, cierra el libro.
Es diestra con los palillos y resulta agradable verla comer así, una mano en el regazo con la palma hacia arriba. A Conejo le gusta ver cómo agacha la cabeza, ese cuello grueso que se adelanta y alza los amplios tendones en los hombros para acercar los labios al bocado sujeto sólo con la presión imprescindible entre los palillos. Es curioso que las mujeres rollizas tengan esa delicadeza.
En otro momento escribe:
Sonriendo aliviado, él se incorpora sobre un codo y besa la carnosa mejilla laxa, admirando su tenaz textura porosa.
Es obligado destacar el manejo de las metáforas. Metáforas inverosímiles, muy originales, y muy literarias a pesar de todo.
Joyce le mira y, como una lámina que se ondula, el miedo tira de un ángulo de su rostro. Parece estar al borde de las lágrimas.
Otra:
El bebé gimotea infatigable, yace en la cuna y produce un irritante ruido de algo forzado, como una rozadura débil y persistente en una puerta interior. ¿Qué quiere? ¿Por qué no duerme?
La original técnica y el profundo trabajo de elaboración del perfil psicológico de los personajes obligan a seguir hasta el final. Se trata de una novela consistente y de gran nivel, con la que Updike obliga al lector a mojarse, hasta que por fin corre con el protagonista… Corre, corre.

11 de noviembre de 2010

AMERICAN PSYCHO (Bret Easton Ellis)


Bret Easton Ellis nació en 1964, en Los Ángeles. Fue encuadrado en un artificioso grupo de elegidos denominado Generación X, nombre tomado de la novela homónima de Douglas Coupland, que por cierto leí en su momento y de la que sólo me queda el recuerdo de unos protagonistas muy jóvenes trabajando en Japón en el sector de la publicidad. No me desagradó aquella lectura.
Con un narrador protagonista en primera persona, Bret Easton Ellis plantea una historia directa. Hecho tras hecho. Acto tras acto. Los acontecimientos se suceden sin descanso. El lenguaje es directo, con frases cortas y diálogos muy ágiles, desordenados en sus réplicas y a veces sin sentido aparente aunque definidores del tipo de gente que protagoniza la novela. Estos diálogos son la munición más letal que Ellis usa para criticar a la élite de aquella época, finales de los ochenta, en la que el dinero ejerció una atracción sin precedentes sobre toda una generación de jóvenes que querían ser millonarios antes de cumplir los treinta. Eran admirados y respetados. De hecho, apostaría a que si hoy volvieran a surgir ese tipo de jóvenes, también serían muy respetados y admirados. El dinero y el hombre no cambian.
De todo aquello, algo queda. Como algo queda de la trasgresión musical de Elvis en los años cincuenta, del movimiento jipi de los sesenta o incluso de la tradición romántica del siglo XIX. Somos caracteres producto del constante cúmulo de restos de nuestra cultura.
Ellis hace de la novela un continuo alarde de inteligencia. La importancia del título es, tal vez, el mejor ejemplo.
American Psycho:
Sólo con el título el lector tiene la información fundamental: el protagonista es un asesino. Incluso antes de matar a nadie, cualquier mención que haga de un miembro u órgano humano almacenado en su frigorífico, no provocará extrañeza en el lector.
El autor narra una historia comenzada tiempo atrás. El lector se incorpora a ella en plena marcha.
Maniático de la moda y de la ropa cara, Patrick Bateman reconoce la marca del vestuario de todos aquellos que le rodean o se cruzan con él. De hecho, una característica de la novela es el detalle minucioso que continuamente hace el protagonista del vestuario de los personajes.
El culto al cuerpo también es llevado al extremo. Varias horas diarias de gimnasio y el cuidado y aseo de la piel, la manicura, rayos “UVA”, peluquería… El paraíso de la apariencia: soy joven, tengo dinero y soy guapo, ¿quién me supera?
Hasta casi la mitad del libro, Easton Ellis consigue plasmar la locura contenida del protagonista y poco a poco introduce su cara más tenebrosa y sádica. El detalle con que cuenta el protagonista sus estados de ánimo, unido a sus reacciones físicas, fisiológicas, consigue que el lector se haga una idea clara del estado mental del protagonista.
American Psycho se publicó en el año 1991. El momento justo. Su éxito fue atronador.
El relato es aterrador en determinados pasajes. Explícito siempre, tanto en las escenas de sexo como en la narración de los crímenes. La violencia narrada de manera tan expresa, no trata más que de transgredir los parámetros estéticos y narrativos del momento. Hoy ese debate está más que superado, precisamente porque entonces, en la fecha de publicación de la novela, se mantuvieron enfrentamientos agrios y violentos. Estos pasajes en el tramo final de la novela son de tal dureza, que su lectura se hace difícil.
Por ejemplo: unas páginas después de relatar la tortura, vejaciones y asesinato de dos chicas, vienen veinte páginas de ágil pero frívolo diálogo a tres bandas sobre qué restaurante elegir para hacer una reserva para la cena. Es decir, que el lector aún no se ha recuperado de las traumáticas escenas cuando es devuelto al hedonismo más superficial e inofensivo. Ellis lo introduce en la piel del psicópata. No es agradable, pero resulta admirable la pericia con que el autor lo consigue.
El caos mental del protagonista llega a su cenit en plena ebullición del mencionado tramo final. Aquí ocurre algo muy interesante: el narrador protagonista en primera persona pasa a ser, sin solución de continuidad, narrador omnisciente en tercera persona.
… la descarga de adrenalina me hace jadear y sólo consigo avanzar unas cuantas manzanas de casas, en parte debido al pánico que me domina, pero fundamentalmente debido a la sangre, sesos, trozos de cabeza que cubren el parabrisas, y apenas consigo evitar el choque contra otro taxi en la esquina de Franklin –¿es Franklin?– con el Greenwich, torciendo violentamente hacia la derecha, y paso rozando el costado de una limusina aparcada, luego meto marcha atrás, avanzo chirriando por la calle, conecto los limpiaparabrisas, dándome cuenta entonces de que la sangre del cristal está por dentro, por lo que intento limpiarla con la mano enguantada y avanzo rápidamente y casi a ciegas por el Greenwich hasta que pierdo el control por completo y el taxi se desvía y alcanza una tienda coreana, cerca de un restaurante karaoke que se llama Lotus Blosoon en el que había estado con unos clientes japoneses, mientras el taxi derriba los estantes de fruta, atraviesa una pared de cristal, el cuerpo del cajero choca contra el capó, Patrick trata de meter la marcha atrás, pero no entra, se baja del taxi, se apoya en él, sigue un silencio en el que se impone el nerviosismo.
–Buena la has hecho, Bateman –murmura, mientras sale cojeando de la tienda, mientras el cuerpo del capó se queja, agonizando, Patrick no tiene ni idea de dónde ha salido el policía que se le acerca corriendo desde el otro lado de la calle y grita algo por un transmisor portátil, creyendo que Patrick está aturdido, pero Patrick le sorprende echándosele encima antes de que el policía pueda sacar el arma y los dos caen juntos en la acera…

Un par de páginas después vuelve el narrador protagonista en primera persona, tal como desapareció.
… saludando con la cabeza a Gus, “nuestro vigilante nocturno”, firma y se dirige al ascensor, a las plantas superiores, hacia la oscuridad de su piso, recupera por fin la calma, seguro en el anonimato de mi nueva oficina, capaz, a pesar del temblor de manos, de coger el teléfono inalámbrico, mirar mi Rolex, exhausto, y los ojos caen sobre el número de Harold Carnes, marco lentamente la siete cifras…
En American Psycho, los personajes no reconocen a nadie. Toda la novela se la pasan equivocando nombres y preguntándose si aquel que entra en el restaurante es Mengano de la firma Tal & Tal o si ese de la barra es Fulano de Cual & Cual.
En la selva nadie conoce a nadie. Desaparecer y ser olvidado. Sólo se recuerdan las tarjetas de visita.

25 de octubre de 2010

TODO ARRASADO, TODO QUEMADO (Wells Tower)


Wells Tower, nació en Vancouver (Canadá) el año 1973 aunque desde pequeño vive en los Estados Unidos. Ha publicado sus relatos en diversos periódicos y revistas y ha ganado importantes premios.

Con el ascensor nació una experiencia sin parangón y una nueva forma de comunicación: las conversaciones de ascensor. Es decir, comunicarse con una o más personas compartiendo un ridículo espacio durante breve tiempo, sin tener posibilidad de rectificar la posición para recuperar la intimidad del aura.
Las conversaciones de ascensor se entablan porque las personas agrupadas, invadiéndose el espacio vital mínimo, se provocan cierto malestar. Hay que distender esa violenta situación y para ello se inicia una conversación sin un sentido claro, ni falta que hace. Pero se inicia con un motivo de fondo, que es el fundamento esencial de este tipo de charlas: importa un pimiento el interlocutor, importa un pimiento. No interesan ni su opinión ni su manera de ver las cosas. No interesan su cara, su ropa ni su vida. Sólo se desea que el cansino ascensor llegue de una vez al piso que se ha pulsado.
Esta reseña se sostiene sobre el mismo fundamento que las conversaciones de ascensor: el libro que se trata en esta entrada me importa muy poco. No me importan nada los temas que toca; me dan igual los paisajes y personajes de sus historias; no me interesa el lenguaje que usa y la técnica narrativa no muestra nada nuevo.

Ahora imaginen un lector perdido en la Casa del Libro. No tiene claro cual será su próxima lectura. Hojea libros para ver qué compra. Entre sus manos tiene Todo arrasado, todo quemado y en la primera página lee lo siguiente:
Bob Munroe se despertó boca abajo. Le dolía la mandíbula, los pájaros matutinos aullaban y tenía los calzoncillos bastante sucios.
Unas líneas más abajo:
Ahora estaba rodeado de migas: debajo del pecho desnudo, metidas en los pliegues sudorosos de los hombros y el cuello, aunque notaba que la más grande y la peor de todas la tenía dentro de la raja del culo, como si alguien hubiera disparado ahí una flecha de sílex.
¿Pájaros matutinos? Los pájaros sólo son. De todo el día. ¿Es el gallo un pájaro matutino?, ¿el gorrión?, ¿el mirlo? No sé de ningún pájaro que sea sólo de la mañana y caiga fulminado al llegar el mediodía. Y además no aúllan. No aúllan ni metafóricamente: cantan, ululan, pían, gorjean, incluso chillan… O, tal vez, algunos emitan unos horrendos sonidos que parecen aullidos.
¿Dentro de la raja del culo? Tufo a escritura de niñato que no escandaliza ni a las monjas. Se puede describir de modo más elegante y provocador, pero sobre todo de una forma más literaria.
En la primera página aúllan pájaros matutinos y nos planta de golpe una raja del culo. Peculiar uso del idioma que, con toda probabilidad, hará que el lector perdido no compre el libro. Es lo que yo hubiera hecho si no fuese porque es el elegido por el grupo de lectura que frecuento.
Comentado el detalle de la primera página, señalemos que Todo arrasado, todo quemado es un libro de cuentos.
Finales abiertos, temas cotidianos, incluso anodinos, cierta tensión, cortos desvíos de la trama para volver al hilo de la historia. Vamos, que se trata de otro autor que bebe de Carver, Salinger, Cheever...
Tower es un autor joven. Es legítimo imitar el estilo de los clásicos y hacerlo de forma correcta no es fácil. Espero que en el futuro escriba algo que me interese.

19 de octubre de 2010

GRANDES TIPOS (Josep Pla)


Inicio la lectura de Pla con este breve y agradable libro dedicado a personajes catalanes que han dejado huella en la vida cultural de su tiempo, algunos incluso una influencia enorme en las artes a nivel mundial.
Los personajes en cuestión son Arístides Maillol, Salvador Dalí, Isidre Nonell, Antonio Gaudí y Pau Casals.
Es fácil deducir que no se dedica a exponer una intrincada biografía de cada artista ni un sesudo estudio de su obra. No obstante, uno termina el libro con la impresión de que ha aprendido sobre ellos porque, en efecto, ha leído sobre sus vidas y sobre las peculiaridades e influencias artísticas de sus obras. Es curioso. Y es que Josep Pla toca levemente, lo justo, los aspectos típicos de cualquier biografía y se dedica a plasmar con detalle los asuntos más terrenales, los más cercanos a la vida de la persona, esos que despiertan el interés por conocer más de cerca a esos inaccesibles seres superiores.
El lenguaje de Pla embauca. Atrapa al lector con expresiones campesinas, llanas, pero de una profundidad intelectual y de una elegancia sólo asequibles a personas elegidas, dotadas para la escritura. Por fortuna, no se aprecia pérdida de calidad en la traducción del catalán al castellano; cosa lógica tratándose de dos lenguas que conviven desde hace siglos.
Ensayista y escritor de talla superior. Imprescindible.
Ya tengo preparada la que es considerada obra maestra de Pla, El cuaderno gris.

4 de octubre de 2010

TODO LO QUE MUERE (John Connolly)


John Conolly nació en Dublín, en 1968. Es columnista del Irish Times. Vive en Dublín pero pasa parte del año en Estados Unidos (esto en una contraportada de tu propia novela queda muy sofisticado, no he podido resistir copiarlo aquí.)
Hay títulos que deberían estar reservados para las obras maestras. Todo lo que muere es uno de ellos. Sacado de un verso de John Donne, es, de hecho, lo mejor de la novela. Si se añade que la fotografía de la portada es excelente y cumple muy bien su cometido, el libro como tal se convierte en un producto de consumo muy atractivo.

Todo lo que muere.
John Connolly
.
Título y nombre del autor encabezando una fotografía que transmite sobrecogimiento, un interrogante miedoso de lo que, imaginamos, podemos encontrar dentro.
Bien por la editorial. Tusquets.

Todo lo que muere es una novela policiaca. De detectives. Novela negra. Como quiera que se le llame al género en la actualidad.
No soy lector asiduo de novelas de género: vampiros, ciencia ficción, zombies, detectives, tapiceros… El caso es que desde hace tiempo tenía ganas de leer este libro, sin saber en absoluto de qué trataba.
Comienza la historia con un asesinato sanguinario y cruel en extremo. Continúa con un tiroteo a lo Bruce Willis en plenas facultades físicas y enganchamos con el detective Charlie Parker. No sé, no sé. Continúo leyendo.
El protagonista es un antiguo policía, cínico, temerario, que se lleva mejor con la gente del hampa que con los agentes del F.B.I. Es un señor que se hace acompañar por unos asesinos, muy simpáticos ellos, con los que el autor hace que nos encariñemos (porque los sesos desparramados de un malo no son tan desagradables de ver.)
La historia está narrada en primera persona, como los clásicos del género, con esporádicas analepsis que nos mantienen en el hilo de dos historias paralelas. Como no puede ser de otra manera, contribuyen al estilo narrativo las retorcidas metáforas propias de un detective solitario. Nada que se salga de lo común en este tipo de novelas.
La trama que monta Connolly no se puede negar que está muy elaborada. El autor no pretende en ningún momento inventar nada genial ni salirse del esquema clásico de la novela negra, sólo quiere contar una historia, algo truculenta, eso sí, que nos procure buenos ratos de lectura. Lo consigue.
Todo lo que muere es una novela recomendable para cualquier lector que quiera divertirse. Si el lector es aficionado al género policíaco no se arrepentirá de haber dedicado su tiempo de lectura a John Connolly.

27 de septiembre de 2010

EN LA FRONTERA (Cormac McCarthy)


Vuelvo a los dominios de McCarthy, esta vez a los años treinta del siglo XX, a la frontera entre Méjico y Nuevo Méjico, y otra vez, tras leer la última línea, cierro el libro conmocionado.
En la frontera es el segundo volumen de la trilogía de la frontera y, según mi criterio, es mejor novela que Todos los hermosos caballos. Posee mayor complejidad en la trama y mayor profundidad en la historia.
Quedo conmocionado porque McCarthy te hace caminar junto a sus personajes. Ves como se sorben los mocos, como sacuden el sombrero lleno de polvo o como avivan los rescoldos de la candela. Respiras el olor a palo quemado humedecido por el relente del amanecer, hueles el sudor de los caballos y sientes en la palma de la mano el temblor de sus flancos.
McCarthy es el escritor de los detalles ínfimos. A la vez que destaca el gesto más trivial, la mirada más silente, el detalle más prosaico, es capaz de envolvernos en el inabarcable paisaje de la montaña y el desierto, de hacer partícipe de la historia al cielo oscuro y salpicado de la noche.
Al mismo tiempo que nos narra la majestuosa presencia del lobo, el instinto de supervivencia convertido en inteligencia, nos muestra la limitación del ser humano en un medio tan adverso como la naturaleza. Al mismo tiempo que nos presenta personajes con una integridad y una honestidad casi innatas, aparecen en su relato la maldad y el odio más inexplicables. El desprecio de la vida como algo trascendente. Vivir al instante, sin respeto a nada ni a nadie, sin posibilidad si quiera de respetarse a sí mismo. La desesperanza y la tristeza asumidas como algo intrínseco de la propia vida.
La historia que McCarthy nos narra En la frontera es de una belleza espectacular, a ello hay que añadir la cantidad de acontecimientos que el autor narra con su habitual estilo, minucioso en el gesto, conciso en el diálogo y poético en la descripción de los paisajes.
El protagonista de la novela es un personaje solitario que en su deambular se cruza con gente sola y solitaria. Cuando regresa a casa, junto a su familia, lo ocurrido le hace comprender que lo mejor de la vida es la normalidad, que la vida es sólo una sucesión más o menos monótona de hechos triviales e intrascendentes. Que cuando la normalidad es sustituida por lo extraordinario sólo queda enfermedad, violencia y podredumbre.
Al final la soledad.
No obstante, con independencia de todo lo sucedido, al amanecer saldrá el mismo sol para todos, sin distinción.

22 de septiembre de 2010

DIARIO DE UN SEDUCTOR (Sören Kierkegaard)


Considerado el precursor del existencialismo, el danés Sören Kierkegaard (Copenhague 1813-1855) es conocido por su faceta de genial filósofo y ensayista. Personalmente desconocía que hubiera publicado novelas o relatos. Sentí curiosidad por ver qué escribía y cómo escribía ficción.
En la introducción el descubridor del diario nos explica las circunstancias que envuelven el periodo de tiempo que abarca la historia que se nos narra. Nos habla de sus protagonistas, a los que conoció de manera más o menos directa, de sus maneras y comportamiento, ahondando incluso en la enrevesada personalidad del autor del diario. Salvando las distancias, viene a la memoria la entrada del Quijote, donde Cervantes habla de los manuscritos de Cide Amete Benengeli encontrados por él. Es conocida la admiración que Kierkegaard sentía por Cervantes, de hecho en algún pasaje de este libro menciona la Gitanilla.
Una persona muy inteligente, conocida mía, me comentó en una ocasión que el afán desmesurado por acostarse con el mayor número posible de mujeres que tienen algunos hombres, se debe a que han sido incapaces de superar que su última pareja estable los abandonase. Esa manera, casi agresiva, de encadenar distintas relaciones parece más bien una venganza contra ella, contra todas. Misoginia, en fin.
El autor del diario, Johannes, aparte de misoginia supina padece un donjuanismo patológico. La manera de seducir de Johannes, manera poética y original, consiste en hacer de la dama en cuestión alguien totalmente entregada a sus deseos. Cuando el seductor sabe que la víctima es capaz de abandonarlo todo por él, es cuando la deja, sin que aquélla pueda reprochar ni exigir nada pues nada se le prometió ni se le exigió.
Seducir a una muchacha no es un arte, pero sí lo es, ¡y cómo!, saber encontrar a una muchacha que merezca la pena ser seducida.
A pesar del lenguaje romántico, de las situaciones “amorosas” que hoy nos parecen cómicas e infantiles, es curioso observar cómo el inicio de las relaciones entre hombre y mujer sigue teniendo las mismas bases.
En alguna ocasión expone reflexiones genéricas, nada rigurosas, tan sólo como mera diversión, sobre el condicionamiento sexual o la evolución social del hombre y la mujer. Por tanto, la recurrente discusión sobre mujeres contra hombres no es nueva.
Lo que en un principio sólo parece el relato del comportamiento infantil de la seducción de la época (visto desde hoy), acaba convirtiéndose en una interesante intriga provocada por la frialdad del protagonista controlando su deseo de hacerse atractivo a Cordelia, objetivo de sus estratagemas.
El cruce, la intervención de otros personajes y la complicación en la que se mete el protagonista para llevar hasta “buen fin” su plan meticulosamente diseñado, redondean la historia, que a pesar de la narración a modo de diario consigue mantener al lector en el hilo de una amena aventura. Entretenida narración llevada hasta el final de manera ingeniosa.

15 de septiembre de 2010

PLAGA DE PALOMAS (Louise Erdrich)


Louise Erdrich nació en Minessota, en 1954. Ha publicado varias novelas con las que ha obtenido varios premios y éxito de crítica. De hecho, esta novela se vende con una faja en la que con letra resaltona se exhibe un insuperable elogio de Philip Roth.
Un acontecimiento criminal ocurrido en 1906 es el aparente eje alrededor del cual el lector puede deducir que va a girar la novela. Pero resulta que Erdrich divide la novela en varias partes, no todas ellas necesariamente conectadas al incidente, y si la autora tenía intención de mantenerlas enlazadas no lo consigue.
Se nos narran las peripecias de los personajes involucrados de una u otra manera en aquel desgraciado suceso. Al tiempo de narrar la historia, los personajes que no han fallecido son ancianos que llevan toda la vida conviviendo con los descendientes y familiares de los demás actores del hecho. Cada cual narra lo que buenamente le conviene recordar. Nadie es culpable. Sólo cosiendo las distintas historias provenientes de las distintas memorias puede verse que, en realidad, nadie es inocente.
Erdrich, a continuación se embarca en la narración de las aventuras vividas por los antepasados de estos honrados criminales y de sus inocentes víctimas para fundar el pequeño pueblo en el que vive esta gente. Y es que la Historia (con mayúscula), aún tratando hechos sin amplia repercusión, es un hilo sin cortes que nos involucra a todos por igual con independencia de los actos del presente.
A partir de aquí no entiendo nada. La autora nos cocina una empanada de tal calibre, que ante el desconcierto que le sobreviene al lector, éste continúa leyendo para ver si el asunto acaba teniendo algún sentido.
Así pues, la novela que tiene un comienzo estimulante y atrayente acaba convirtiéndose en una larga divagación desordenada y difusa de los personajes narradores, que de manera arbitraria van apareciendo a lo largo del relato. En el último tercio de la novela el lector se ve envuelto en una vorágine de acontecimientos, vivencias y frustraciones de los personajes para los que no ha sido preparado en ningún momento de la historia, rompiendo así la armonía de la narración.
Probablemente mi cortedad intelectual me impide entender el significado y alcance de esta obra. Porque si Philip Roth dice que es una genialidad de novela, que alguien me diga quien es el valiente que apuesta por mi criterio.

6 de septiembre de 2010

ACANTILADOS DE HOWTH (David Pérez Vega)


David Pérez Vega, poeta madrileño nacido en 1974, es profesor de bachillerato y secundaria. Acantilados de Howth es su primera novela.
Siempre he mantenido una teoría, de esas chusqueras de andar por casa, que puede resumirse en lo siguiente: quien domina el idioma como para ser capaz de escribir poemas con cierto decoro, puede escribir una novela con mayor facilidad que cualquier mortal. No sé mucho sobre la técnica del verso pero creo que David Pérez escribe poesía con tino y talento.
La lectura de la novela resulta ser una lectura sorprendentemente agradable. Lo de “sorprendente” es debido a la carga de prejuicio con que, por desgraciadas y continuadas experiencias, acometo las novelas de escritores vivos.
David Pérez traza una trama sin vericuetos ni enrevesamientos, con personajes de carne y hueso, casi tangibles. Incluso acierta a intercalar un pasaje que tiene momentos tragicómicos: tres cuerdos ejerciendo de oligofrénicos es una buena base para provocar una situación pintoresca, y el autor consigue trasmitir la cómica angustia de los personajes de este pasaje.
Emplea una corrección en el lenguaje que, visto el panorama, merece mencionarse. El tono narrativo bascula entre moderadamente intimista y lejanamente poético, sin ñoñerías ni poses desenfadas “Retorció el trapo de la cocina, como si le estrangulase el cuello a la realidad o al ave sucia de la mala suerte.” Y algo muy importante: pasan cosas y aparecen personajes diversos y bien perfilados. Todo ello, bien mezclado, hace de Acantilados de Howth una historia cercana y atrayente.
A mitad del libro me sorprendí intentado alargar los períodos de lectura lo más posible. Y es que las abundantes analepsis hacen amena la narración y relajan la lectura con idas y venidas en el tiempo. Cuando despegaba la vista del libro, me daba cuenta de que llevaba un largo rato atado a una grata aventura que protagoniza un joven corriente entre gente corriente.
David Pérez nos retrata. Hace algo tan antiguo como colocarnos delante del espejo. Nos muestra una vida estructurada según los parámetros neutros que nos encajonan. Nadie busque en esta novela aventuras o vivencias espectaculares.
El hastío y el cansancio, la monotonía de la vida en pareja, con el trabajo como trasfondo, en el que realmente se emplea toda la energía no quedando fuerzas ni para hablar con quien se comparte la cama.
Ricardo, el protagonista, comienza a recordar su viaje de juventud a Irlanda y lo intercala con su vida de estudiante, con su vida de pareja, con su vida actual trabajando en una multinacional.
Con este panorama, intercalando aventuras de la adolescencia tardía, el lector comienza a preguntarse por el título de la novela. ¿Será metafórico? ¿Aparecerán realmente los acantilados? Hasta la mitad de la novela es trabajo del lector tenerlos en cuenta, aún sin haberse mencionado. Pero a partir de este punto el autor hace sentir de vez en cuando el sabor salado en los labios, el sonido de las olas chocando contra las rocas y el grito de las aves sobrevolando el mar. Durante el siguiente tramo de la novela el lector tiene ahora referencia explícita de los acantilados pero aún siguen sin aparecer. Hasta que por fin se muestran como lugar de meditación y apartamiento del protagonista durante su estancia en Irlanda.
Narrado desde Madrid, los acantilados de Howth se revelan como el lugar donde Ricardo deposita el recuerdo de su juventud. Donde deposita las frustraciones y la memoria de los errores cometidos. Donde se encuentra la inevitable interrogante de lo que pudo ser.
La sentencia es clara. Cuando se es joven todas las circunstancias que rodean la vida son consideradas eventualidades. Desde la perspectiva que da la madurez se acepta lo definitivo de la vida corriente.
“Mis padres no me reprochan nada, pero a veces creo sentir en ellos una resignada pasión por estar tristes. Lo noto en la forma de pasar las hojas de un periódico o de cerrar una puerta, entonces el aire hace corriente, y el portazo se clava en mí como un reproche. Supongo que esto se pasará cuando pueda dejar por tercera vez el cuarto de mi infancia.”

2 de septiembre de 2010

FAHRENHEIT 451 (Ray Bradbury)


Ray Bradbury nació el 22 de agosto de 1920 en Waukegan, Illinois. Escritor muy conocido por su excelente libro de cuentos Crónicas marcianas (1950), fue guionista de televisión, ensayista y poeta, además de novelista. Su obra enfoca principalmente el mundo fantástico y futurista, como una alegoría extrema de las deficiencias de la vida actual.
Fahrenheit 451 podría considerarse una novela que sin complejos toma el relevo de las geniales 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley.
Estamos ante una novela corta, 174 páginas, dividida en tres partes que continúan el hilo temporal de la historia. Bradbury utiliza el narrador omnisciente, lo que le permite un mayor control al exponer las situaciones y perfilar los caracteres de los personajes que van apareciendo.
La narración nos centra principalmente en las acciones y los sentimientos contradictorios del protagonista, que de casualidad conoce a una joven vecina de su barrio y descubre de forma casi intuitiva la necesidad de ir más allá en su vida anodina y carente de sentido.
Me viene a la memoria el nacimiento de la televisión.
La BBC fue una de las primeras cadenas en emitir. Los directivos de la televisión británica, ilusos ellos, creyeron tener en sus manos la más grande herramienta de la historia de la humanidad para acabar con el analfabetismo y la incultura. Así pues intentaron usar dicha herramienta en la India, por entonces colonia británica. El fracaso de los programas de divulgación y enseñanza fue tan estrepitoso que el proyecto televisivo en la India quedó en suspenso.
Bradbury nos plantea el posible futuro de una sociedad inculta y carente de motivación. Los gobiernos de nuestros países aprovecharán lo que “motu propio” los ciudadanos les han brindado en bandeja: la dejación de la lectura, el abandono de todo esfuerzo encaminado a enseñar o aprender, el olvido de la verdadera cultura. Sólo el hedonismo más perezoso, encabezado por la televisión, será el objeto primordial de nuestro tiempo libre.
La destrucción de la cultura como identidad propia y como fundamento de la sociedad occidental, con todo lo que ello significa, comienza con lo políticamente correcto. Bradbury pone en boca del jefe de bomberos las siguientes palabras:
Has de comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten. (…) A la gente de color no le gusta “El pequeño Sambo”. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con “La cabaña del tío Tom”. A quemarlo. ¿Alguien escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro. (…) ¿Los funerales son tristes y paganos? Eliminémoslos también.
Cualquiera puede pensar que es un comentario actual sobre la situación política y social que viven Europa y Estados Unidos en los últimos años. El abandono de los principios y confundir el enriquecimiento cultural con la renuncia a la propia cultura, base de nuestro próspero y avanzado sistema social, lleva inevitablemente a la destrucción y desaparición de toda libertad y desarrollo. Y algunas páginas después continúa el jefe de bomberos Beatty:
Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide una cosa llamada guerra. Si el gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello.
Bradbury lo clava: control social, cultural e informativo. Y sobre todo, control del lenguaje. Que la libertad no sea La Libertad. Que el progreso no sea El Progreso. Que la cultura no sea Cultura. Que la familia sean los presentadores de televisión. Que la felicidad sean los barbitírucos…
A la larga el hedonismo, como renuncia del nimio esfuerzo intelectual que supone la lectura de un poema, de un artículo, de una novela o un reportaje, acaba llevando al hastío y la apatía. Montag, el protagonista, comenta en un momento de la novela:
No lo sé. Tenemos todo lo necesario para ser felices, pero no lo somos. Falta algo. Miré a mi alrededor. Lo único que me constaba positivamente que había desaparecido eran los libros que he ayudado a quemar en diez o doce años. Así, pues, he pensado que los libros podrían servir de ayuda.
La lectura es la actividad lúdica intelectual que más respeto merece. Se realiza un esfuerzo que, en principio, no necesitamos para disfrutar de otras actividades. Escuchar música, asistir a un drama o comedia teatral o ir al cine, no requieren la dedicación de los sentidos y la concentración que necesita la lectura, en principio, repito. Visto así, cualquier dejación de la lectura conlleva inevitablemente la ignorancia y abandono del soporte cultural de cualquiera de las demás señas de cultura y disfrute intelectual.
¿Se da cuenta, ahora, de por qué los libros son odiados y temidos? Muestras los poros del rostro de la vida. La gente comodona sólo desea caras de luna llena, sin poros, sin pelo, inexpresivas. Vivimos en una época en que las flores tratan de vivir de flores, en lugar de crecer gracias a la lluvia y al negro estiércol.
Ray Bradbury no olvida tampoco el último resquicio al que se agarran los déspotas, por muy disfrazados que vayan de democracia:
(…) Sin embargo, recuerde que el capitán [de los bomberos] pertenece a los enemigos más peligrosos de la verdad y de la libertad, al sólido e inconmovible ganado de la mayoría. ¡Oh, Dios! ¡La terrible tiranía de la mayoría!
Y al final, la guerra.

8 de julio de 2010

TIERRA DESACOSTUMBRADA (Jhumpa Lahiri)


Jhumpa Lahiri nació en Londres aunque es ciudadana de los Estados Unidos, donde vive desde que tenía dos años.
Al parecer se trata de una escritora con un éxito descomunal, todo lo que publica tiene gran repercusión, por lo visto.
Cuando voy a leer un libro procuro cumplir ciertas reglas que me he impuesto con los años. No son nada complicadas y en absoluto sofisticadas, simplemente son producto de la experiencia. Manías, tal vez. Una de ellas consiste en no ojear la contraportada del libro hasta que haya terminado de leerlo.
Creí que iba a leer una novela, el índice no desvelaba nada que me hiciera pensar lo contrario.
Con un título horroroso, para mi gusto, Tierra desacostumbrada es un libro de relatos. Pero en conjunto son tan homogéneos en su forma, en su técnica y en las historias narradas, que aún habiendo leído los tres primeros, a pesar de su extensión (de treinta a cuarenta páginas cada uno de ellos), pudiera creerse que en cualquier momento las historias van a cruzarse y formar una sola trama. Los tres relatos del final, claramente ligados entre sí, pueden corroborar la sospecha de que se trata de un libro hecho con retazos de ideas precursoras de una novela.
Especulaciones aparte, ciñéndome al contenido, debo decir que Jhumpa Lahiri escribe de manera más que correcta, nos expone historias y personajes bien trabajados y sabe lo que quiere contar. Dicho esto viene el “pero”. Pero cuando termino de leer cada uno de sus relatos, me quedo como cuando empecé: ni un escalofrío, ni un susto, ni un impacto, ni un pestañeo más fuerte que el anterior, ni una interrogación.
Jhumpa Lahiri describe con exactitud el estado de ánimo de sus personajes, sus perfiles psicológicos están tallados al detalle. Con el uso de la analepsis nos informa de sus vidas y entendemos porqué han llegado al término en que se encuentran. Y después de todo eso, nada ocurre que no supiéramos al comienzo de la lectura de sus relatos.
Escribir cuentos, o relatos, es muy difícil. Una de las cosas que pretendo que me ocurran cuando leo uno, es que llegando al punto final se me quede cara de sonado; como quien ha recibido un directo en la mandíbula e intenta mantener el equilibrio mientras lucha por reordenar sus ideas esparcidas por el cerebro como monedas sueltas caídas del bolsillo.
Jhumpa Lahiri, a pesar de sus elegantes movimientos, sólo alcanza a darme un tirón de pelos de tarde en tarde. No basta.

27 de junio de 2010

TODOS LOS HERMOSOS CABALLOS (Cormac McCarthy)


Lo cierto es que otra vez acabo de leer una novela del Oeste.
Hasta que llegué a las novelas de McCarthy nunca había leído novelas sobre vaqueros del Lejano Oeste. Tal vez Los invictos de William Faulkner, que leí hace años, podría encajar en el género.
Este tipo de historias siempre las he relacionado con Marcial Lafuente Estefanía y con un señor que viste ropa de faena manchada de cemento o escayola, sentado en la parada del autobús con un canasto a sus pies, leyendo un pequeño libro de bolsillo cuya portada es el dibujo de un sheriff que desenfunda su Colt para disparar contra un malvado asesino que, entre sus altas botas, se ve a lo lejos.
La historia que se narra en Todos los hermosos caballos es bastante convencional, con independencia de los detalles propios del argumento y de la excelente elección de personajes. Ya dijo García Márquez que sólo se escribe sobre tres temas y sólo sobre tres temas: la vida, el amor y la muerte.
La novela engancha. Los personajes, aunque con personalidades muy bien definidas, no permiten que se anticipe ninguna de sus acciones, lo que provoca inevitablemente que el lector fije su atención en cada párrafo.
Además McCarthy narra con una habilidad de genio. Con leves y sutiles detalles, que apenas se perciben en la lectura continuada de la historia, nos hace creíble la trama y y habitable el paisaje.
“Ensillaron los caballos y ofrecieron pagar la comida al hombre pero él frunció el ceño y les despidió con un ademán y después de estrecharse otra vez las manos les deseó buen viaje y ellos montaron y cabalgaron hacia el sur por la senda llena de baches. Un perro les siguió durante un rato y luego se quedó observándolos.”
Uno de los pasajes de mayor maestría es la narración, con diálogo incluido, de una partida de billar entre dos de los personajes.
El protagonista es nuevamente una persona desarraigada, que cuando encuentra un motivo para establecerse en un determinado lugar, los prejuicios, la corrupción y las casualidades, le obligan a seguir una vida ambulante.
En Todos los hermosos caballos las descripciones del paisaje no son tan abundantes como en Meridiano de sangre ni tan esenciales en el desarrollo de la trama, sin dejar de ser parte importante. Las charlas de algunos personajes son algo más extensas que en otras novelas de este autor pero el protagonista mantiene ese diálogo seco, tajante y breve tan propio de la escritura de McCarthy. De hecho, se puede decir que el joven protagonista habla más con su montura que con las personas.
“… y él le hablaba mientras cabalgaba y le decía cosas del mundo que eran ciertas en su experiencia y le decía otras que podían ser ciertas para ver cómo sonaban al decirlas.”
Me resultó curioso, cuando en un momento determinado de la historia un personaje se marca un largo e interesante monólogo, percibir cómo el autor no puede evitar destapar su interés por Méjico y el conocimiento que posee de este país, escenario de gran parte de su obra literaria.
Cerca del final se narra el encuentro con unos niños mejicanos. De nuevo McCarthy sorprende con la capacidad de plasmar una ternura infantil, palpable, creíble, reflejada tan sólo con el diálogo. De nuevo, como en Meridiano de sangre, el autor encauza el final de la historia con la aparición de unos niños. Éstos parecen ser el aglutinante de todo lo ocurrido, los que con sus preguntas y respuestas permiten al lector tomar aire y hacer recuento de cada hecho y sus consecuencias.
Aquí sí, cerca del final, el paisaje vuelve a tener fuerza, vuelve a mostrarse como lo único que permanecerá, como nuestra conexión con el universo, al que todo pertenece. Así quedamos a la espera de la próxima novela de la trilogía:
“Cabalgaba con el sol cubriéndole la cara de cobre y el viento rojo soplando del oeste sobre la tierra crepuscular y los pequeños pájaros del desierto volaban gorjeando entre los helechos secos, y caballo, jinete y caballo pasaban de largo y sus largas sombras pasaban en tándem como la sombra de un solo ser. Pasan y palidecían en la tierra oscurecida, el mundo venidero.”

20 de mayo de 2010

UN TRANVÍA EN SP (Unai Elorriaga) (II)


Empieza la novela con un viejecito entrañable que recuerda, entre el vaivén de la razón, a un amigo, conductor de tranvía. Su hermana, también en la vejez, parece ser su único soporte, que se soporta a la vez en el entrañable viejecito.
¡Qué solos están los viejos! ¡Qué lejos quedan los viejos!
La vulnerable vejez se asemeja tanto a la primera infancia de un recién nacido…
Una de las frases que más me han impactado la dijo el Papa Juan Pablo II en sus últimos años de vida. Decía algo así como “Miradme, soy viejo y estoy enfermo, sí.”
No queremos ver a los viejos. No queremos que nos molesten la vista. No queremos que nos estorben el tiempo. No queremos que nos distraigan la comodidad. Por eso es fantástica la aparición del joven Marcos y por extensión la de la joven Roma. De la manera más natural los viejos y el joven se convierten en familia. Ni unos extrañan las excentricidades del joven ni el otro extraña las excentricidades de los viejos. Nada está fuera de lo común. Y es que la convivencia hace que todo sea llevadero. La aparición de los jóvenes en el último tramo de vida convierte en bello lo anodino y habitual en la vida de un anciano. La juventud más plena junto al final más cierto.
La belleza más simple del amor más natural. El joven lava los pies del viejo como toca la guitarra o decide dejar de tocarla. Todo está unido, encadenado.
Seremos viejos, si todo funciona normalmente, sólo espero que podamos tener la suerte de Lucas.
Todo es más simple de lo que deseamos creer. Porque nadie muere entre fanfarrias, ni nadie ante la muerte decide hacer o decir algo trascendente. Tal vez en ningún otro momento de la vida se sea más consciente de lo efímero que es todo, de lo simple que resulta todo.

16 de mayo de 2010

UN TRANVÍA EN SP (Unai Elorriaga)


¿Y ahora qué digo de este libro?
Hablamos de la primera novela de Unai Elorriaga, publicada cuando aún no había cumplido los treinta años. Un joven escritor entre tantos miles.
Esta novela es un engañabobos. Me explico:
Cuando terminas su lectura piensas que está bien. Que es entretenida y simpática. Algo si no original, sí fresco y actual. Da la impresión de resultar interesante haberla leído. Utiliza la simpleza (en su más amplio significado) de manera que al final de la lectura le deja a uno un “no sé qué” agradable. Pues eso. Bien. Vale.
Pero resulta que esta novela recibió el Premio Nacional de Narrativa 2002.
Y es que el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Narrativa es otorgado por el Ministerio de Cultura a la mejor novela publicada, el año anterior, en cualquiera de las lenguas de España. ¡Toma ya!
Sabido esto es cuando el concepto de la novela cambia completamente.
Debemos estar ante una obra algo más que aceptable. Estamos ante una novela seria. Entonces uno se pregunta: ¿Es Un tranvía en SP la mejor novela publicada en España el año 2001?
Así pues, una simpática novela con un premio de tal calibre, pasa a ser tratada como una novela ratificada y recomendada al más alto nivel de la literatura española. Lo que implica que el lector tenga unas fundadas expectativas de total maestría en la imposible tarea de contar historias por escrito. Hablamos de la mejor novela del año. ¡Ahí es nada! En este trance es cuando se nota que algo falla porque lo leído ni de lejos se asimila a una obra magistral. A partir de aquí, el lector reflexiona y analiza de modo más riguroso el texto, como merece la mejor novela de 2001, y sin mucho esfuerzo ese agradable “no sé qué” se descubre como algo sin sustancia.
Como ya se ha dicho, la trama es simple como ella sola. No por la sencillez de los personajes o la historia. Entiéndase simple como simpleza, como mirar una oveja triscando hora tras hora. Esto desorienta e incluso desarma, aunque en principio no tiene por qué estar mal. Pero resulta, además, que el lenguaje usado es plano, ramplón y simple, sí. Lo que en un sentido práctico es muy ventajoso, pues se lee con facilidad, a la hora de juzgar la novela como una obra de arte, la coloca a la altura de la más brillante redacción escrita por un estudiante de bachillerato que no comete faltas de ortografía. Hoy en día, sólo esto último es todo un mérito que merece un premio, tal vez el Premio Nacional de Narrativa otorgado por el Ministerio de Cultura.
“Fue Marcos el primero en subir al muro. Eran algo más de dos metros. Se puso de pie. De idéntica forma a la que se pondría de pie encima de un muro de algo más de dos metros cualquier persona de treinta y cuatro años. Incluso cualquier persona de treinta y tres años.”
El desorden narrativo merece ser catalogado de legendario, no precisamente por traer a la memoria a Robert Walser sino por ocultarse cucamente detrás de una historia comandada por la demencia de un senil protagonista, hermano de una senil protagonista a los que se une un joven que bien podría solicitar una paga del Estado y no lo sabe. Esto de narrar entre gente rara no deja de ser una buena excusa para no trabajar como es debido en el libro que estás escribiendo.
La novela está repleta de toques poéticos con sabor a comida recién sacada del tuperware. Y es que el filete empanado está muy rico para una excursión a las afueras de la ciudad, sin mayor pretensión que la de pasarlo bien. Lo que hace que uno se ponga a la defensiva es que te intenten hacer creer que lo que comes es nouvelle cuisine y que estás en París.
“Ahora por lo menos tengo esa opción: pasar todo el día en casa sin sacar la guitarra de la funda. Leer, comer, leer, mirar por la ventana, leer. Hasta la noche. Pero esa especie de vacación tiene un inconveniente; inmenso, no obstante: se me enfrían los pies. (...) Entonces no me queda otro remedio que tomar sopa. Pero hay veces que falla, que no llega hasta los pies, y me acobardo. Hay, sin embargo, otra forma de calentar los pies: leer la Biblia.”
Tras el premio viene el mercadeo. El dinero paga los palmeros con algún corifeo más o menos famoso, jaleando la supuesta genialidad de lo simple, de lo sencillo. Revistas, diarios, radio y televisión esparcen el mensaje y todos aplauden. El traje nuevo del rey, vamos.
Pues lo siento, yo veo al rey en ropa interior.
No soy injusto al tratar así esta simpática novela. Son injustos los que conceden semejante premio a una novela semejante. Tal vez lo injusto sea que exista este premio.
Repito: ¿Es Un tranvía en SP la mejor novela publicada en España el año 2001?

9 de mayo de 2010

LAS SEIS MEJORES NOVELAS RESEÑADAS EN 2009

He visto en otros blogs que sus autores cuelgan listas de los libros que más les han gustado durante el año transcurrido.
Teniendo en cuenta que, por distintas causas, mi ritmo de lectura ha decaído de manera insuperable, aprovecho para intercalar una entrada con la lista de los seis libros que más me han gustado, de los reseñados en este blog, el pasado año 2009.
1º LA COMEDIA HUMANA, de William Saroyan
2º ELEGÍA, Philip Roth
3º LOS DESNUDOS Y LOS MUERTOS, de Norman Mailer
4º CHESIL BEACH, de Ian McEwan
5º SIETE MENTIRAS, de James Lasdun
6º QUIEN PARPADEA TEME A LA MUERTE, de Knud Romer

22 de abril de 2010

HOGUERAS EN LA LLANURA (Shohei Ooka)


Shohei Ooka, nació en Tokio en 1909. Se licenció en Literatura y se especializó en la literatura francesa, de la que tradujo al japonés gran cantidad de obras. En 1944 ingresa en la Armada. Es capturado por el ejército estadounidense en 1945. Repatriado a Japón al cabo de un año, inició una fructífera y exitosa carrera de escritor.

Desde aquella ola televisiva de videos caseros japoneses, todo el mundo conoce la manera de distinguir un niño chino de un niño japonés, a saber: se coge al niño en cuestión y se le deja caer, aquél que rebote es japonés. Sólo así se explica la resistencia del protagonista: ser japonés.

Shohei Ooka, nos cuenta la historia, deduzco que autobiográfica en parte, de un soldado japonés que sobrevive en solitario a la desastrosa derrota de su ejército en la batalla de la isla de Leyte. Las penurias y calamidades que sufre el soldado, tanto físicas, por el hambre, como psíquicas, por la soledad, el miedo y el hambre, sólo son soportables por un elegido… o por un japonés.

La guerra es un caos. Un desorden, quiero decir. Además de muerte y destrozo es algo muy poco aseado. Inconscientemente desplazamos la geometría de los desfiles al campo de batalla. Es mentira, no hay campo de batalla ni líneas que parezcan trazadas con escuadra y cartabón. Un desfile militar es a la guerra lo que la serie de televisión Anatomía de Grey es a la vida de un hospital.
La desbandada ante la derrota, el desorden, la suciedad, la sed, la enfermedad, el miedo, la ropa hecha jirones… Por eso los militares juegan a ser tan limpios y ordenados en tiempo de paz porque cuando tienen que desempeñar su trabajo huelen a excremento y están sucios permanentemente.

La novela, a pesar de las grandes diferencias, me trae a la memoria los padecimientos narrados por Primo Levi. Una gran diferencia: los judíos eran las víctimas de la masacre y los japoneses siempre han masacrado a sus vecinos cuando no se masacraban entre sí. Otra gran diferencia es que Primo Levi escribe mucho mejor.

A pesar de que la novela está bien escrita, puede no ser interesante en determinados pasajes, precisamente porque plasma de manera muy creíble la soledad de un soldado en plena selva tropical rodeado de enemigos. Se hace largo aguantar las reflexiones del protagonista aunque nunca aburre.
La historia mejora (de hecho es lo mejor del libro) cuando el hambre y el abandono hacen de la antropofagia algo presente y permanente, a pesar de la lucha interior del protagonista. Y es que cuando se pasa hambre hasta el extremo de poder morir, se mira a los congéneres con otros ojos. Y si el que te mira es un japonés, para que contar.
Los momentos más interesantes de todo el libro se encuentran en esta parte. Es cuando más cosas ocurren y cuando los personajes involucrados, incluido el protagonista, se destapan como actores dignos de interés para el lector. Disfrutando de las tensiones psicológicas que se viven, me vino el recuerdo de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Se puede discernir que sólo por esto el libro merece la pena.
Al final, el autor se lía. Parece querer terminar de una manera pero da la impresión que cambia de idea mientras escribe el último capítulo y decide que el desenlace sea algo más irreal y extraño.

8 de abril de 2010

MERIDIANO DE SANGRE (Cormac McCarthy)


Tengo entendido que a la fecha de escribir esta reseña, está en proyecto, o rodándose, una película basada en esta novela. Desde ya me arriesgo aventurar que ni de lejos se acercará al contenido literal de la historia.
El autor lanza la historia con una concisa biografía de un joven de dieciséis años. Y en las trece primeras páginas ocurren más cosas y se hallan más emociones que en muchas novelas de trescientas.
La violencia como algo cotidiano, como parte fundamental en la existencia, en el sentido de la vida. McCarthy relata sin alardes, sin emoción, de manera aséptica, situaciones de una violencia inimaginable. Nos hace recordar que la violencia incontenible e incomprensible se funde con la naturaleza sin que ésta se inmute. Porque vida, belleza, violencia y muerte forman parte del mismo universo.
La narración se recrea en los paisajes y la psicología, a veces primaria, de los personajes. Descripciones extensas y poéticas del Desierto de Sonora se intercalan con escenas de muerte y angustia. Los diálogos son cortos, escuetos y de una precisión desconcertante.
El lector prevé un relato lineal de las aventuras del joven. Pero curiosamente durante gran parte de la novela es protagonista explícito de la narración. Desaparece de escena mientras se narran las peripecias de los personajes secundarios; sin embargo siempre lo tenemos presente, hasta que nuevamente aparece como personaje principal sin que en ningún momento lo hubiéramos echado de menos o su ausencia hubiera resultado incongruente en la estructura narrativa.
Digno de mención es el personaje del juez. A mi entender, verdadero protagonista de la novela. El juez es la muerte. Es la elección irrenunciable que devora a sus partidarios. Si participas en su juego y te bañas en sangre, te pedirá el pago de la deuda. Y nada, nada que no sea pagar, vale. Quien a hierro mata a hierro muere.
Tal vez algunos pasajes introspectivos de los pensamientos e ideas del juez se hagan más complejos y difíciles de entender a primera lectura. Pero Cormac McCarthy tiene el don de los grandes narradores. Ese don hace que, mientras vas leyendo, te des cuenta de que una extraña atracción provoca que no quieras parar de leer.

25 de marzo de 2010

Por cierto, un año de blog.


Imgino que de pequeño me acordaba de mis cumpleaños, no tengo memoria de ello. He sido un niño normal y acordarse de su cumpleaños entra dentro del perfil de niño sin patologías dignas de mención. Pero ya de adulto, cada uno de mis cumpleaños los he recordado cuando a mediodía de la fecha en cuestión recibía en el trabajo la llamada telefónica de mi madre, felicitándome.
Sigo con la misma falta de memoria. Felicitando a quien se lo merece, recordé que el pasado tres de marzo, Atisbos cumplió un año de andadura.
Sirva esta entrada como simple constancia de un hecho sin trascendencia.

15 de marzo de 2010

BALZAC Y LA JOVEN COSTURERA CHINA (Dai Sijie)


Dai Sijie es chino. Nació en 1954 en la provincia de Fujian. Por obra de Mao Zedong sufrió tres años de “reeducación agraria” en un pequeño poblado de la frontera con el Tibet.
En esta novela se cuentan cosas de chinos. Los chinos son unas personas que sufren mucho pero no se les nota. Siempre mantienen esa expresión entre risueña y desconfiada. En todo momento y circunstancia. Da igual lo que les ocurra.
Si están es sus cabales, deducirán sin esfuerzo que el párrafo que acaban de leer es una memez. Pues esa impresión puede quedarle al lector después de terminar las doscientas páginas de Balzac y la joven costurera china.
Un joven de dieciocho años que por la fuerza es separado de su familia y enviado a un mísero poblado campesino de la montaña, debería encontrarse mal, aunque sólo fuera un poco, al menos al principio de la “experiencia” debería mostrarse algo traumatizado. Sólo con pequeños detalles Dai Sijie deja ver la salvajada que significó la Revolución Cultural de Mao.
La novela no tiene consistencia, se deshace como un dulce de algodón. Dos chicos y una chica, jóvenes: el amor, la montaña, el sexo, el poblado y sus habitantes, el cine, la pasión por los libros, la ciudad, la opresión política, contar historias; tantas cosas aparecen… Pues ni una de ellas se toca en la novela con un mínimo de profundidad o constancia. Todas se entremezclan dejando una vez tras otra la sensación de vacío e insatisfacción.
No digo más.

5 de marzo de 2010

RETORNO A BRIDESHEAD (Evelyn Waugh)


Evelyn Waugh nació en Hampstead en 1903. Era hermano de Alec Waugh, al parecer un popular novelista (que no conozco) e hijo de un conocido editor y crítico literario. Estudió en Oxford, donde se graduó en Historia moderna. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en La Marina Real y en Las Reales Fuerzas Montadas.
En plena adolescencia tuve la suerte de disfrutar de una de las mejores series de televisión de todos los tiempos. Se llamaba Retorno a Brideshead. La indolencia acomodada de los años veinte, el peculiar vestuario, el cinismo británico y la narración intimista de una voz fuera de cámara, creaban un ambiente melancólico propio de quien narra desde la adultez los recuerdos de su edad universitaria. Además el color pastel de la fotografía, acompañado de una banda sonora muy “haëndeliana”, creaba una fiable plasmación de la Inglaterra rica de los años veinte. Me gustan mucho las historias ambientadas en esa época, tanto en la decadencia británica como en el despertar estadounidense.
A pesar de los años transcurridos (muchos), comencé a leer la novela profunda e inconscientemente condicionado por la serie de televisión.
Lo primero que eché de menos fue el tono intimista y nostálgico. Waugh narra toda la historia con una increíble frialdad, muy británica, por cierto. No obstante esto no quita que el desarrollo de la trama y su exposición narrativa sean excelentes.
Los personajes tienen personalidades sólidas. Se describen con breves pinceladas, dejando que sus actos y diálogos vayan perfilando su retrato de manera coherente. A lo largo de la novela van apareciendo e incorporándose a la trama como nuevas voces de un coro que mejora paulatinamente.
El tono neutro, más bien frío, como digo, y el ritmo de la narración involucran lentamente al lector, que se ve envuelto por el ambiente de tal manera que no percibe su degradación más que cuando es irremediable e irreversible.
Una nota del autor precede el inicio de la novela: “Yo no soy yo: tú no eres ni él ni ella: ellos no son ellos.” Si no tuviéramos bastante con la historia que se narra, la nota descubre claramente el carácter autobiográfico de la novela.
Al terminar la lectura comprendí que la producción de la serie de televisión había jugado con ventaja: conocida la vida del autor, ésta se combina con la novela y en la trama aparecen nítidamente situaciones y comportamientos no plasmados en el libro; se corona el cóctel con talento y obtenemos una obra de arte para ver en casa.

26 de febrero de 2010

LOS CUADERNOS DE FRITZ KOCHER (Robert Walser)


Un genio no puede ser genial todo el tiempo, de la misma manera que un humorista no puede ser gracioso en cada momento de su vida. Digo esto porque el libro que nos ocupa, Los cuadernos de Fritz Kocher, es una soberana estupidez. Tan es así que comienzo a pensar que el estúpido soy yo, que algo se me escapa.
Hablamos del primer libro publicado por Robert Walser. En la edición original lo ilustraban dibujos de su hermano. Esto justificaría la compra del libro como curiosidad de coleccionista referida a la trayectoria del gran escritor, pero me temo que Pre-textos no ha publicado el libro con los dibujos incluidos, dejando al descubierto, sin apoyo, la relación de textos de un niño de primaria. Porque eso es este libro, la recapitulación de las imaginarias redacciones de un inexistente niño que murió antes de dejar la escuela.
Tal vez a principios del siglo XX pudiera significar algo, quizás. Entrado el siglo XXI este simpático librito no significa nada.
No pierdan el tiempo y lean otra obra de este autor. Porque merece la pena leer a Robert Walser.

23 de febrero de 2010

TODO UN HOMBRE (Tom Wolfe)


Tom Wolfe nació el año 1930 en Richmond, Virginia. Es el máximo representante del llamado “nuevo periodismo”, cuyo fundamento podemos resumir en la necesidad de ir más allá de la pura noticia haciendo uso de la literatura y así, con técnicas de documentación típicamente periodísticas, profundizar en el trasfondo de la historia.
El Romanticismo inauguró la estúpida costumbre de poner etiquetas o títulos a cosas que no lo necesitan. En realidad, esto del “Nuevo periodismo” es lo que de toda la vida, desde el siglo XIX concretamente, se ha llamado “Realismo”.
En uno de los artículos recopilados en su libro El periodismo canalla y otros artículos, Wolfe hace alusión a la coincidente reacción que tuvieron, tras la publicación de Todo un hombre, tres vacas sagradas de la reciente literatura estadounidense: Norman Mailer, John Updike y John Irving. Los tres coincidieron en la reacción desaforada y el desprecio más absoluto (incluida una colérica crítica de Updike en un programa de televisión), al referirse a esta novela. En el mismo artículo, Wolfe refiere que tardó más de diez años en publicarla porque cometió el error de querer plasmarlo todo.
El artículo referido lo leí antes que la novela. Por tanto, de los motivos que causaron el enfado de novelistas de tanto prestigio, sólo conocía la versión que el propio Tom Wolfe daba, basada sobre todo en justificaciones técnicas y en reflexiones sobre el cometido real y el futuro de la novela como expresión literaria; además no entendí entonces qué quería decir con eso de intentar contarlo todo.
Setecientas sesenta y dos páginas de novela. Resistí hasta la cuatrocientos veintidós, poniendo mucho, muchísimo, de mi parte. Comprendí los motivos de Mailer, Updike e Irving para realizar una crítica tan dura.
La novela arranca bastante bien, la idea del argumento es sugerente, promete. El desarrollo podemos resumirlo: Atlanta, personajes variados, diferente estatus social. Empresarios millonarios blancos. Prestigiosos abogados negros. Famosos deportistas negros. Pobre currante blanco. Bajos fondos negro. Alcalde negro. Bancarrota blanca. Cárcel blanca, negra e hispana…
El narrador es omnisciente y toma partido en el relato de manera descarada y poco sutil, describiendo las acciones del personaje de turno de manera grosera cuando se trata de ponerlo mal o de forma muy supuesta y cursi cuando es el caso contrario.
La jerga y la transcripción del acento de los personajes en los distintos ambientes que aparecen a lo largo de la historia, interrumpe el ritmo de la lectura, unido a las descripciones de escenas casi triviales que el autor convierte en aburridos e infumables pasajes, en un afán por alargar lo más posible la extensión del párrafo (por fin supe lo que significaba eso de “quería contarlo todo.”) Apenas se da oportunidad a la participación del lector; se mascan demasiado las descripciones de escenas y situaciones.
(…) Todas las demás, todos los chicos con tetas, ya estaban con las rodillas dobladas y los brazos extendidos, que levantaban y bajaban haciendo la “gaviota”, De modo obediente dobló las rodillas, se puso en cuclillas y empezó a aletear.
Mustafá Gunt dijo:
–¡Venga, delante! ¡Flop!, ¡Flop!, ¡Flop!, ¡Flop! ¡Na tanda más! ¡Vente más! ¡Flop… más… flop… más… flop… más… flop

Pero Wolfe no se cansa, lo vuelve a hacer una y otra vez:
(…) De todas formas, se trataba de un libro, y era el único que tenía. De modo que empezó a hojear la introducción del profesor Bemis… Scrack, scrack, scraaaccck hacían los ventiladores… ¡Zraguuum! Gluglugluglugluglugluglú hacían los váteres… Putaputaputaputa hacían los reclusos… Vaya rollo ese libro…
Antológico, ¿eh?
En casi quinientas páginas, pasajes como estos he leído más de los deseados.
De vez en cuando nos golpea Wolfe con expresiones inverosímiles:
El apodo le quemaba literalmente el tronco cerebral
Por si fuera poco, la labor del traductor redondea el desastre:
Y el reloj tictaqueando, tictaqueando, tictaqueando…
Cada centavo de nuestro flujo de caja está prededicado.”
Mi intención era volver a leer a Tom Wolfe cuanto antes, en concreto La hoguera de las vanidades, novela de reconocimiento unánime, pero la lectura de alguna crítica, digna de mi absoluta confianza, de su novela Soy Charlotte Simmons frena mi ánimo. Además este señor cuenta historias de setecientas en setecientas páginas y eso persuade mucho. Con Todo un hombre mi cupo de Tom Wolfe está cubierto para una larga temporada. Tiempo al tiempo.

16 de febrero de 2010

LA CARRETERA (Cormac McCarthy)


Cormac McCarthy nació el año 1933 en la ciudad de Providence (Rhode Island). Se trata de un escritor rodeado de cierto enigma y misterio, principalmente porque no se prodiga en apariciones mediáticas ni concede entrevistas, para mayor gloria, aún, de Oprah Winfrey.
La carretera es una novela excelente. Punto… y seguido. Elegida la historia, el paisaje, el ambiente y sus protagonistas, el siguiente paso (y tal vez el más difícil) es elegir el narrador. McCarthy usa el narrador deficiente, muy cinematográfico él, y no sólo acierta de lleno con su elección sino con su manejo, haciéndolo partícipe directo de la propia historia. Aunque es justo decir que la rigidez que exige este tipo de narrador hace flaquear a todo autor que lo usa y Don Cormac no es una excepción. Es decir, que tarde o temprano acaba apareciendo el narrador omnisciente en algún pasaje de la novela.
Si en ocasiones se elogia la capacidad del escritor para hacer pasar desapercibido el estilo utilizado en la narración, este libro es la oportunidad para elogiar a un autor por todo lo contrario; el lenguaje y el estilo son tan protagonistas como los personajes de la novela.
Antes de continuar, es digno de mención el trabajo sensacional del traductor Luis Murillo Fort.
Un padre y su hijo (el hombre y el chico) sobreviven en un mundo apocalíptico en el que no hay colores; bueno sí, sólo un color: el gris de la ceniza que lo tiñe todo. Gris: los árboles, los ríos, el mar.
Las descripciones de escenas y paisajes se realizan con frases cortas y telegráficas, pero curiosamente no se echa en falta nada más. Los diálogos se deslizan en medio de la narración, sin solución de continuidad y sin hacer uso de las habituales normas de puntuación; además su contenido es escueto, seco, breve. Todo ello nos hace ver con mayor claridad la vida miserable y el horror del mundo en que se desarrolla la novela.
A media tarde empezó a nevar otra vez. Vieron cómo los copos de color gris claro descendían de la primera y taciturna oscuridad. Siguieron adelante. Una frágil capa de nieve líquida formándose en la oscura superficie de la carretera. El chico se rezagaba a cada momento y el hombre se detuvo para esperarlo. No te separes de mí, dijo.
Andas demasiado deprisa.
Iré más despacio.
Continuaron.
Otra vez no me hablas.
Estoy hablando.
¿Quieres que paremos?
Yo siempre quiero parar.
Hemos de tener más cuidado. Yo he de tener más cuidado.
Ya lo sé.
Pararemos, ¿vale?
Vale.
Sólo hace falta encontrar un buen sitio.
Vale.

A lo largo de la novela (sólo en un par de ocasiones) el protagonista interviene, reflexionando ante el lector. La voz del personaje aparece de repente intercalada entre narración y diálogos, como una voz ajena pero que oímos justo ahí, en el centro de nuestro cráneo, como una alucinación.
A pesar de la sequedad de los diálogos, éstos dejan entrever, de modo increíble, ternura y amor entre padre e hijo. El único rasgo humano entre tanta desolación, tanto desastre y tanta muerte.
Cuando se dedicaba a mirar cómo dormía el chico había momentos en los que empezaba a sollozar sin poder controlarse pero no por la idea de la muerte. No estaba seguro de cual era el motivo pero pensaba que tenía que ver con la belleza o con la bondad. Cosas en las que ya no podría pensar de ninguna de las maneras.
Sólo un “pero”: el diálogo final entre el hombre y el chico. Dadas las circunstancias de toda la historia, peca tal vez de meloso. Imagino al editor usando todos los medios a su alcance para persuadir a McCarthy de que un final luminoso vende más que un final gris. Te prometo que si cambias el final te consigo el Premio Pulitzer, dijo.
Vale.
Y así, la esperanza sigue viva en medio de la ceniza.

10 de febrero de 2010

LAS COSAS DEL CAMPO (José Antonio Muñoz Rojas)


José Antonio Muñoz Rojas nació en Antequera (Málaga) en 1909. Poeta, ensayista y experto conocedor de la poesía inglesa, tradujo al español a John Donne o William Wordsworth, entre otros. Premio Nacional de Poesía en 1998 por su libro Objetos perdidos, obtuvo además el IX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2002.
En 1951 publica su obra en prosa más conocida: Las cosas del campo, referencia indispensable de la literatura del siglo XX en lengua española y de la que Dámaso Alonso apuntó: “Has escrito, sencillamente, el libro de prosa más bello y más emocionado que yo he leído desde que soy hombre.”
Hace poco, estando en la presentación de la novela de un amigo, charlando con gente que asistía al acto, se pidió la recomendación de algún libro de prosa poética. Me vino a la cabeza la inminente lectura de Las cosas del campo, pero como sólo lo conocía de oídas no me atreví a nombrarlo.
Admito que sé de poesía lo mismo que de vino: cualquiera puede distinguir un vino excelente de uno mediocre. Sólo se necesitan papilas gustativas. Pues con la poesía me ocurre algo parecido. La poesía sostenida por el talento, la cultura y el lenguaje no necesita de más conocimiento técnico que sentir cuando se lee. Ella sola te hace estremecer, como quien recibe una sacudida y despierta de un sueño profundo.
José Antonio Muñoz Rojas plasma el campo en un pequeño libro de poco más de cien páginas. El campo, la naturaleza, aglutinada en tamaño tan escaso pero expuesta al lector con tal perfección, sólo puede ser obra de un genio del lenguaje y la poesía.
El ritmo de la vida rural acompasado por el experto conocimiento de cada estación, cuyo nacimiento barrunta el brote de una flor o la llegada al lugar de algún pequeño pájaro. El carácter de cada árbol, que, como el de las personas o los mismos animales, es distinto y así florece, pues no nace igual la flor de la tímida higuera que la del joven manzano.
Y la gente del campo. Miguelillo el pavero; huérfano. La temporada de los zorzales ha terminado con la aceituna. Hoy no ha comido.
Narciso el cantor. Con este nombre, madre ¿cómo no voy a cantar?
Las amazonas. Más propias de un rancho americano del siglo XIX. Siempre armadas y cabalgando de noche. El Estado es un engaño de unos cuantos para sacar dinero a los infelices.
Y Juanillo, y los hombres del campo. Y los jaramagos y la matalahúga. Las nubes y los álamos blancos. El verano, el ojiblancar y las abejas.
Toda una experiencia. Un libro de viajes, de reposo, de aventuras. Un descanso para el alma que así, a pequeños sorbos, se mantiene viva.
Si les preguntan por un libro de prosa poética, ya saben: Las cosas del campo.

31 de enero de 2010

EL CAMINO (Miguel Delibes)


La inminente partida hacia la ciudad, para continuar los estudios, de un niño de once años, es el inicio de esta entrañable novela. A partir de ahí ocurre lo que tiene que ocurrir cuando gente con talento se dedica a contar historias escritas: pasan cosas, te diviertes, te ríes, te apenas… Porque todo está bien contado y expresado con ingenio.
La vida de un pequeño pueblo castellano, que se supone debería ser aburrida y monótona, es el escenario de una sucesión de aventuras y desventuras protagonizadas por unos personajes muy divertidos y retratados de manera excepcional. El recuerdo del niño nos mete de lleno en las vivencias del pequeño pueblo y nos sitúa en medio de una serie de sucesos que bien podrían estar entre Las aventuras de Tom Sawyer y las de Don Quijote, sin ser ni querer ser unas u otras. Esta novela nos hace reír del mismo modo que nos provoca tristeza o intranquilidad, pues Delibes consigue retratar la vida cotidiana de manera sencilla, sin alardes ni piruetas dramáticas.
El lenguaje de la novela es llano, impregnado de aroma rural, pero riquísimo en su vocabulario y elegante y certero en las expresiones y giros.
Los recuerdos del pequeño protagonista se convierten en un cúmulo de lecciones aprendidas que, sin percibirlo, le abren al conocimiento del mundo real: el descubrimiento del verdadero significado del amor de su madre, la sensación irracional que se siente al enamorarse de alguien que es inalcanzable, aprender el significado de la fuerza bruta frente a la inteligencia, el valor de la jerarquía en la relación con los demás, las extrañas reglas de los adultos que sin motivo justificado deben respetarse, percibir el miedo a dejar la seguridad del pueblo, apreciar por vez primera el paisaje que le rodea sin haber sido consciente hasta ese momento, el descubrimiento del verdadero amor en la persona que menos se espera…
Y como para morir sólo hay que estar vivo, la muerte cierra el paréntesis de recuerdos y devuelve a la realidad al protagonista y al lector.
Hemos llegado donde la Vida nos ha permitido llegar. Nadar en el rápido manteniéndonos a flote nos hace creer que decidimos la dirección de nuestro movimiento, cuando en realidad, si hubiéramos podido elegir, nos daríamos cuenta de que ni tan siquiera queríamos mojarnos. ¡Qué soberbios!

26 de enero de 2010

LA HORA VEINTICINCO (C. Virgil Gheorghiu)


Virgil Gheorghiu era rumano, nació en 1916 y falleció en 1992 en la ciudad de París, donde residió como Patriarca de la Iglesia Ortodoxa en Francia. Huyó de su país tras la llegada del régimen comunista presidido por Ceaucescu. Escribió varias decenas de libros de todo tipo, pero su gran éxito es sin duda La hora veinticinco, publicada en 1949.
Que a uno le puedan arruinar la existencia, de manera injusta, es más fácil cuanto más pobre y corrupta y menos libre sea la sociedad en que se vive. La Rumanía existente al inicio de la Segunda Guerra Mundial era campo abonado (como gran parte de Europa Central) para la injusticia, el abuso y el genocidio.
Gheorghiu encara la tragedia de la Segunda Gran Guerra desde un enfoque propio de libro superventas. Una historia bien tramada, con recovecos por los que desaparece un personaje secundario que vuelve a escena en el momento más inesperado. Personajes de todas las clases sociales que se ven envueltos de manera irremediable en un desastre sin parangón, cada uno tomando el papel que más le conviene o aquel que le ha tocado en suerte. La condición moral de cada uno sale a flote, sin remilgos ni tapujos, sin convenciones sociales ni urbanidad.
La irracionalidad del conflicto internacional aniquila cualquier atisbo de cultura o esperanza. Es preferible caminar hacia la alambrada y ser muerto por el disparo de un guardián, que sucumbir siendo testigo de la destrucción de todo lo humano.
Pero por encima de todo destaca el personaje principal, al que Gheorghiu coloca como centro de todos los males y padecimientos, llegando en ocasiones a ser protagonista de historias esperpénticas y de situaciones kafkianas. Iohan Moritz es el símbolo, la representación, del sufrimiento de millones de personas inocentes.
A pesar de la dureza del trasfondo, en ocasiones el autor recurre a la ironía como manera de señalar el paroxismo de la estupidez humana. Por ejemplo, el final es abrumador.
En fin, que el autor no da puntada sin hilo.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...