28 de noviembre de 2009

HOTEL SAVOY (Joseph Roth)


Joseph Roth nació en Vaolinia (Ucrania), por entonces Imperio Austrohúngaro. Ejerció de periodista viajando por toda Europa. Enfermo de un alcoholismo cada vez más acentuado. En 1939 fallece en París al sufrir un colapso mientras charlaba con unos amigos de tertulia.
Gabriel Dan es un joven soldado que, tras haber pasado tres años en un campo de prisioneros (es de suponer que en Rusia), vuelve a Viena, su ciudad natal. Narrado en primera persona y haciendo un habilidoso uso de la elipsis, Roth nos ofrece un relato ágil, retratando la vida de una ciudad, cosmopolita y referente cultural en otro tiempo pero que se ha convertido tras la Gran Guerra en una ciudad sucia, con charcos de orín, baches embarrados y calles grises y desvencijadas, en las que el protagonista encuentra la antigua belleza sólo en la oscuridad de la noche, que borra las huellas de la pobreza y la desgracia.
Jospeh Roth nos muestra, bien desmenuzada, la sociedad de la época de entreguerras. Cuando convivían en el mismo ambiente el pobre de solemnidad con el loco arruinado y con el empresario millonario. Distintos estratos que hoy en día conviven en dimensiones paralelas y no llegan a tomar contacto más que en un terreno puramente formal, en aquel entonces entrecruzaban sus vidas cotidianas respetando el estatus y dando por entendido la superioridad social de unos sobre otros. Las plantas del hotel indican de manera tácita el nivel social del individuo.
El Hotel Savoy, finalmente, es identificado por los propios personajes como sinónimo de fatalidad. Cobijo de la desidia y la apatía, quedando sus huéspedes paralizados a la espera de alguien superior que les solucione sus problemas. Efectivamente este personaje existe, y desaparece como apareció, de improviso. Al final de la novela, Roth nos deja el atisbo de la revolución precedida por la muerte.

20 de noviembre de 2009

EL LADO FRÍO DE LA ALMOHADA (Belén Gopegui)


Reconocida escritora madrileña, Belén Gopegui nació el año 1963. Es autora de varias novelas, entre las que cabe destacar La conquista del aire, que leí hace algunos años y que me gustó bastante.
El lado frío de la almohada es una novela de espías. Espías cubanos, espías estadounidenses y alguno español que pasaba por allí…
La Copegui, con dominio de la técnica narrativa y con la evidente demostración en cada línea de una elaborada composición de la novela, consigue mantener la atención, el ritmo y el interés por una historia que corre el riesgo de quedar encallada.
Entreverado a lo largo de la novela aparece un ramillete de cartas escritas por la protagonista que, con otro tono, otro ritmo y un estilo radicalmente opuesto al de la trama principal, nos abstrae de las medias verdades y las verdades a medias que representan todos los protagonistas, absortos en su juego de intereses que en todo momento los sobrepasa.
Los personajes, nítidamente definidos, son poco numerosos, lo que permite seguir la historia con facilidad.
Resultan poco creíbles las reflexiones con que los espías cubanos justifican la dictadura comunista de su país. Argumentos intelectuales tan brillantemente rebuscados son propios de la progresía capitalista y no de políticos o funcionarios cubanos, quienes jamás usan argumentos tan repujados para justificar lo injustificable. Eso sin mencionar las mentiras que la autora suelta por boca de la protagonista sobre las libertades en Estados Unidos.
Talento y esfuerzo dignos de mejor causa.
Hipocresía y mezquindad ideológica aparte, no puedo dejar de señalar un pasaje de la novela, muy representativo de la esquizofrenia propia de lo políticamente correcto que vivimos actualmente. Juzgue quien haya tenido a bien leer esta reseña:
“(…/…)
“–A lo mejor lo pensasteis. Tuvisteis que pensarlo. Hombre maduro, imaginativo, solitario, chica huérfana, dubitativa, que anda sin hacer ruido.
“–Lo pensamos, Laura. Y lo descartamos. Precisamente no quisimos dejarnos llevar por ningún prejuicio machista. Tú podías hacer bien este trabajo y te dimos luz verde.
“–Ya ves, resulta que al final os dejasteis llevar por el prejuicio. Justo por no querer hacerlo, os negasteis a ver lo que teníais delante.”


Después de esta lectura conviene mojarse con la realidad que continúa viviendo el pueblo de Cuba.

14 de noviembre de 2009

LOS DESNUDOS Y LOS MUERTOS (Norman Mailer)


Norman Mailer es uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo XX. Nacido en Nueva Jersey el año 1923, falleció en Nueva York en 2007.
Tomando su propia experiencia en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial, "Los desnudos y los muertos" fue publicada cuando apenas tenía veintiséis años.
El campo de batalla, la acción bélica, el sometimiento al límite de la resistencia humana, son sólo un decorado, el pretexto para ahondar en los sentimientos más atávicos y primigenios de la condición humana. Sólo en condiciones extremas la persona se muestra tal como es, parece querer decirnos Mailer. Cada personaje con sus virtudes, limitaciones, fobias y neuras, se enfrenta a los acontecimientos mostrando claramente su personalidad, que el autor complementa con inteligentes y brillantes analepsis que nos describen el ambiente familiar, laboral y sentimental en que vivía inmerso cada personaje antes de alistarse.
La muerte aparece veloz y fulminante, lo que causa una gran impresión en el lector, pero la acción y la vida (la supervivencia) continúan como si nada, convirtiendo al cadáver en el despojo de un mal sueño, de una pesadilla que todos desean que termine cuanto antes. El lector ve sobre la cabeza de todos los personajes de la historia, la espada de Damocles que les hace susceptibles de desaparecer en cualquier momento, lo que crea una intranquilidad que mantiene la atención en la lectura.
La minuciosidad en el tratamiento psicológico de los protagonistas conlleva, en ocasiones, cierta lentitud en el avance de la historia. Podría decirse que se trata de una novela puramente psicológica, en la que Norman Mailer haciendo uso de un extraordinario poder de observación y descripción, nos desmenuza una variedad de posibilidades, de entre todas las existentes, del comportamiento humano.
Una gran novela.

8 de noviembre de 2009

DIARIO DE UN CAZADOR (Miguel Delibes)


Para cualquier lector que se precie resulta fundamental entremeter en sus lecturas la de algún clásico. Leído por vez primera o releído, siempre es garantía de disfrute y nos hace recordar por qué amamos la literatura. En este caso elegí a Miguel Delibes.
Bellísima novela, “Diario de un cazador” fue Premio Nacional de Literatura en 1955. Narrada a modo de diario por el protagonista, ordenanza de un colegio público, apasionado de la caza. Delibes despliega una maestría y un dominio de la técnica de contar historias insuperable.
Las entradas son cortas, lo que ayuda a una lectura ágil. Inconveniente: los que no somos aficionados a la caza, sólo en su contexto podremos medio entender algunas frases y términos relacionados con ese deporte. Por lo demás, ya digo, narración sencilla de leer, excelente perfil de cada personaje, a los que acabamos conociendo a la perfección, gracias a la solidez de sus personalidades, incluso aquellos que aparecen en la narración de manera sutil y de pasada. Además, Delibes sabe dar, en el momento justo, un sobresalto en la historia manteniendo al lector atado a la trama.
En todo momento se respira olor a campo, conviven el amor por la naturaleza con la brutalidad y el desprecio por ella. Se siente la ternura y la inocencia de los sentimientos, la dureza de trato entre las personas, la estrechez económica y al mismo tiempo la comodidad de una vida tranquila y sin necesidades urgentes. Estampa fiel de los años cincuenta en la meseta Castellana. El hermoso final es una inmejorable despedida para una excelente novela.

3 de noviembre de 2009

CÓMO SER BUENOS (Nick Hornby)


Escritor británico nacido en 1957, Nick Hornby es profesor de literatura y colabora como articulista en varios periódicos.
La novela comienza de manera explosiva, provoca expectación, predice que van a pasar cosas.
Si en la atracción de la montaña rusa se empezara en la caída más pronunciada que podamos imaginar, esto no impediría que a los pocos instantes mantuviéramos la atención a la espera de otra subida de adrenalina aún mayor que la anterior; pero difícilmente las sensaciones por llegar pueden ser tan excitantes como la inicial si ésta es tan satisfactoria. Es pues potestad del autor empezar de una u otra forma, él sabrá lo que hace. Pues bien, el señor Hornby no supo lo que hacía.
En una novela de trescientas veinte páginas, el narrador no puede llegar a la página noventa (¡la tercera parte!) sin que ocurra nada sustancial, tan solo la señora que quiere divorciarse, que ahora no quiere, que le da pena su esposo, que lo odia, que tal vez lo siga queriendo, que sí, que no, que ahora otra vez sí...
Pensé no hacer la reseña de este libro puesto que no lo terminé. Pero creo justo avisar, a quien quiera leer esta desinteresada señal, de la pérdida de tiempo que supone la lectura de este libro, pudiéndose aprovechar en otra más placentera, divertida o instructiva.
A estas alturas de mi vida de lector, hace tiempo que decidí darle a los libros que leo la oportunidad de un tercio de su extensión. Esta novela no merece ni la cuarta parte de lo que ocupan sus páginas.
¡Horripilante!
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