23 de junio de 2014

STONER, de John Williams



¿Qué dirían si les contara que esta novela de doscientas cuarenta y seis páginas trata de uno de los tipos más anodino y poco interesante que pueda imaginarse? Pues me dirían que tiene toda la pinta de ser una aburrimiento de principio a fin. Es la respuesta que impone la buena lógica, tan poco apropiada en literatura (dicho sea de paso). Pues bien, Stoner es un sobresaliente ejemplo del fundamento de contar historias.

William Stoner es profesor universitario, como podría haber sido mecánico o contable. Los padres del protagonista son unos pequeños propietarios agrícolas que a duras penas pueden evitar las pérdidas; a pesar de ello consiguen enviar a su hijo a la universidad, donde el joven Stoner pronto da muestras de la forma en que va a regir su vida. Un extraño cambio de estudios y la consecuente decepción de sus padres son el punto de partida de una vida plenamente concentrada en el trabajo con accesos esporádicos a la vida privada. Y todo ello siempre regido por una indolencia casi patológica, la ausencia de iniciativa, el dejarse llevar. No tiene importancia, de verdad. No importa. Incluso cuando consigue el disfrute real y sincero de la vida, lo sacrifica para proseguir con lo cotidiano, con lo que debe ser. En fin, algo exasperante. Pero cuando el lector adopta la impostura de juez, cuando se sube a la poltrona para calificar el comportamiento de Stoner, se da cuenta de que no puede reprocharle nada porque mirando alrededor las vidas que ve, empezando por la suya propia, están edificadas sobre el poderoso cimiento de la renuncia, que llaman seguridad.

Con independencia de la diferencia de caracteres y de hechos, lo que le ocurre al protagonista es lo que ocurre en la vida de la mayoría: nada extraordinario.
El acto de tumbarse en un sofá o sentarse en un sillón va acompañado de sensaciones: relajación, descanso, alguna idea que se rumia antes de tomar una decisión o incluso un pensamiento que viene a la mente traído por algún olor familiar. El posible espectador sólo ve a un señor tumbado en postura más o menos indecorosa. La mayoría de la vida se vive hacia adentro, es lo único que la hace interesante, lo demás es arrastrarse por la existencia. Vista desde afuera la vida de los demás es muy aburrida. Se le ocurre al lector que tal vez los deportes de riesgo no sean más que una droga para aumentar la sensación de haber vivido. O puede que sean un complemento para aquellos que se sienten vivos. Esto último sería un auténtico logro, admirable.

Williams cuenta la historia con una narración lineal en la que abundan las elipsis. No deja posibilidad a la sorpresa, a la intriga, como corresponde al trayecto vital del protagonista; algo parecido a hacer kilómetros por una autopista bien asfaltada, cuya única tensión estriba en controlar la velocidad del coche y vigilar la conducción de los demás vehículos.

Una vez llegado al punto y final inevitablemente el lector recuerda las primeras frases de la novela. Es el momento más duro. La reflexión es clara: el sentido de la vida es el que cada cual le dé, después todo es polvo y olvido. Tan simple como abrumador.

Merece la pena mencionar la fluida traducción de Antonio Díez.

9 de junio de 2014

LIMBO, de Agustín Fernández Mallo



Agustín Fernández Mallo es un escritor muy famoso. Es el autor de la trilogía Nocilla dream, Nocilla experience y Nocilla Lab. Viga maestra de la Generación Nocilla. ¿Lo cogen? Por lo de Nocilla en el título... generación Nocilla. Muy ingenioso, genial.
La generación Nocilla es... Sí hombre, es... una cosa de esas con las que editoriales y revistas del sector pretenden hacer caja y la gente del mundillo despliega su elocuencia onanista hasta que se les pasa el calentón; es entonces cuando todos, al unísono, sentencian que tal corriente literaria nunca existió.
De Fernández Mallo no había leído nada. Mucha crítica con división irreconciliable de opiniones, sólo eso. No me interesaba.

Entrados en materia debo confesar que algo me he perdido. No veo el momento de leer otras reseñas de esta novela  porque, desgraciadamente, ha resultado ser para mi pequeño ombligo uno de los mayores pestiños que he leído. Me gustaría decir aquella manida frase que dicen los que cortan con su pareja, aquello de «no eres tú, soy yo», pero tengo una serie de argumentos que me impiden cargar con la culpa.

0 El gran salto. Arranca el libro con una breve introducción de seis páginas que rememora el planteamiento argumental de “En busca de Klingsor”, estupenda novela de Jorge Volpi. Ya está. Ahí termina todo para el lector porque la historia nada tiene que ver con esto.

1 Matadero, ella. Una protagonista mejicana que narra en primera persona con un perfecto español de Castilla-León y un lenguaje impostado que no permite creerse el personaje. Narra, como digo, la vivencia actual de un viaje junto a su novio y los recuerdos de un cruel secuestro que sufrió pocos años antes.
«Las nutrias terminaron de morder y el grito de un pájaro que pasó sobre nosotros vino a romper el hiperrealismo.»

«Si soy sincera, el hallazgo de las cámaras tuvo un efecto ambivalente.»

Lo de narrar el viaje lo pongo de mi cosecha porque tratándose de una travesía de costa a costa de los Estados Unidos, Fernández Mallo durante unas decenas de páginas retiene al lector en un par de hoteles y restaurantes, recién iniciado el trayecto, elucubrando sobre una flojilla entelequia, para terminar despachando la ruta por el grueso del país en menos de un párrafo.
Eso sí, termina el capítulo con un golpe de efecto al estilo del más puro tahúr o trilero. Impactado por ello el lector tiende a anular toda crítica sometiendo los cabos sueltos al resultado inventado, que nada tiene que ver con el enunciado de la ecuación. Pura engañifa.


2 Eco, él. En la solapa del libro, en la reseña autobiográfica del autor, éste señala que tiene un grupo de música.
De eso trata este segundo capítulo: lo que mola tener un grupo de música y las marcas de los aparatos que se usan. Fernández Mallo nos cuenta todo el proceso creativo de una pareja de músicos. Y cuando digo todo es todo; todo, del verbo TODO. Intercala una abominable lista de genealogías musicales, comportamientos de adolescente empanado y otra interpretación más de la lectura del Nuevo Testamento. Y el lector piensa que le queda algo esotérico y poligonal, con muchas aristas.  Esa impresión se lleva leyendo el tedioso segundo capítulo, al menos hasta donde alcanzaron sus fuerzas.

«... con el añadido de que en él tenía su reflejo exacto la forma en que se organiza la Red, malla en la que vas de un “site” a otro “site” sin pasar por lugares intermedios.»

La introducción de seis páginas en la que el autor escribe un esbozo biográfico del físico Werner Heisemberg es mucho más interesante que el sesenta por ciento de novela que llegó a deglutir el lector.

10 de marzo de 2014

LOS AMORES DE UN BIBLIÓMANO, de Eugene Field



Eugene Field sólo vivió cuarenta y cinco años. Nació en Saint Louis, en 1850 y murió en Chicago. En Estados Unidos es conocido como poeta infantil y autor de canciones populares. Durante unos doce años fue columnista del Chicago Daily News.

Me estaba costando encontrar esta novela. Hasta me puse en contacto con la editorial, que no se mojó. Falta de presupuesto, editorial pequeña, y esas cosas; no lo reprocho, que conste. Pero todo ocurre por algo y en este caso la contrariedad estaba destinada a darme una de esas alegrías que no por ser triviales dejan de ser grandes. En el anaquel de novedades de la biblioteca pública que frecuento brillaba la banda roja de Periférica y… sí, era el libro de Field. Sin comedimiento ni reparo me abalancé sobre él.

La novela tiene como base argumental las memorias de un señor de setenta años amante de los libros. Está narrada la historia en primera persona aunque con una extraña estructura que tiene más relación con un compendio de artículos que con un diario o una narración lineal.
Creo que colgué un pío-pío o un instagram en el que calificaba esta novela como lectura apacible. Suena un poco pastoril pero lo cierto es que leer a un autor cuya escritura rezuma cultura y erudición en cada línea (sin pedantería ni pretensión) siempre se agradece. Además el tono de la narración es pausado, optimista y humorístico. De esos libros que da gusto leer palabra a palabra.

«Cada amante de los libros tiene su propia forma de comprar, de manera que hay tantas formas de comprar como compradores. Sin embargo, el juez Methuen y yo hemos llegado a la conclusión de que todos los compradores se pueden clasificar en las siguientes divisiones genéricas:
–El comprador imprudente,
–el comprador inteligente,
–el comprador indeciso.
De estas tres clases, la tercera es la que menos consideración nos merece…»

Por supuesto hay que señalar la profunda raíz anglosajona de las referencias culturales. Esto, en contadas ocasiones, hace que ciertos pasajes puedan alejarse del lector que tenga otra cultura como referente. Aunque no es un problema ni de lejos pues el anglosajón es el referente cultural verdaderamente universal desde hace tiempo. Aún así se menciona a Cervantes entre Horacio y Shakespeare.

«EL juez Methuen y yo también desapareceremos a su debido tiempo, pero nuestros cortesanos –aquellos que han contribuido a nuestro deleite y solaz–, nuestro Horacio, nuestro Cervantes, nuestro Shakespeare, y el resto de la innumerable comitiva, nunca morirán. E inspirados y sustentados por esta inmortal compañía, recorremos el camino alegremente…»

La simple mención del autor del Quijote por parte del protagonista de Los amores de un bibliómano, deja ver claramente que la novela de Cervantes debe de ser una maravilla, pues siempre la han tenido en cuenta los intelectuales anglosajones, gente tan dada a ignorar lo que no les es propio excepto cuando se trata de una genialidad, en cuyo caso lo reverencian sin complejos. Teniendo en cuenta que la gran mayoría de los escritores contemporáneos en lengua española no cuentan entre sus favoritos ni con Cervantes, ni con García Márquez ni con Clarín, esto lo cuelo de rondón porque tal vez deban tomar nota quienes se dedican a esto de la escritura y tal. A ver si ayuda a mejorar la cosa.

No continúo dándole vueltas a esta novela; me niego a seguir manoseándola. Regodearse en calificar lo excelente como bueno es ensuciarlo y no tengo dotes para exponer con acierto el calificativo que merece este libro. Sólo se me ocurre decir que me lo compro.

3 de febrero de 2014

UN AMIGO EN LA CIUDAD (Juan Aparicio Belmonte)



Hace mucho que no leo a un autor español. Se han escrito cosas buenas de esta novela, así que me decidí por ella y estas son mis impresiones.

La novela tiene dos capítulos: 1-. El principio y 2-. Y el final. En realidad se divide en tres fases. Háganme caso.
En la primera fase se introduce al lector en el ambiente y se presenta al protagonista y demás personajes. Un grupo de jóvenes góticos, amantes de… lo gótico, que hace cosas de jóvenes (góticos). El lector se siente atraído por el planteamiento y por la narración. Nada espectacular ni fuera de lo normal, ni falta que hace; Juan Aparicio escribe muy bien, cuenta muy bien, no necesita más.

La segunda fase. Lo hemos dicho antes: Juan Aparicio Belmonte es un señor que escribe muy bien y que narra muy bien. Pero él no se lo cree o no lo sabe y no tiene otra ocurrencia que complicar la cosa (dicho así no está mal. pero por desgracia hay matices) intentando transgredir el espacio tiempo sin separar los pies del suelo. Es decir, el lector no sabe si está ante un homenaje poco hecho (muy verde) a Kurt Vonnegut o se encuentra ante una parodia de las novelas de ciencia ficción o tiene razón en pensar que no sabe dónde está porque el autor no sabe a dónde lo ha llevado. Lo único cierto es que, sin necesidad, el lector se ve obligado a hacer la travesía del desierto si quiere llegar a lo se supone será un desenlace o una aclaración de lo que ocurre. Y es que el protagonista siente que va sufriendo una transformación. Aunque poco antes parecía que la transformación la sufría su mujer, pero no, ahora es él quien la sufre y su comportamiento empieza a rozar lo demente. ¿Y qué le pasa? No se sabe. No lo sabe ni la propia víctima. Así retiene Juan Aparicio al lector durante esta insufrible fase.
Me parece burdo.

«–Anita se ha hecho caca, ¿puedes cambiarla, por favor? –me dijo Gretchen.
Seguramente no desconocía que en mi fuero interno estaba empleando palabras que se salían de la dictadura de los significantes y los significados convencionales, pues su petición vino a romper mi concentración.»

En esta fase, se monta tal pollo, tan enrevesado, tan intrincado, que es imperdonable que tal como apareció se desvanezca. Pero desaparece, sí, el pollo. Más tarde el lector, desde el oasis, mirará hacia atrás y no verá ¡nada! porque nada había.

La tercera fase: El oasis. ¡La tierra prometida! El lector apenas puede creerlo. ¡Mereció la pena seguir hasta aquí!
A estas alturas, porque hasta aquí nadie llega leyendo, puedo decirlo. Levrero es interesante si se lee una novela, sólo una. Si continuas con la segunda se convierte en el pelma gárrulo que no para de contar cosas que le interesan sólo a su ombligo. No hace falta ser original a toda costa haciendo como Levrero. Delillo y Pynchon están muy bien en su sitio, dejémoslos en paz y hagamos otras cosas.
Juan Aparicio lo demuestra con el segundo capítulo de la novela, que coincide con la tercera fase. La genialidad con que arregla todos los colgajos, como deja cada cosa en su sitio, como, ahora sí, recuerda al mejor Vonnegut. ¿Ve, señor Aparicio como no era necesario hacer que lo inexplicable fuera literalmente ininteligible? Un ataque de cuernos es un ataque de cuernos. No pasa nada, siempre han existido y, créame, siempre existirán, aunque la historia se desarrolle fuera del sistema solar. Hacer pasar al lector por el aburrimiento no tiene perdón por tratarse de un autor con talento a espuertas. A ver si aceptamos que cuando el lector comprende es cuando funciona la comunicación. Y hablo de comprender lo que no tiene explicación, no de escribirle novelas del XIX.

Por eso el lector se da cuenta de que llegar hasta aquí mereció la pena, que da por salvada la novela gracias al extraordinario despliegue de técnica, imaginación e inteligencia que el autor, al final, ofrece como exvoto a los dioses de todo esto, que quieren seguir llamando literatura. Forzar la originalidad es forzar al lector. Y por definición una novela es para disfrutar, por eso existen lectores

27 de enero de 2014

PARÍS, de Mario Levrero



En París encontramos más de lo mismo. Me explico: si esta es la segunda novela de la Trilogía involuntaria, sin duda puede decirse que es digna continuadora de La ciudad. Por tanto, cualquiera podría decir que Levrero se echó a la poca vergüenza y encontró una veta que explotar subido a la chepa de Kafka.
Pero no es así. Si bien es cierto que sigue el mismo patrón que su antecesora, París se sumerge aún más en aquel estado de duermevela que ya dijimos, convirtiéndolo en profundas ensoñaciones que hacen que el lector apenas comenzado a perder la noción de la realidad recupere la cordura, sólo para volver a perderla. De momentos surrealistas a razonamientos lógicos que inmediatamente enlazan con situaciones kafkianas y claustrofóbicas. Un continuo vaivén, un viaje por pronunciados cambios de rasante que despiertan ese emocionante hormigueo en el estómago.

Levrero parece querer gritar pero se contiene. Muestra, la mentira en forma de guerra y religión, la estafa con aspecto de función musical. Al  contrario que en La ciudad, en París la mujer no se esfuma, la sensualidad, cuando no el sexo aparecen en varias ocasiones.

He leído por ahí que este autor se encuadra dentro del grupo de los “raros”. Grupo de escritores uruguayos que no parecen tener una fuente común ni unos herederos determinados. Es decir, escritores cuya forma de escribir comienza y acaba con ellos. Esto me consoló porque sólo puedo transmitir una interpretación muy personal de la historia que he leído. Tal vez si usted lee París vea otra ciudad distinta a la que yo vi.

13 de enero de 2014

PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata



Termino la novela y me propongo seguir leyendo a este autor e incluso la relectura de Lo bello y lo triste. Tanta sensibilidad y delicadeza como la que despliega Kawabata en la descripción de la mujer y su trato se me tornan (muy levemente) puro satirismo. En La casa de las bellas durmientes estaba justificado, pero me molesta haber despertado ese acto reflejo leyendo País de nieve. Así que necesito corroborar si es tan solo una sensación del lector o es marca de fábrica.

Dejando aparte esta neura, leve, como digo, lo cierto es que este autor exprime los detalles con gusto y elegancia. Y cuando hablo de detalles hablo, sobre todo, de los movimientos, las posturas, las actitudes y ademanes de la mujer. Cosas así me hacen atractiva la lectura de este novelista.
Con esta novela Kawabata inicia el retorno a la tradición estética japonesa, que abandonó años antes oponiéndose al realismo social dominante en la literatura nipona.
Lentitud y parsimonia. Ceremonia del té. Nieve cayendo.

La novela es corta, ciento cincuenta y ocho páginas. Aún así se lee muy despacio. Sí, digo bien. El lector se ve obligado a moderar la velocidad de lectura lo que, por desgracia, provoca que llegue un momento en que el sosiego de la narración pueda provocar cansancio con tanta geisha yendo y viniendo, eso sí, con pasos mudos y voz suave.

Con la descripción de paisajes, el lector no acierta a situarse en el momento histórico; tal vez la mezcla de tradición y modernidad tan típica de Japón y difícil de entender por estos lares occidentales contribuya a desorientar. Sólo al final se sale de duda.

Pudiera deducirse que los ingredientes dan un resultado erótico, de elevada sexualidad. Sin embargo Kawabata ni de lejos pretende activar básicas reacciones, sólo deja un continuo reguero de sensualidad que el lector va siguiendo hasta disiparse en una dura y vulgar despedida.

«Cuando volvió a bajar la cabeza, él alcanzó a ver que incluso la piel del nacimiento de la espalda, que el cuello abierto del kimono dejaba visible, se había arrebolado. Resaltando contra la negrura del pelo, impecablemente recogido en un rodete sin un cabello fuera de lugar, como una piedra pulida por las aguas hasta alcanzar la más tersa redondez, esa piel perlada de humedad parecía ofrecerse en sensual desnudez.»

Si les interesa hay Kawabata para rato.

16 de diciembre de 2013

EL PÁJARO ESPECTADOR, de Wallace Stegner



Hace tiempo que tenía este libro pendiente de lectura. Como diría David Pérez Vega, estaba en el montón de los inleídos. Me levantó la liebre Madison, (hace mucho tiempo, como digo) y por si fuera poco, ahí estaba también Carlos Tongoy metiendo cizaña y provocando.

Lectura tranquila que deriva en una extraña trama de racismo nórdico y atisbos de infidelidad.

Una pareja de ancianos, desde el retiro repasan lo vivido en los lejanos días que pasaron en Dinamarca, donde viajaron huyendo del dolor por la muerte de su hijo y en busca del lugar de nacimiento de la madre del protagonista. Allí conocen a unos decadentes personajes que dan pie a una extravagante historia de genes, razas e incestos. Entre esos personajes está La Condesa con la que el autor parece querer provocar cierta tensión sexual, aunque si es así sólo lo consigue lejanamente.

«A nuestra edad, todas las noticias son malas noticias. No me gusta estar haciendo cola ante la guillotina. No me gusta que me inviten a la ejecución de mis amigos.»

Como este señor sabe escribir el lector se deja embaucar y apenas logra descubrir la paradoja que provoca la narración del viaje, que se supone es la lectura de un diario escrito en su día por el protagonista. Lo cierto es que tanto el tono como la manera de narrarlo a medida que avanza la novela se van alejando de lo habitual en un diario.

Por otro lado, recapitulando una vez terminada la novela, el lector apenas entiende las historias intercaladas y las breves apariciones de personajes cuyo aparente interés no llega a eclosionar porque desaparecen de la narración casi sin más. La única explicación aceptable puede apuntar a que se tratan de divagaciones, resultado de reflexiones varias relacionadas con la intrahistoria, que como tales son muy interesantes, dicho sea de paso. Tal vez éste fuera, simplemente, el cometido de esos personajes.

«Dice que cuando le preguntan si se siente un anciano, responde que no, que se siente como un joven al que le ha pasado algo.»

Lectura tranquila que algunos pueden calificar de aburrida, pero en todo caso no está mal que Stegner haga ver que la vida que vivimos es pura casualidad, producto de un cúmulo de decisiones que tomamos con el temerario desconocimiento de sus futuras consecuencias.

Lo último que supe relacionado con Wallace Stegner es que iban a derribar su casa de Los Altos Hills, incluido el estudio donde trabajaba. Teniendo en cuenta que es un novelista en lengua inglesa con reconocimientos tales como el Pulitzer, el National Book Award (por esta misma novela) y la Commonwealth Club Gold Medal, además de haber creado la escuela de escritura de la Universidad de Stanford, supongo que este escritor debería significar algo más para las autoridades políticas y académicas como para que eso haya ocurrido.

9 de diciembre de 2013

DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE CORRER, de Haruki Murakami



Correr, correr y correr, de eso va este libro. Un conjunto de reflexiones que antes de darle forma para su publicación no pretendían ser más que eso. De hecho el mismo autor señala que no se trata de un ensayo sino de pensamientos sueltos que se relacionan más o menos entre sí. Por tanto, no se le puede reprochar que se trate de una lectura ligera y sin mayor profundidad que el propio desahogo. Aún así dos temas han hecho reflexionar al lector: el envejecimiento y la tristeza del corredor, el blues del corredor lo llama Murakami.

Correr y correr, comer sano y entrenar y entrenar.

Los corredores aficionados son gente muy obsesiva, muy seguida con el régimen de comidas y el seguimiento de las marcas, muy friki se diría hoy, muy pejiguera se diría en mi tierra. A más entrenamiento y mayor tiempo de práctica mejor rendimiento. De cajón. Pero llega un momento en el que aún siguiendo esta inequívoca regla no se mejoran los tiempos ni las sensaciones al correr. La respuesta es fácil: se envejece. Es el momento en que se debe aceptar que uno se hace viejo y que eso no tiene marcha atrás. El momento en que uno sabe con toda certeza que jamás podrá alcanzar algunas de las metas a las que aún aspira como si el tiempo no pasara, como si el cuerpo se mantuviera tan capaz y ágil como la mente. Llega un momento en que se descubre como nuevo algo que nos acompaña toda la vida: la soberbia de la inmortalidad.

«Para mí —y quizá para todo el mundo—, ésta ha sido la primera vez desde que nací que he experimentado lo que es envejecer, y la sensación que eso trae aparejada también es nueva. Si la hubiera experimentado con anterioridad, siquiera una vez, seguramente habría podido discernir muchas más cosas y con mayor claridad.»

Entrenar para una maratón y volver a correr y a entrenar para otra media-maratón.

Como dije más arriba otra idea interesante es “el blues del corredor”. Un día, sin previo aviso, llega el hastío de tener que correr todos los días. Y se deja por un tiempo. Sin más.
El cansancio del trabajo continuado. Sin aviso previo, de repente. Se siente que lo que hasta ese momento se ha estado haciendo con tanta dedicación y ganas, deja de tener el sentido suficiente como para seguir gastando energías en ello. Tal vez sea un reflejo depresivo o de ansiedad, quién sabe, porque el objeto del esfuerzo aún sigue en mente, ahí está, en la trastienda, a primera vista; todos los días en primera fila. Y se pasa por delante sabiendo que algún día se le quitará el polvo acumulado y, como un juguete nuevo, comenzará su limpieza y con la misma dedicación y entrega que antes se pondrá a ello sin esperar más que la satisfacción de haber hecho lo que apetece, lo que gusta.

«Hoy, mientras corría, me he encontrado un ganso del Canadá, grande y regordete, muerto a orillas del Charles. También había una ardilla muerta al pie de un árbol. Ambos parecían profundamente dormidos. Su expresión tan solo denotaba una tranquila aceptación del final de la vida. Parecía que, por fin, se hubieran liberado de algo

El resto es todo correr y correr y entrenar y entrenar. Puede interesar a quien le guste eso y de todas formas es distraído. Este hombre sabe escribir.
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